Desafortunados malentendidos

El corazón me late al galope, mi cabeza centrifuga, las manos me tiemblan, derramo el café sin remedio. Me resuenan las palabras de la conversación que he tenido hace media hora, pero al instante doy un salto mucho más atrás y de nuevo me encuentro escuchando a Nabyla Maan, extasiado por el correo que acababa de leer esa misma tarde. Aquellas líneas halagadoras me mantuvieron en una nube durante días. Por primera vez creí de verdad que mi novela sobre el hammam iba a ser publicada. ¿No te parece increíble? Sin embargo, cada semana sin noticias, me hacía cuestionarme el interés real de los editores. Y además me asaltaban nuevas dudas: ¿Qué voy a hacer con la antología de artículos del blog que ya visualizaba en papel? ¿Seguía teniendo sentido? ¿O debía cancelarla? Esa autopublicación pretendía facilitar que se editara mi primera novela, pero ya se estaban interesando por ella. Entonces ¿debía continuar con el proyecto? Deseaba resolver esas cuestiones cuanto antes y les propuse a los editores un encuentro a mediados de agosto. Se mostraron de acuerdo.

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¿Cómo se lo voy a preguntar?

Fue una cita breve, pero llena de contenido. Apenas daba abasto para anotarlo todo en la libreta. Primer punto, el fundamental: confirmaron su interés. De inmediato, les solté que quería hacer algunas modificaciones que, meses después de haber concluido el libro, se me antojaban necesarias. Me advirtieron de la necesidad de desprenderme de mi novela, de darla por finalizada. Parecían saber de lo que hablaban. Charlamos sobre el contenido de mi Meshi shughlek, lo habían leído en profundidad y me sorprendieron ciertas cuestiones. Estaba nervioso, me preguntaba si no seguiría a prueba, si no me estaban todavía examinando.

Segundo punto, tajantes esta vez: la antología de mi blog les parecía una pésima idea. Mas bien un suicidio, un estigma infligido en primera persona. Una especie de ofensa al mundo editorial que, en adelante, me dirían: si tan capaz eres de publicarte, entonces no nos necesitas, sigue tú solito. El efecto contrario al deseado. Me asaltó la imagen de esos tipos que compran por su cuenta la loza del baño que están reformando, pero que llaman al fontanero para arreglar un grifo que gotea. Pongo en cuarentena al instante la idea de publicar algo llamado El zoco del escriba. Un hermoso sueño efímero.

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Contaré hasta diez, contaré hasta cien

Más temas: una propuesta de contrato a recibir la semana siguiente, una fecha estimada de publicación (vértigo) y mil preguntas que se quedaron en el tintero (tirada, portada, difusión, distribución). Quizás no era sensato intentar anticiparme a asuntos a los que el tiempo iría dando paso. Así que me concentré en lo fundamental: su interés en mi novela.

La espera durante las semanas siguientes me ha resultado eterna. Lo confieso, a todas horas he consultado la bandeja de entrada ansiando encontrarme un adjunto que me moría por leer (y firmar). Su ausencia me ha empujado a diseñar una estrategia infalible que ha de facilitar su llegada: hacerme el encontradizo. El primer asalto ha tenido lugar en Toledo, durante un festival de poesía. He disfrutado de los recitales, pero en realidad solo pensaba en cómo les iba a preguntar por el dichoso adjunto. Primero charlamos sobre Tayyeb Saleh, una lectura imprescindible, según Juan Goytisolo. De nuevo sentía su baraka empujándome. Nuevas promesas: enviar la propuesta, revisar el texto. ¿O era al revés? Ya no estoy seguro.

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Hacerse el encontradizo. Primer asalto

Y hoy, un mes más tarde, día del segundo asalto, se ha desvelado la tragedia. He acudido a la segunda feria del libro hispanoárabe con la certeza de descubrir nuevas lecturas que despertarán mi interés, pero sobre todo me acompaña la incertidumbre que ensombrece el motivo por el que no me han enviado lo prometido. Sin embargo, al estar frente a frente, de repente me da apuro preguntarles y me entretengo mirando los libros y pospongo la pregunta hasta encontrar el momento adecuado. Ahora no, está atendiendo a una señora, ahora tampoco, me siento observado. Después de la charla, después de comer, contaré hasta diez, contaré hasta cien, contaré hasta cien millones. Por fin me lanzo. Sorpresa: ¿No te lo ha enviado? Déjame que le llame. Vértigo de nuevo. ¿Habrán cambiado de opinión? Y el golpe: Mrteh, que está a la espera de que le mandes tu texto modificado. ¿Ya lo tienes? Tierra trágame, yo esperaba antes su propuesta de contrato para comenzar a revisarlo.

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Hacerse el encontradizo. Segundo asalto.

El corazón me late al galope, mi cabeza centrifuga, las manos me tiemblan, derramo el café sin remedio. ¿He dejado pasar mi oportunidad por culpa de un maldito malentendido?

Todas las entradas dedicadas a la escritura de mi primera novela se encuentran en la pestaña No es asunto tuyo dentro de la sección El escriba.

Tiempo rememorado: 30 de septiembre de 2018

5 comentarios sobre “Desafortunados malentendidos

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  1. Hola Alberto

    Me encanta leer estos tiempos rememorados. A menudo, solo contamos con las referencias cuando pasa un tiempo después de nuestra acción. Es decir, las referencias vienen después de la acción; no antes.

    Transcribo de tu post:

    ‘Si tan capaz eres de publicarte, entonces no nos necesitas, sigue tú solito.’

    De haberlo sabido, le hubieras dado otro sentido a la sección de ‘El escriba’.

    O tal vez, te apetezca crear un nuevo apartado dentro de dicha sección para la nueva novela que tienes en la cabeza o que podrías tener.

    Las novelas tienen sus propias reglas de juego; y los blogs, también. Pero creo que ya te estás dando cuenta de ello.

    Un abrazo

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