La siempre dulce Huluiet Kenitra

Me he preguntado muchas veces qué tienen las madalenas que venden en la Huluiet Kenitra, una tahona no lejos de la acera Faris, para conseguir que siempre vuelva a por más. En una ocasión en la que me atendió el tendero que me saluda en tamazigh, incluso se lo pregunté fingiendo que sospechaba que añadían algún producto que me provocaba esta adicción incontrolable. Aunque no lo decía en serio, era tan solo mi forma de alabar sus productos, la reacción del vendedor me hizo temer que le había molestado mi pregunta impertinente. Se desdibujó su hasta entonces perenne sonrisa y me respondió sin pestañear: harina, aceite, huevos y azúcar. Para evitar mayores problemas, le seguí la corriente: Bsah? ¿De verdad no echáis nada prohibido? Y me hizo reír la gravedad con la que se tomaba mis comentarios. Finalmente, cuando comprendió que se trataba de una broma, él también soltó una carcajada. E incluso se animó a tomarme el pelo cuando le pregunté su nombre: me llamo Deimen Hulu. Me hizo gracia su ocurrencia: el señor Siempre Dulce, que trabaja de repostero.

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Deimen Hulu

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Aceite, azúcar, harina y huevos

En cualquier caso, semanalmente me desvío de mi ruta habitual para recoger mi dosis de bizcochitos. Ayer mismo debí de entrar silbando, supongo que Madama Butterfly (¡Madama Pinkerton!) y, desde las entrañas de la tahona, en la zona en la que se esconde el horno, escuché una voz que me llamaba: Mrteh! Y por una puertecita que da acceso al interior se asomó Deimen Hulu, con su eterna sonrisa y su cara de bueno. Presumió de haberme reconocido gracias a mi silbido. Y entonces recordé que en el hammam muchas veces me han echado la bronca al silbar porque aseguran que así se atraen a los yenun, esos geniecillos que surgen del fuego y que se divierten a nuestra costa. Me hice el asustado mientras le confesaba muy serio: Entonces debo tener cuidado contigo porque eres un yin que viene a hacerme daño. Aunque se rieron los dos con ganas, me pareció adivinarles un gesto cómplice, como si ocultaran algo. Debieron de leer la sospecha en mis ojos porque cambiaron inmediatamente de tema.

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Huluiet Kenitra

Y la preocupación reapareció en sus rostros cuando les pregunté si podía ver cómo preparaban los dulces que venden allí. Disimularon su incomodidad llenando la conversación de mrhabas e insha Allahs, como esperando que me olvidara de la idea sin llegar a recibir un no por respuesta. Cuando insistí en fijar el día de visita, comenzaron las excusas. Comprendí así que no podría pasar al interior, que la tienda era la única zona a la que tendría acceso. Me decepcionó esta conclusión, pero intenté ocultarlo y les prometí que volvería por allí.

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La tahona

Esta misma mañana, al entrar en la tienda veo que me han preparado una silla para que me siente. Comienzo a ojear las estanterías: tostadas, galletas, bizcochos, palmeras, pan recién horneado, brazos de gitano, bases para tartaletas, madalenas de todos los tamaños y harina flotando en el aire. Deimen Hulu sonríe contento, pero no me quita ojo, como si intentara adivinar lo que estoy pensando. El trasiego de clientes desvía mis pensamientos: un hombre silencioso que sabe lo que quiere comprar, mujeres que vienen a por pan y se llevan también unos dulces, un niño que cambia las faldas maternas por varias bolsas de madalenas que se le caen de las manos.

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Mrteh y Hulu

Leo los cartelitos en árabe bajo los dulces y me comprendo que en realidad son aljamiados mensajes en clave. Justo cuando iba a preguntar por ellos, aparece por la puerta un ciego que solicita ruidosamente ayuda para bajar el escalón. De la nada surgen dos hombres que lo agarran de los brazos. El tendero me aclara que no ve nada el pobre, como si no fuera evidente, pero ahora que me fijo, me parece que todo es un teatrillo para distraerme. Parece adivinar mi pensamiento y entonces el ciego se tropieza, claramente a propósito, y se forma una algarabía tremenda para ocultar unos misteriosos paquetes de colores que se pasan por la espalda. ¿Qué serán? Deimen Hulu intenta distraerme y, al mirarlo, detecto un cuerno que le nace en la cabeza. ¿No será un eifrit? Nuevas nubes de humo. Un tamborilero descalzo entra preguntando la hora. Una mujer con caftán azafranado aparece entonando una canción: Kifesh tlaquina? Y siguen colando paquetitos, pero ya no puedo dejar de bailar: Hua fein uhia fein? Incluso cierro los ojos, ya no quiero saber qué echarán a las madalenas para que siempre vuelva a por más.

10 comentarios sobre “La siempre dulce Huluiet Kenitra

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  1. ¡¡Yo pensaba que en Marruecos no comían magdalenas!!
    Me has dejado intrigada con los paquetes de colores y el ciego, ¿Hay un final padre está historia? O ¿Tengo que ponerlo yo? Un placer leerte, has captado mi atención y ya solo puedo pensar en magdalenas y paquetes de colores… Gracias

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    1. No conozco el final de la historia. He preferido cerrar los ojos y bailotear.
      Aunque vuelvo por esta reposterías cada semana, así que quizás lo descubra sin quererlo algún día.

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