Un insignificante gato en Moulay Abdeslam

“Moulay Abdeslam Ben Mchich Alami fue un santo sufí, descendiente de una honorable familia idrisí” , así reza el enorme cartel situado a la entrada del recinto sagrado del poblado de Moulay Abdeslam. El lugar está perdido en las montañas del Rif, a medio camino entre Larache y Chefchaouen, pero nadie llega aquí por causalidad sino por la firme voluntad de visitar el mausoleo del santo. El Moulay se retiró al monte Alam y fue el guía espiritual de su único discípulo, Abu Hassan Shadhili, pero el sultán Yahya El Mutasim, que se había declarado profeta a sí mismo, vio en él a un posible enemigo y consideró su activismo como un serio obstáculo para sus proyectos, así que se encargó de su asesinato. Hoy en día su tumba es un lugar de peregrinación y se considera a Moulay Abdeslam como un santo protector del valle.

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El zoco antes del templo
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Descalzate y anda

Me dirijo hacia el mausoleo con la curiosidad de si ejercerá alguna influencia en mi convencido agnosticismo. Intento abrirme al poder que dicen tener para al menos tener unos instantes de meditación, pero los pasillos atestados de puestos callejeros que venden dulces y baratijas hasta la misma entrada me distraen de mi propósito inicial. La zona sagrada se distingue por su suelo tapizado con inmensas planchas de corcho de los alcornoques del bosque que circunda el pueblo. Es obligatorio descalzarse para adentrarse allí, como recuerda un viejo con chilaba blanca a las ruidosas mujeres que se hacen fotos sin atisbos de buscar espiritualidad durante su excursión. Ir descalzo me relaja, me fuerza a caminar lento y comienzo a sentirme tan sereno que cierro los ojos y respiro profundamente. En el siguiente paso me clavo una puntiaguda piedra que me hace gritar de dolor y recuperar la consciencia de ser un ente físico capacitado para sufrir. Las losas de corcho están sembradas de cantos, incrustadas quizás para que no se comben, y consiguen que ande como un ladrón que camina de puntillas para no ser detectado.

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A la sombra de su espiritualidad

Por fin llego al área más concurrida donde los hombres con chilabas de claros colores se apelotonan junto a la tumba del santo. El fervor por estar lo más cerca de él es inmenso y discuten entre sí para ocupar el mejor sitio junto a la blanquecina construcción que protege su féretro, o quizás solo quieran sentarse a la sombra, ya que el calor comienza a ser sofocante. Me coloco en el extremo opuesto para no llamar la atención e intento relajarme con los cánticos de los estudiantes del Corán que marcan el ritmo del sagrado recinto. Al cerrar los ojos y concentrarme en su cantinela, ya sea por la distancia que me separa, ya sea por no comprender lo que dicen, me parece que se trata en verdad del zumbido de una abeja. La sensación es tan real que me desconcentra de la meditación y busco algún insecto que esté dispuesto a atacarme. No lo encuentro, pero empiezo a sentir picores por la espalda y los brazos y necesito alejarme.

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Prohibido hacer fotos

Me intercepta un joven vestido con tupida chilaba marrón. Mientras habla conmigo no para de recolocarse la capucha sobre su cabeza de rizados cabellos. Es simpático y se presta a responder a mis preguntas acerca del significado de las velas, de los cánticos y de los movimientos de algunos creyentes que me recuerdan a mi abuelo Serafín sentado en la mecedora. El muchacho responde tranquilo, pero no consigo concentrarme en lo que dice porque un hombre a nuestra derecha grita ensangrentado a la vez que muerde trozos de cristal. El joven se da cuenta de que quizás me interese más el folklore que la religión y se despide de mí sin conseguir que entienda nada, pero alertándome de que está prohibido hacer fotos en aquel lugar. Detrás del santuario hay un cementerio en cuyas tumbas se sientan los niños para volver a calzarse y después salir corriendo hasta lo alto de la colina. Allí todos ríen, cantan y dan palmas. Los muchachos coquetean con las chicas vestidas con ceñidas chilabas y todos quieren hacerse fotos para recordar ese momento de profundo recogimiento y espiritualidad. Yo no siento que mi alma se haya transformado y el único momento en el que consigo relajarme es cuando me siento a disfrutar del paisaje. Un gatito se sienta a mi lado como si quisiera acompañarme. No me entusiasman los animales, pero aquel no me molesta e incluso me agrada su presencia. Las montañas son espléndidas y pienso que debería llamar a un amigo para pedirle perdón por lo que hice. Lo haré en cuanto vuelva a tener cobertura.

Mchich significa gatito en bereber rifeño y fue el apodo dado al padre de Moulay Idriss por la tribu de Beni Aros. Dicen que aún es posible sentir su espíritu.

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Insignificante

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