El embalse del Buregreg (Aire y fuego)

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Recuerdos de tardes de domingo

Hay que preparar la lumbre antes de que la luz se extinga. Entre todos traen una enorme osamenta de raíces retorcidas. Mohamed, el mayor del grupo, se encarga de encender el fuego. Me penetra un intenso olor a humo que me trae lejanos recuerdos de tardes dominicales. El viento sopla helador y me acerco para calentarme. Rellenan una abollada tetera con agua de una garrafa. Mostafa saca unas ramitas de hierbabuena de una bolsa, donde además ha formado a base de nudos dos minúsculos buches repletos de grano de té y abundante azúcar. Nadie se atreve a tocarla, como si solo él conociera el secreto de sus ataduras. Separan unas brasas para hervir el agua. Un vasito de cristal estalla en mil pedazos, asustado por el repentino calor del té. Terminamos bebiendo en un antiguo frasco de mermelada.

La tímida luna creciente desvela una sombra que surge silenciosa de la penumbra. Nordín saluda antes de lanzar sus anzuelos con destreza. Se mueve con una agilidad impropia de su edad. Cuando se une en torno a la lumbre, me sorprenden las arrugas que enmarcan sus ojos vivarachos. Rellena con kif el sebsi que guarda en un bolsillo lateral y lo fuma en silencio. Repite la operación y lo ofrece a los demás, que me miran de reojo, como si fuera a delatarlos. Lo agarro yo primero intentando ganarme su confianza, pero no logro evitar que se instale un incómodo silencio. Miento al decirles que es mi primer día de pesca. Nordín presume entonces de aquel día que acompañó a su abuelo cuando tenía siete años. Comienza a contarnos cómo atraparon un pez cuyo nombre necesito que repita.  –Halama

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La llegada fantasmal de Nordín

Un repentino cascabeleo hace que todos reaccionen súbitamente. Cuando quiero darme cuenta, Nordín ya recoge sedal con agilidad juvenil. Apenas intuyo sus figuras excitadas junto a la orilla. Resuenan los gritos de ánimo y los consejos para no errar. Pero él sabe mejor que nadie cómo conseguir su presa. Las escamas destellan un instante, iluminadas por la luz lunar, antes de precipitarse sobre la tierra. Un nun enorme se agita intentando regresar al agua, pero lo impide una pesada bota. Las manos campestres de Nordín liberan el anzuelo y un fogonazo muestra su sonrisa exultante mientras sujeta orgulloso el animal.

Me levanto para verlo de cerca, pero resbalo y casi me caigo al agua. No temo tanto mojarme como no estar a su altura. Decido quedarme quieto junto a la hoguera. Ayudo simplemente a alinear unas sardinas en las parrillas. Hay que recolocar una piedra para poder apoyarlas. Intento moverla con un palo, pero la pendiente del terreno la devuelve tozudamente al punto de partida. Todos se burlan de mi torpeza. Nordín, con sus desnudas manazas, agarra sin quemarse la piedra abrasadora. Mi asombro desencadena un estallido de carcajadas que el viento arrastra hasta dejarnos en absoluto silencio. Miramos hipnotizados las llamas que consumen el enorme madero. ¿Será el olor del humo lo que me devuelvo aquellos temores infantiles? Nordín retoma su historia de la pesca de la halama mientras las brasas doran la cena y apagan nuestros temblores.

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Al calor del relato de la halama

Los demás ya conocen la historia y se levantan para asegurarse de que sus cañas siguen bien colocadas, molestos porque ningún cascabel los llama. Nordín se sienta a mi lado y rememora aquellas largas jornadas en el río con su abuelo. Madrugaban para cruzar en barca estas mismas aguas cuando el sol aún no había despertado. Me parece ver al niño fascinado que escucha los ancianos consejos, sabiendo que esa será su valiosa herencia. Así aprendió los lugares que nadie conoce, las mejores horas para echar la caña y el tiempo que favorece la pesca. Me encantaría acompañarlo en una de esas excursiones, pero me limito a pedirle algún consejo para principiantes. En la penumbra, mira meditativo hacia el embalse y me dice que, tras la tormenta, las aguas se enturbian, los peces se desorientan y entonces las capturas escasean. Sorprendido, le recuerdo cuánto ha llovido durante las últimas semanas. Nos interrumpen los demás que llegan con madera para reavivar las llamas. Retiran las parrillas y reparten pan con sardinas. ¿Entonces por qué hemos venido hoy? ¿Ya sabías que apenas picarían los peces? Nordín me mira fijamente sin responderme como esperando a que comprenda algo. El fuego ilumina su rostro y desvela sus ojos que brillan emocionados. Liuma nhar kebir. El viento trae el martilleo de unos remos que chocan con el agua.

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Listos para la aventura

17 comentarios sobre “El embalse del Buregreg (Aire y fuego)

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    1. Me encanta que digas lo de la naturaleza primitiva porque aquel primer día que fui con ellos a pescar, me parecía formar parte de uno de esos relatos de William Faulkner en los que el hombre se enfrenta a la Naturaleza Salvaje.
      Gracias por tu comentario

      Le gusta a 2 personas

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