¡Maldito Houellebecq!

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Ampliación del campo de batalla

En cuanto me he sentado en el tren que me llevará de Kenitra a Meknes, me he dado cuenta de que me he olvidado la música en casa. Se ha quedado cargándose el aparato en la habitación. A falta de alguien con quien hablar, he estado todo el trayecto leyendo a Houellebecq. El libro lo compré hace tiempo, fascinado por lo mucho que me había gustado Las partículas elementales. Esta vez la portada no trae ningún desnudo, pero es extraña y los vecinos de asiento la miran confusos, intentando comprender lo que representa. El libro lo comencé hace unos días, pero ya lo estoy acabando. El personaje central no sabe disfrutar de la vida, no se apasiona por nada y no se siente movido por lo que ocurre a su alrededor. Es un mero espectador con total falta de entusiasmo. A pesar de todo, la novela me ha atrapado, más bien diría que me arrastra irremediablemente. Apenas presto atención a los otros viajeros.

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Las partículas elementales

En Moulay Idriss me esperan mi amigo Imad y su madre Malika. Ella lleva semanas pidiéndome que traduzca unos poemas que ha escrito en árabe. La idea me resulta descabellada y dudo que sea capaz de hacerlo. Cuando llego, descubro que ella está en Rabat. No entiendo por qué no me lo han dicho antes, podría haberlo pospuesto para la semana siguiente. Imad parece alegrarse de mi visita, pero está ausente, intuyo que algo le preocupa. Ni está tan dicharachero como en otras ocasiones, ni me habla de ningún proyecto que tenga en mente. Según sus palabras todo está bien, pero resulta poco convincente. En nuestro último encuentro nos habíamos despedido hasta el próximo enero. No me desvela nada de su regreso anticipado. Le pregunto, pero ante las primeras respuestas evasivas, decido abandonar el tema. Dormimos más de dos horas después de comer. El calor es intenso y no apetece hacer nada. Bajamos a la terraza de un café a la espera de unos amigos suyos que van a hacer una barbacoa. Necesitamos que nos recojan con el coche para ir hasta allí. Le llaman informando de cambio de planes. Se han quedado en Meknes. Por delante tenemos media tarde sin nada especial que hacer. Le propongo que hagamos una caminata hasta la colina de enfrente para ver el atardecer. Una vez lo hice gracias a su recomendación y guardo un buen recuerdo de aquel día. Me dice que sí, pero de inmediato me propone otros sitios más cercanos donde ir. Los conozco y sé que no son tan buenos y sé que Imad piensa lo mismo. Me molesta su insistencia.

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Sumisión

Llega un amigo suyo al que ya he visto en otra ocasión. Ni siquiera recuerdo su nombre, pero sé que no tenemos ningún tema en común del que podamos charlar. Tras unos minutos de silencio, me levanto haciendo ver que estoy dispuesto a dar el paseo, aunque sea solo. En cualquier caso, ya me he hartado de estar en el café. Me acompañan los dos, pero finalmente Imad se queda en otra cafetería a medio camino. A cambio me acompañará su compañero de la escuela, que insiste en amenizar la charla con la molesta música de su móvil. Preferiría el silencio. Hemos salido demasiado tarde y parece que no vamos a llegar a tiempo. El sol se ocultará en menos de treinta minutos y quedan casi tres quilómetros de ascensión. No aminoro la marcha, no me paro y el colega se va quedando atrás con sus excusas de falta de deporte de las últimas semanas. Se abraza la barriga intentando hacerme reír. Sin éxito. En un último intento me señala un camino que no lleva a ningún sitio desde el que se pueda ver el atardecer. Ni me molesto en responderle. No me siento culpable, tampoco le he pedido que viniera conmigo. Acelero el paso. Cuando por fin llego al lugar, me encuentro con un chaval escuchando música con los auriculares puestos. Ni me saluda. Es sol se pone tan pronto como me siento y comienzo a leer unas páginas de Ampliación del campo de batalla. La depresión del protagonista se acrecienta. Todo lo que ve a su alrededor le resulta molesto, desagradable. Llega mi compañero barrigudo haciendo comentarios sin gracia y molestando con su música atroz. Todo lo que hay a mi alrededor es molesto y desagradable. ¡Maldito Houellebecq!

 

“Ampliación del campo de batalla! está editado por Anagrama.

15 comentarios sobre “¡Maldito Houellebecq!

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  1. Tus descripciónes transmiten tranquilidad y paz. He sentido los pasos que subian hacia ese atardecer y el silencio tuyo en contraste con la música que podría estar escuchando tu acompañante. Gracias por las recomendaciones literarias también.

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  2. A veces es difícil si quiera compartir la evidente maravilla con quienes nos acompañan.
    No todo el mundo aprecia esa magia, quizá esa es la razón de que caminar solo sea tan gratificante y a la vez tan difícil. La necesidad de compartir lo que nos importa, solos. Es paradójico, te entiendo porque lo he vivido tal como lo cuentas. Ánimo Alberto.

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    1. Querido fran,
      te recomiendo que salgas al campo y justo cuando se ponga el sol te leas un par de páginas del libro (de papel!!) que tengas en este momento. Verás que no tienes mayor problema en hacerlo. Hay como media hora de luz tras la puesta del sol (no me creo que no lo sepas)
      Gracias por el comentario y un saludo.

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      1. Suelo salir a pasear y sentarme a leer donde convergen las aguas del río Bayas con el Ebro por las mañanas. Lamentablemente para mí necesito mucha luz para leer, tengo la vista quemada de pasarme tantas horas frente al ordenador.

        Salam Aleikum

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  3. Alberto. A veces la compañía no es todo lo agradable que esperamos. Sin embargo, leerte …. es maravilloso. Si estás en enero por allí…. creo que iré a visitarte… si no te importa. Miéntras tanto leeré.este libro. Estoy deseando leer la proxima entrada.

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