La fiesta del cordero (Parte I: la piel)

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¿Transporte?

Sabía que estaba próximo en el calendario, pero reconozco que me pilló desprevenido el Aíd el kebir. Las señales de la inminente celebración de la fiesta del cordero eran evidentes. Cada rincón se transformó por unos días en mercadillo ambulantes para vender las bestias. Estas se revuelven inquietas en su encierro en las destartaladas jaimas de maderos y plásticos. Sería ideal llevarse el animal en un carrito como los que prestan amablemente en la tienda para llevar sin esfuerzo la bombona de butano. A falta del mismo, por el momento se llevan los corderos como mejor se puede. He observado que las personas se han acostumbrado a desplazarse apelotonadas en camiones como si fueran mismísimo ganado. ¿No es tierno entonces que compensen el haberles robado su espacio llevando al animal acomodado en la parte trasera del coche? Asoma el bicho su cabeza por la ventanilla y saca la lengua mientras da patadas a sus compañeros de viaje. El trayecto a casa de sus anfitriones se convierte así en una escuela para los hijos, que aprenden desde pequeños a recibir coces. Podría cerrar los ojos y reconocería igualmente la fecha. Los balidos que inundan azoteas y garajes compiten en volumen con la llamada a la oración. Su olor salvaje se apodera del ambiente y parece que nunca desaparecerá, pero al fin todo termina con la fiesta. El año pasado me invitó un amigo de Sidi Bouqnadel a celebrarla con su familia. En un impulso quizás irreflexivo, le pedí ver el rito por completo. ¿Estás seguro?, me dice incrédulo. Iek.

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Aparcamiento, casi todo el año.

A pesar de madrugar, cuando llego me informan de que ya han sacrificado al primer cordero. El enfado me dura hasta que veo al animal cabeza abajo colgado de un árbol del patio. El segundo yace sobre un plástico ensangrentado. ¿Por qué sudo si el sol apenas asoma por los tejados? Me quedo a unos metros sin agallas para ayudar a los hombres a levantar el bicho. Hace falta la fuerza de cuatro para sostenerlo. Las sandalias no impiden al más joven trepar el tronco con una cuerda en la mano. Los de abajo le indican entre gestos de fatiga. Piden que se dé prisa. La rama cede cuando los hombres sueltan la carga. Se dividen el trabajo, dos por animal. Una imagen nueva para mis ojos. Comienza el concierto de suaves sonidos que los cuchillos entonan al cortar. Parecen acordar el tempo para dulcificar el despiezo. Nunca he escuchado antes aquellos instrumentos. Me acerco con curiosidad y me invitan a participar. Con la punta hay que hacer pequeños cortes y, a intervalos, se sustituye el filo del metal por los puños para separar la piel de los órganos. Es una oportunidad única que debo aprovechar, pero la sangre del cubo en la que enjuagan los cuchillos me traiciona. Mis manos se hielan, las rodillas tiemblan, la cabeza me arde y el corazón se desboca. La, shukran, marra ahara. Rechazo la invitación, pero me quedo a su lado, rodeado de los cuatro virtuosos.

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Regalo de bodas.

El trabajo incansable de aquellas manos ágiles hace que la bestia vaya desprendiéndose de su piel. A ratos utilizan sus propios puños para empujan la carne hasta que el abrigo termina cubriendo la cabeza del animal como si fuera una elegante capita colgada del cuello. Respiran fatigados, acercan el cubo para limpiar los restos, acarician a un chaval que corretea divertido. El pequeño observa tranquilo la escena. Los mayores piden el cuchillo grande y su hermano sale disparado a la cocina para traerlo. Cuando colgaron a la bestia ya quedaron algunos órganos pendientes de la garganta formando un encharcado montón pardusco sobre la tierra. Ahora que nada las retiene, las tripas asoman juguetonas y algunas se balancean. El pequeño las toquitea con sus manitas. Parece agradarle su suavidad y ríe contento. Mi amigo me señala las tripas y asegurar ser las mismas que tengo yo. Me recorre un escalofrío violentamente. Ha llegado el cuchillo. Saca a tu hermano de aquí. Hay que terminar de cortar el cuello. Dos enormes brazos agarran los cuernos y retuercen la cabeza. Una vuelta. Los chavales juguetean alrededor del árbol. Hay que darle más cortes. Aquí y aquí. Otra vuelta. Aún no termina de rasgar. El pequeño se entromete curioso. Su padre le besa en la mejilla. Los brazos giran de nuevo con fuerza. Los niños pelean por hacerse con el trofeo. Primero tu hermano y luego tú. Ha crujido al partirse, como ramas de árboles caídas en el suelo. ¿Podré volver a pasear por el bosque sin acordarme de aquella bestia colgada del árbol? Necesito sentarme.

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