Sofía en el palacio El Meshuar

Meses lleva Sofía sin encontrarse a sí misma. Todo ha salido al revés. O más bien nada ha ido cómo tenía previsto. Se siente realmente bouleversée. Sofía adora la sonoridad de esa palabra, aunque deteste su significado o, mejor dicho, odie encontrarse de nuevo bouleversée.

Arrastrada por propuestas ajenas, por el azar de la vida, como le diría su madre que decía su abuela, Sofía ha terminado inscrita en un seminario de Récuperation de la mémoire de la ville. Después de noventa años de cierre de la mahkama del Habus de Casablanca, una organización ha logrado que excepcionalmente el ministerio les abriera el palacio El Meshuar. Le resulta irónico que prefiriendo olvidar los últimos meses de su vida, ahora se vea sumergida en la recuperación de la memoria de toda una ciudad.

Antigua memoria

Se desconoce por completo el estado actual del edificio, así que las expectativas del equipo son difusas. Sofía se teme lo peor. En cualquier caso, aquella mañana soleada de finales de octubre, esos jóvenes están abiertos a lo que surja. Una única línea roja: prohibido llevarse ningún objeto del interior.

Preveían un escenario deshabitado, pero en su interior lúgubre descubren numerosos animales que se han asaltado el lugar antes que ellos. Sobre todo arañas en los altos y roedores en los bajos. Y, reinando en palacio, palomas por todas partes. ¿Quién se habría imaginado que el magnífico qsar El Meshuar acabaría convertido este auténtico palomar?

Antiguos esplendores

Los jóvenes, extasiados, se dispersan por el patio y por las otrora elegantes estancias de la planta inferior, pero Sofía sube por las escaleras guiada por un hilo invisible que le hace entrar en la única sala ajena a aquella belleza decadente. En su interior, una enorme mesa hecha pedazos y un polvoriento armario con la puertecilla desvencijada del que asoma un librito que llama su atención, las actas de un festival literario que transcurrió en el palacio El Meshuar hace justo cien años, en 2026. A Sofía siempre le ha fascinado aquella Casablanca de entrepandemias de la que data el documento. Comienza a ojearlo. ¿Le está permitido hacerlo?

Traduce mentalmente del francés. Primera cuestión: ¿Se escribe para olvidar? Los participantes, Samira El Ayachi, Kebir Ammi, Abdellah Baida y Nouzha Guessous, debaten por turnos. Se escribe para dejar un rastro de nuestra existencia. Y para facilitar la transmisión de la memoria, para evitar el olvido. ¿Es tarea de la literatura darnos esperanza? Yo escribo para interpelar al lector sobre lo que me preocupa. Sin agredirlo, pero para removerlo. Bouleverser, se dice Sofía. Aunque siempre es mejor sugerir. Escribir no me hace feliz, pero sé que ese es mi lugar. Sofía admira equella seguridad y envidia su certidumbre. Aunque lleve algún tiempo didándolo, eso mismo se ha dicho tantas veces. Y para acabar: ¿Qué mensaje le daríais a los jóvenes del futuro? Esta vez se muestran dubitativos. Apenas unas palabras: Tengo fe en esta juventud creativa y batalladora. Uno no debe dejarse llevar por el pesimismo, la joie est un travail.

Antiguas conversaciones

Sofía devuelve cuidadosamente las actas donde las había encontrado, algo temblorosa por la lectura a hurtadillas. Inmediatamente lamenta no haberlas fotografiado. Se promete escribir más tarde un resumen, aunque intuye que nunca lo hará. Dejó de escribir hace meses. Desde que comenzaron a salirle mal las cosas. Si al menos hubiera dejado un rastro de mi dolor…

Casi al salir descubre, tirado en un rincón, un cuaderno que debió de ser a franjas rosáceas. Lo toma y lo abre al azar, sobrevuela con la mirada por las líneas de aquellas páginas escritas con letra clara y bella. Intuye una mano femenina y al poco comprueba sorprendida que su dueña se llama como ella, Sophia. Y una frase a la que después regresará: Debido a una sucesión de inesperadas tribulaciones, me estoy replanteando mi vida, todo cambia a mi alrededor y solo la escritura permanece.

Antiguo y eterno bouleversement

Aquella mujer del siglo pasado, con la que comparte nombre, sufre igualmente infortunios similares, esa misma mala racha que tanto le recuerda a sí misma. Sofía se pregunta si será el destino o mero azar, pero no pierde un instante en responderse. Removida por el descubrimiento y sobreviniendo las reglas de aquella visita excepcional, esconde el cuaderno entre sus ropas, sale de la sala ruidosamente, desciende por las escaleras a zancadas y abandona el palacio El Meshuar jadeante hasta perderse en las ancianas callejuelas del Habus con una idea en mente. La felicidad hay que trabajársela. La joi c’est un travail.

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