Magia negra en Sidi Ali (Parte I: La higuera)

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Tenderos que miran de reojo

Imad, que vive en Moulay Idriss con su madre y que me sorprendió con su mal humor durante mi visita veraniega, me ha prometido una excursión fuera de lo normal. Hoy comienza a celebrarse el moussem de Sidi Ali y va a llevarme para que lo veamos juntos. Asegura que únicamente va allí para acompañarme. Alguien me había mencionado que era la fiesta que los homosexuales habían escogido para expresarse. Pronto descubrí que ese resumen no se ajustaba en absoluto a la realidad. Viajamos en un grand taxi compartido. Imad aprovecha el trayecto que rodea las montañas del Zerhoun para explicarme. Me llena la cabeza de brujería, conjuros y males de ojo. Kul shi haram. Me aguanto la risa a duras penas. La fiesta transcurre a lo largo de una semana y comienza al día siguiente de la celebración del nacimiento del profeta. Habla de árboles con baraka, de ofrendas y de maldiciones e insiste en que nada de aquello es musulmán. Los controles policiales son abundantes. Antes de adentrarnos en el pueblo, mi amigo me advierte muy serio que podré hacer fotos solo donde él me diga. Me habla en inglés para que nadie nos entienda, pero así aún llamamos más la atención. Escondo la bandolera bajo el abrigo. Me incomoda este ritual para disimular mi presencia.

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Juego de niños

Caminamos pegaditos el uno al otro. Imad señala disimuladamente con la mirada donde debo observar. Ovejas y gallinas preparadas para el sacrificio. Docenas de efímeros tenderetes venden objetos comunes para las ofrendas a Aicha, el yin al que todos veneran que vive en el árbol. Azúcar, espejos, incienso, aceite, henna, cepillos de dientes, meshta, pintalabios, semillas, agua de azahar. Los he visto todos antes, solo ahora, preparados para formar parte de los conjuros, me molesta observarlos. Imad me da permiso para fotografiarlos, pero inmediatamente me apremia para que termine. Quiere que nadie me vea y comienzo a temblar. Las imágenes resultan borrosas y tengo que repetirlas disimuladamente apoyado en una estaca que sujeta un toldo. Imad vigila y me advierte de la llegada de curiosos. Como no entiendo bien lo que ocurre me dedico a observar a los animales enjaulados. Ovejas que balan. Molestas moscas a pesar del invierno. Cacareos que dificultan nuestra charla. Una mujer pela un gallo con soltura mientras atisba a un hombre de chilaba oscura que camina con una ruidosa cabrita negra en brazos. Parece más una granja que un aquelarre.

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Preparados para brujería

Imad se aproxima para explicarme al oído. Los brujos, en su mayoría mujeres, visten de rojo, negro o blanco. Hacen ofrendas al genio de la higuera para que les dé su baraka. Utilizarán la bendición para cumplir los deseos de sus clientes. ¿Y qué les piden? Trabajo, dinero, matrimonio. Si una mujer discute a menudo con su marido, le echa unos polvos en la bebida y lo vuelve dócil de inmediato. I want money. Yes. I want this. Yes. And that. Yes. Llegamos al lugar del culto rodeados por la multitud nerviosa. Velas blancas y negras se alternan en la empalizada. Las mujeres arrojan semillas contra la ahumada pared. Gritan teatralmente para conseguir que la magia sea más poderosa. Imad me arrastra hasta el fondo porque unos hombres han empezado a mirarme fijamente. Me recuerda que no saque el móvil y que finja estar acostumbrado a aquello. Disimulo mi nerviosismo. Me repito que todo es una mera representación. Tiemblo al ver pasar a una mujer que sacude un par de pollos sin cabeza. Mi cuerpo está rígido. Me gustaría salir de allí, pero ahora la muchedumbre lo hace imposible. No me queda más remedio que seguir observando. La fila de corderos comienza a avanzar para su sacrificio. Las bandejas de mimbre regresan vacías. Un anciano camina lentamente con dos gallos rebeldes que sujeta por las patas. El incienso invade el ambiente como si de un acto sagrado se tratara. Los plásticos que cubren el recinto impiden que entre aire puro. Los niños corretean divertidos. Sus risas resuenan terribles. Siento que voy a caer al suelo, sometido al olor y al grito de las bestias. Le pido a Imad que nos vayamos. Me indica que debemos permanecer y me señala lo que llega anunciado por un estruendoso grupo gnaua. Una mujer se desliza silenciosa tras los músicos en éxtasis. Cabizbaja, escondida bajo una caperuza blanca y con la mirada oculta tras unas enormes gafas de sol. Mi amigo me advierte de su poder. No creo en la magia negra, no creo en la magia negra. A su paso, agacho la cabeza para evitar acaso un mal de ojo.

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Compras, ofrendas, hechizos

10 comentarios sobre “Magia negra en Sidi Ali (Parte I: La higuera)

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  1. me encantó! con lo de la música gnawa me enganchaste… me atrae tanto ese mundo tan diverso… en cada rincón de Marruecos, se interpreta esta música con un fin o creencias concretas, que son muy dispares según la zona. A pesar de que el origen y raíces son las mismas.
    me voy a la segunda parte 🙂

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  2. Una buena descripción del ambiente, no quisiera percibir el olor de aquel lugar.
    Comienzas esta aventura algo divertido y nos metes en una historia que comienza a dar miedo. Cosas de la brujería, supongo.

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