Aya y el dragón de Azmur

Como cada viernes, tras terminar sus clases en El Yadida, Mostafa se deja caer por Azmur para descansar un rato antes de retomar la bici y recorrer siete quilómetros hasta el aduar en la arobia donde viven sus padres. Aunque le encanta pasar allí el fin de semana, no puede evitar pararse en la mellah y sentarse con la espalda apoyada en las ruinas de la antigua alcazaba a disfrutar de la vista: el majestuoso Um Rabia, cuyas aguas circulan reposadas a sus pies, relaja a locales y forasteros que toman té cerca del destartalado embarcadero, la muralla herida por el tiempo que protege del viento a los niños que juegan al fútbol y, sobre todo, el inmenso mar que se intuye en el horizonte, confundiéndose con las nubes.

La vista de Mostafa

Además, le divierte observar a los que pasean por la orilla del río, imaginándose sus vidas, buchludeando, como dirían en Fes. Pero hoy solo tiene ojos para la muchacha de melena rizada que ha llegado sonriente para sentarse a leer el libro que ha sacado del bolso. A Mostafa le encantaría hablar con ella, pero la ve tan concentrada en la lectura, que teme incomodarla con sus preguntas, así que se conforma con mirarla mientras su corazón se va agitando. ¡Mírame, mírame, mírame! Mostafa ruega para sus adentros con si estuviera diciendo algún conjuro.

Si levantara la cabeza

Algún yin de la antigua alcazaba, al ver tan pesaroso a ese joven más resplandeciente que la luna llena, se apiada de él y decide ayudarlo, así que sopla con todas sus fuerzas creando una ventolera que arranca los sombreros de los bebedores de té, se lleva por los aires toda suerte de bolsas y papeles y hace que niños y mayores cierren los ojos para evitar que les entre arena en los ojos. El yin aprovecha el descuido general para susurrarle a Mostafa que le recoja el marcapáginas a la muchacha, que se está precipitando bailarín desde lo alto de la muralla.

Mostafa da un grácil brinco, baja las escaleras de dos en dos hasta llegar a bab Mellah y corre hacia los arbustos para recoger el aquimequedé. El joven además corta un par de flores, quizás inspirado por lo que el yin le susurra al oído antes de desaparecer. Mostafa sube de nuevo la escalinata, excitado por la idea de hablar con la joven. Le entrega primero el marcapáginas y después las florecillas, esperando ni él mismo sabe qué. Gracias, eres muy amable. Me llamo Aya. Yo soy Mostafa. Se quedan mirándose un instante en silencio hasta que la joven decide preguntarle algo que le extrañó hace un rato. Pero primero se asegura de que Mostafa conoce bien el lugar. Soy azmuri, le responde orgulloso. Entonces ¿sabrás decirme por qué hay dragones en Azmur? ¿Qué dragones? Esos que hay en el suelo de la plaza. Mostafa se avergüenza un poco de no haberles puesto nunca interés y ahora no saber qué decirle, así que les resta importancia. Lo típico de Azmur no son los dragones, sino las telas bordadas a mano.

Aquí yacen dragones

Aya recuerda entonces que quería comprarle un regalo a su madre y le pregunta dónde puede encontrarlas. El joven la guía por las callejuelas hasta el centro de artesanía. Primero dan una vuelta de reconocimiento por el patio del edificio observando los distintos talleres, hasta que Aya decide entrar en una tienda, atraída por una chilaba beis decorada con unos sorprendentes bordados. Mira, Mostafa, aquí también hay dragones. El joven balbucea unas palabras, más asombrado que avergonzado. Y en esos pañuelos también y en aquellos vasos de té. Están por todas partes. Es imposible que no signifiquen nada, Mostafa.

¡Es imposible que no signifiquen nada!

El joven mira alrededor y comprende que Aya tiene razón y se pregunta cómo es posible que no se haya fijado antes, pero no está dispuesto a quedar en evidencia. Pues claro, Aya, te estaba tomando el pelo. ¿Cómo puedes no conocer la historia del dragón? Maarofa bzef! Pues yo nunca la he escuchado. Cuéntamela, Mostafa. Por supuesto, Aya, pero es un poco larga y se te estará haciendo tarde. Mejor mañana. Es verdad. ¡Vaya horas! Aunque no sé si podré aguantar… Entonces nos vemos mañana por la tarde en la muralla. Se despiden y Mostafa se marcha con la cabeza funcionándole a mil revoluciones. Pedalea sin descanso y para cuando cruza el Um Rabia, como por arte de magia, ya se ha creado en su cabeza el relato que le contará mañana. Aya, Aya, Aya, se repite como si estuviera recitando algún conjuro.

7 comentarios sobre “Aya y el dragón de Azmur

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  1. Estoy enamorada de estos relatos que me transforman en dragón, en princesa, o en brisa… Que me hacen olvidar el sofá de casa y me transportan a las arenas del desierto o al muelle del puerto en un lugar lejano, aquí mismo.. Gracias mil

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    1. Yo mismo también estoy fascinado con lo que me cuenta Mostafa aunque claramente está influenciado por la lectura de Mil y una noches. Te la recomiendo fervientemente.

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