Esa insignificante barca azul oculta a conciencia en la maleza del río Sebú ha sido triste testigo este mismo verano de un suceso del que luego advertirán sin descanso padres a hijos, e hijos a nietos, incluso una vez hayan dejado atrás la adolescencia.
Ocurrió que una noche que ni siquiera era sábado, un muchacho de un aduar del margen derecho del Sebú, tras Dios sabe cuántas cervezas, se aventuró a acortar su regreso a casa cruzando el río en dicha barca, o eso se cuchicheaba a espaldas de la familia mientras buscaban el cuerpo en sus aguas. Que había bebido de más, que no se tenía en pie y que, sin saber nadar, se había montado en el bote del que debió de caerse. Escrito estaba, alhamdulillah.
Fue precisamente el dueño de la barca, Abdelhadi, quien dio la voz de alarma al día siguiente. Al no encontrarla cuando, como cada mañana, llegó en bicicleta a la orilla, se dijo que los nudos con el que la amarraba a un árbol junto al río nunca se habían deshecho por sí mismos y que por tanto… Ahí mismo presintió firmemente la desgracia.

Las jornadas que sucedieron a esa le resultaron lamentables, pues se sintió observado, al atardecer cuando echaba las redes y al amanecer para recoger la pesca, desde la enorme jaima que acogía el dispositivo de búsqueda. Aunque fondearon el río con incansable esfuerzo, el cuerpo solo apareció cuando salió a flote colmado de agua. Entonces pudieron recoger el muerto para enterrarlo, Allah irrahmu.

¡Cómo es la vida! Mejor no encariñarse con ella. De hecho, si le preguntas a Abdelhadi por sus sueños, te dirá que él es un simple pescador, igual que lo fueron su padre y su abuelo. Y como también hará su primogénito.
Tanto si te da lástima el conformismo de una vida tan sencilla, como si envidias la seguridad con la proyecta su futuro, a Abdelhadi le trae sin cuidado. Seguirá echando sin más sus redes al atardecer y recogiendo la pesca al amanecer. Mientras el cuerpo aguante.
O eso pensaba Abdelhadi hasta hace bien poco. Que recogería los peces a diario ya truene, granice o abrase el calor. Pero a principios de enero comenzó a llover. Llovió y llovió, y siguió lloviendo. Y cuando parecía que por fin iba a escampar, entonces cayó el verdadero aguacero durante dos semanas. Y así Abdelhadi abandonó sus redes durante días.

En realidad, justo antes de aquello, cuando ya llegaban alarmantes noticias del norte, ¿has visto lo de Ksar El Kebir?, llegaron al aduar las fuerzas auxiliares y demás uniformados con un mensaje bien claro. Evacuación obligatoria. Por precaución. Abdelhadi y su familia abandonaron el hogar donde meses atrás celebraban la boda de su hermana para instalarse en unas jaimas colectivas.
Pero ¿cómo podían las autoridades asumir que esas gentes tan apegadas a su tierra, que con tanto esfuerzo habían construido sus propias casas en un terrenito, las abandonarían sin más para dejarlas expuestas a que la desbalijara algún desalmado? Según dejaban atrás el aduar, Abdelhadi tomaba nota mental de quiénes se quedaban, vecinos recluidos en silencio en sus propios hogares. Y más tarde maldurmió recordándolos la noche que se supo que el Sebú se había desbordado y que el agua cubría hasta la cintura las calles de su infancia. ¿Cómo iba a permitir que con quienes celebraron la unión de su querida hermana ahora quedaran abandonados a su propia suerte? Entonces pensó en su barca amarrada en la orilla del río.

Por la mañana, Abdelhadi y un par de buenos amigos se montaron en el carro de un vecino y tirado por el caballo de un amigo recorrieron el trayecto por donde a diario circulaba en bicicleta camino del puente. No se diría carretera asfaltada, sino lago inabarcable. Imposible distinguir el límite del cauce, salvo por la barca de Abdelhadi, que ahora hacía de boya.
Subieron la barca al carro y regresaron a su aduar al grito de Somos nosotros. ¡Venimos en vuestra ayuda! ¿Todo bien? ¿Quiénes se viene con nosotros?

Al día siguiente regresaron con panes y alguna medicina, y rescataron a un perro aislado. ¿Cómo iban a dejarlos allí abandonados? Y así hicieron mientras duró la evacuación forzada. Un día fueron hasta una firma agrícola donde había quedado alguien atrapado. Encontraron a un adolescente tiritando que se alegró al verlos. Pero ¿qué haces aquí solo, chaval? Anda, sube a la barca, le regañó. Que la vida es lo primero. El chico parecía comprenderle sin escucharlo, pues ya devoraba una hogaza de pan.
Los vídeos de Abdelhadi están disponibles en su cuenta de instagram.

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