Costosísimas clases de natación en Ualidia (Entrada libre)

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Elaborando la lista de deseos

Según nos encaminábamos hacia el sur, sur, sur pensé, como habitualmente se dice, que el viaje era más importante que el destino. Tardamos cuatro días, Said y yo, en llegar a Sidi Ifni, en los que el paisaje cambiaba cada jornada. Y nosotros con él. Quizás la vista más sorprendente de todos los panoramas que disfrutamos, por hermosa y por inesperada, fue la de la laguna en forma de media luna que nos regaló Ualidia. Su presencia imponente me distraía de la lectura que pretendía mientras mi amigo negociaba el alojamiento. La laguna, que más bien me parecía un río, formaba unos vistosos meandros antes de morir en el mar, como un niño que estira la tarde festiva con un último juego antes de acostarse. Me sorprendió que nadie me hubiera hablado de aquel lugar. ¿Será verdad que aquí se pueden comer ostras? Mi amigo escogía anfitrión entre la multitud de hombres que agitaban revoltosos manojos de llaves, ofreciendo así sus casas en alquiler. En el coche, recordaba orgulloso más tarde, había encontrado una simpática forma de imponer mis deseos para el viaje. Quid pro quo, Anibal, me había dicho. Hagamos una lista con lo que queremos hacer, tú primero. Said me había sorprendido con sus peticiones: montar a caballo (¡madre mía!), conducir tu coche (¡ni de coña!), aprender a nadar (¡¡este está loco!).

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Segundo mejor plato de ostras del mundo

Reviso lo anotado en la libreta, vuelvo a observar la laguna y valoro la posibilidad de darnos allí mismo un baño. Conozco la fuerza salvaje del océano que te arrastra sin piedad con cada ola. ¿Cómo va nadie a aprender a nadar aquí? En cambio, a mis pies, las aguas de la laguna discurren tranquilas, tentadoras. Parecen hablarme: ¿Todavía no comprendes que aquí darás tu primera clase de natación? Más tarde cuando comemos un puñado de ostras regadas en zumo de limón, Said confiesa que nunca las había probado y yo recuerdo aquella vez que las tomé en New York. En aquella ocasión las vecinas de mesa me aseguraron que pensaban en azafrán al oír la palabra España. ¡Un piropo en toda regla! Le comento a mi amigo aquella anécdota para evitar que se me escape lo que ya tengo en mente: madrugar mañana para enseñarle a nadar. Me conformo con que no se ahogue.

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Disciplinado alumno

Quid pro quo, Anibal. Tú hiciste anoche la cena, yo hago hoy el desayuno. Prepárate para tu primera clase. ¿Me vas a enseñar a conducir? La, la, nmshiu lilbhar. Esta misma tarde tenemos previsto visitar Essauira y no hay tiempo que perder, la clase hay que darla a primera hora. Cuando llegamos a la orilla, resulta fría incluso la arena. El agua está temblada, le miento. Se queja con razón, pero no le permito que dé marcha atrás. Veamos cuál es tu nivel. Said aprovecha la corriente para ir hacia abajo y se empeña en dar unas brazadas donde apenas le cubre hasta la cintura. Disimulo mi risa a duras penas. Dice no soportar el agua helada y me quedo dentro para demostrarle que no es para tanto, aunque en realidad me tiemblan las piernas. Said se vuelve a meter, se deja arrastrar por la corriente descendiendo hasta unas barcas, sale allí mismo y regresa corriendo al punto inicial. Un alumno obediente, pero tirita congelado y se queja sin parar. Le explico de golpe todo lo que sé, además mezclando idiomas.

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Profesor sin formación

Intento que aprenda a mover los brazos y las piernas correctamente, a respirar y a meter la cabeza. Demasiadas indicaciones. Repetimos la operación sin mejora apreciable. Tiene miedo de ahogarse. Cambiamos a una zona donde cubre menos, aunque está igual de fría. Le pido que se te tumbe sobre la superficie y lo sujeto por la cintura agarrándolo con las dos manos. Se mueve torpemente. Pretendo que sumerja la cabeza, pero no para de temblar. Le propongo medio en broma que se eche una carrera por la playa. Obedece con un alumno aplicado. Me río a carcajadas al verlo dar vueltas incansablemente. ¿De dónde ha salido un personaje así? Entonces recuerdo cómo, a mis veinticinco, aprendí a nadar. Ahora lo comprendo, lo primero es sentir que uno flota, solo entonces consigues relajarte y aprender el resto, pero Said insiste en que es muy pesado y que se hundirá igual que una piedra. Skut, eyi henna. Lo vuelvo a abrazar, ¿ves cómo sí flotas? No parece muy convencido, aunque por un segundo parece lograrlo. ¡Lástima que tengamos que marcharnos!

11 comentarios sobre “Costosísimas clases de natación en Ualidia (Entrada libre)

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  1. Recuerdo con terror a mi profesor de natación cuando era niña, armando, cuyo empeño era que aprendiéramos lanzándonos él desde el borde de la piscina. Le cogí tanto miedo que mi madre dejó de llevarme por mis dolores de tripa cuando se aproximaba la clase. Qué bruto! Ojalá hubiese dado con alguien como tú, que se diese cuenta que un abrazo y la confianza de enseñar que el cuerpo puede flotar, es fundamental para perder el miedo. Ahora bien, con lo friolera que yo soy, no sé si hubiese podido relajarme mucho en esas aguas, jajaja. Muchas gracias por los recuerdos que me provocas. Besos.

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  2. Querido Alberto, tu memoria es bastante peor que tus dotes de escritura. Yo te hable de ese lugar hace mil años, porque es de los pocos sitios que conocía de Marruecos. El “azar” me llevo allí y me sorprendió su belleza, a la par que descubrí que se daban clases de surf (ya no solo se jugaba al
    fútbol en las playas marroquíes).
    Me ha encantado que estuvieras y me recordarás mi estancia allí.

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