Sirat, dirigida por Oliver Laxe, es una de las películas del año. Un film a ver forzosamente en el cine porque la vivencia colectiva engrandece la experiencia visual y sonora que propone esta obra imposible de confundir con otra. Es la historia de un hombre que busca en una rave marroquí a su hija desaparecida y que emprende un viaje al sur junto a unos raveros europeos.
La película ha recibido múltiples alabanzas y galardones desde su presentación en el festival de Cannes. Premios del cine europeo, multipremiada en los Goya y candidata a dos Oscar, película internacional y sonido. Sirat, de Oliver Laxe, es sin duda un triunfo total para su director, equipo técnico, productores y, extrapolando, incluso para el cine español al completo. Entonces, ¿por qué me cuesta defenderla?

Al haber sido rodada en Marruecos, donde vivo desde hace doce años, y tras las primeras críticas entusiastas, corrí a verla el día de su estreno, en sesión de tarde. Y salí arrollado por la fantástica propuesta visual, el increíble trabajo sonoro y la embriagadora música de Kangding Ray.
Sin embargo, tenía sensaciones contrapuestas. Fascinado, incluso obsesionado, pero insatisfecho, así que volví a ver la película. La música y la fotografía me seguían maravillando, pero ahora identificaba el origen de mi frustración: guion cruel y caprichoso, personajes unidimensionales e interpretaciones justitas. Por no hablar del uso ilógico de las lenguas…
Sirat tiene, eso sí, la extraña habilidad de no soltarte y la recordaba sin parar cuando en verano crucé el Atlas con un amigo. Bloqueados por las obras de ampliación de la carretera, Said y yo hablábamos con otros viajeros y ahí comprendí lo que extrañaba. Una obviedad: resulta que Marruecos está lleno de marroquíes, pero Sirat, ambientada y rodada en Marruecos, ¿cómo muestra a sus habitantes?

Esta misma semana, he revisionado Sirat para hacer inventario de la representación marroquí.
Para empezar, están las fuerzas del orden. ¡Cuántas protestas he visto con mayor número de policías que de manifestantes! Marruecos es un país muy militarizado. En cambio, en Sirat, cuando aparecen al inicio para desmantelar la rave anunciando el estado de alarma, apenas vemos una veintena de efectivos con media docena de vehículos para evacuar a doscientos europeos.
Dice mi amiga Luisa que le impresiona la corpulencia de los guardias en Marruecos. Por eso sorprende que a la hora de evitar que se escapen los vehículos de nuestros protagonistas, apenas haya un delgaducho chaval de uniforme. Un figurante por frase: Oh, tlaa il camion. En mi nueva revisión, esta escena me sonroja por falta de credibilidad.

Más adelante, cuando sabemos de la gravedad de la situación, se habla de guerra y del fin del mundo, y se muestra la carestía de combustible, ante la imposibilidad de conseguirlo en una gasolinera dantesca, nuestros raveros acaban negociando con unos hombres que cargan bidones en unos burros. Discuten el precio. Con esto da solo para un bidón, dicen en dariya, entonces les entregan un par de billetes y, en un pispás, ceden entregarles tres bidones. Uaja, meshi mushkil. Quizás sea la primera vez en toda la historia de Marruecos desde la llegada de Mulay Idris en la que a unos vendedores marroquíes les urge cerrar un trato.

De nuevo aparecen vehículos militares, unos quince. Pero resulta que los raveros los otean, como indios a vaqueros, ¡sin ser vistos! Resulta que unos turistas europeos se las arreglan sin problemas para moverse por territorio extranjero sin ser localizados por las fuerzas del orden en un contexto de estado de alarma. Mejor crucemos por la montaña, se dicen.

La realidad, en mi experiencia, es que cuando caminas por estos montes, acabas comprendiendo que hay algún pastor con sus animales que no te pierde ojo. En Marruecos, sobre todo si eres extranjero, siempre hay alguien viéndote a lo lejos. Y cuando finalmente os encontráis, pues te invita a un té y charla contigo, no sale corriendo asustado como el cabrero que aparece en un aduar abandonado de la película.

Este es el resultado del inventario de marroquíes en Sirat: torpones agentes de la seguridad nacional, vendedores apresurados y un pastor asustadizo. Eso es todo, más allá de figurantes con almalafas y turbantes. Por lo demás, un par de colgantes de arte amazight, una prenda de abrigo local, una tableta Maruja, un poco de kohl y el guimbri de Ahmed El Kasri que se escapa por una radio. Y quilómetros, quilómetros y quilómetros de un Marruecos deshabitado.
Sé que una película de ficción no tiene por qué mostrar la realidad y reconozco que Sirat refleja como ningún otro filme la majestuosidad de los paisajes desérticos de Marruecos, lo hace, eso sí, despojándolo de sus habitantes, no parece interesarle su fascinante paisaje humano. Sinceramente, me duele verlo deshumanizado.
Tienes toda la razón en el análisis de la película, lo que no le quita sus méritos, que también señalas. Esta película sería el equivalente al Extranjero de Camus, donde el árabe apenas es una sombra. Una visión eurocéntrica… todavía en 2025. Saludos.
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