Calor tropical, culpen a Henry Miller

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Fotos de otoño

No hay comienzo, tampoco final. La frase que está al principio no tiene por qué leerse antes que la última. Nada de esto tiene sentido para nadie que no sea yo mismo. Por mí puedes volver a tus cosas. Hora de hacerse un selfie, no vayas a llamarlo autofoto, ¿quién coño habla así? Quieres dejar constancia de tu presencia, aunque esa imagen quedará sumergida bajo otros centenares de recuerdos dignos de retratar, el desayuno frente al mar, un animal muerto con sus tripas esparcidas por la acera, un sonrojante cartel con faltas de ortografía, una mujer en segundo plano que te excita más que “lo que querías fotografiar”, la puesta de sol estropeada por la basura que se amontona en la playa, los momentos únicos que viviste con tu pareja, idénticos a los momentos únicos vividos con la pareja anterior e indiferenciables de los que posee tu vecino, tu cuerpo desnudo frente al espejo mostrando tu mejor perfil y otras docenas de cientos de imágenes de ti mismo, siempre sonriente, siempre disfrutando del momento, siempre feliz de haberte conocido, siempre a punto de hacer un descubrimiento que hará que haya merecido la pena levantarse de la cama y si los ojos no están en consonancia con la impostada felicidad, pas de problème, será borrada. Effacer? Oui.

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Fotos de vacaciones

Olvídate de la tecnología que te rodea. Aparca el coche y ponte a andar por la ciudad. Abandona las máquinas y siente de nuevo el olor del ser humano. Olvídate de los aparatos que trabajan por ti, que te atontan, que te ayudan a desaprender lo que sabías hacer. ¿Todavía eres capaz de multiplicar con decimales sin utilizar una calculadora? Elimina de tu presencia todo el progreso que te aliena, que te fuerza a instalar nuevas versiones, mejoradas, imprescindibles, que te grita que tienes que estar a la última, que te amenaza con convertirte en un don nadie si no lo haces: tienes doce nuevas actualizaciones disponibles. ¿Todavía sientes que tienes el control? Olvídate del tiempo hasta que no sepas qué hora es, ni tampoco qué día, ni cuál es la estación del año, ni si eres un joven o un anciano y limítate a respirar. Olvídate del dinero, tanto si eres un rico preocupado por sus inversiones como si eres un pobre pendiente del siguiente pago, ¿acaso hay alguna diferencia? Olvídate de buscar la felicidad como si fuera un tesoro que lograrás poseer. Ni siquiera eres dueño de tu propio cuerpo, que apenas es un préstamo que no sabemos quién nos ha hecho para no sabemos qué, por no sabemos cuánto tiempo. Olvídate de todo eso o al menos olvídate de los emoticonos y hablemos de nuevo utilizando frases con sujeto, verbo y predicado. ¿No ves que empiezas a ser un robot? Pulgar arriba, aplausos, fuegos artificiales, 14 de julio, ¡vive la fête!

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Calor tropical

Yo solo quería volver a leer un pasaje de Trópico de cáncer porque quería que Anxo lo redescubriera, que deambulara por Assilah como si fuera Paris. Recordé que mi hermana tenía dos copias del libro y madrugué para llevar bollos suizos al desayuno a cambio de uno de ellos. Me encantaba la idea de conseguirlo a través de un trueque, como si fuera el protagonista que mendiga unos francos para comer en el Dôme. Los niños insistieron en que me llevara el que presentaba un cuerpo desnudo en la portada. No le di importancia cuando lo cogí. ¿Tendría que informar a la Embajada de que tengo a Henry Miller en la maleta? Comencé a leerlo en el tren que tomé en la estación de Moghogha. Somos ocho en el compartimento. El vagón tiembla y nos agita. Hace calor. El sudor desciende por mi cuello. ¿No sale aire por la ranura? Un hombre observa atentamente a la joven de pelo suelto, chilaba ceñida, mirada felina. Se lleva las manos al vientre para ocultar su excitación. Cierra los ojos. Intenta dormir, quizás solo lo esté fingiendo. El sofoco aumenta y nos asfixia. La joven se oculta tras las gafas oscuras. El movimiento de la cabeza delata sus pensamientos lascivos. La estatua desnuda de la portada desvela el misterio de su interior. Las páginas que leo están impregnadas de sexualidad que mancha mi mirada. Cuando observo a mi alrededor ya solo encuentro el deseo que aflora en los rostros. Los labios que se humedecen gritando las palabras enmudecidas. Los senos que se estremecen imaginando el placer futuro en el encuentro con el cuerpo deseado. Las manos que acarician la ansiada piel. Seres que se entienden sin tener que hablar. ¡Abrid la ventana antes de que nos ahoguemos!

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