El mejor café de Marruecos carece de nombre

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Esencialmente

Me tengo que remontar a cuando apenas llevaba un par de semanas viviendo en Marruecos para recordar la primera vez que visité este café. Deseaba descubrir cada rincón del país, pero por el miedo a empacharme, lo iba degustando poco a poco con la esperanza de que si mi avance era lento, implicaría que mi estancia sería duradera. Es un argumento irracional de los que se plantan en mi cabeza sin remedio, y por culpa del cual, aún no conozco Tetuán en profundidad, como si dormir en todas las habitaciones de una casa, implicara tener que dejar de vivir en ella. Con esa voluntad de ir despacio, y a pesar de las recomendaciones de los compañeros de trabajo, decidí visitar Salé antes que Rabat. En algún sitio había leído que su medina conservaba un sabor antiguo difícil de encontrar hoy en día, y quería probarlo antes de que se contaminara con la modernización. Buscaba la esencia de Marruecos y seguía mi insisto para encontrarla.

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Olvídate del calzado y del tiempo

Recuerdo aquel grato paseo por las laberínticas calles de la medina, poseído por la agradable sensación de estar perdido y de no saber lo que me esperaba a la vuelta de la esquina. Avanzaba sin rumbo y giraba a izquierda o a derecha en función del atractivo que ofreciera. No me importaba no localizar algún monumento digno de ser visitado porque sentía que podría volver allí siempre que quisiera. Mi búsqueda desorientada tuvo su mayor premio al dar con un pequeño café en una placita. Un lugar único, fuera del tiempo, donde los hombres juegan a las cartas y toman té con hierbabuena sentados en el suelo. Un local desprovisto de sillas y de cartel que anuncie su nombre porque carece de él. Un café donde algunos paran apenas un instante a tomar de trago su bebida y otros pasan las horas muertas intentando ganar a las damas a un compañero de partida. Un sitio en cuya pared, en vez de reloj, cuelga una críptica hoja con las horas del rezo de todo el mes.

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Radouan prepara el té

La primera vez que fui allí ni siquiera intentaba disimular que mi árabe era menos que básico, me conformaba con hacerme entender. Recuerdo la cocina minúscula donde el enorme camarero preparaba el té, quizás también tenía alguna cafetera. El calzado había que retirárselo antes de acceder a la zona alfombrada con mimbre. Acaso había una mesa o dos, pero yo fui directamente a tirarme en el suelo y a leer recostado sobre un cojín que me lanzó algún caballero. Discutían a mi alrededor porque les faltaba alguien con quien hacer cuatro para comenzar la partida de cartas. Por supuesto me dispuse a jugar con ellos en cuanto me lo pidieron. Pero resultó más complicado de lo que creía. Mi árabe era mediocre y ellos no hicieron ningún esfuerzo por explicarme en qué consistía aquello del rami. Los demás todo el tiempo conseguían bajar sus cartas a la alfombra y a mí no me lo permitían porque tan pronto me faltaba el suivi, como había hecho un trío usando dos cartas idénticas o me había equivocado al contar y no sumaban ochenta y uno. Primero reían por mi torpeza y después comenzaron a abroncarme porque era demasiado fácil ganarme. Me esforzaba por ganar la partida, pero a cada reo me quedaba con todas las cartas en la mano y pagaba el máximo. Me devolvieron al rincón a leer tan pronto como llegó alguien para sustituirme. No me importó, me permitía observarles sin la tensión de la partida e intentaba entenderles alguna expresión para luego repetirla y me enamoraba del café. Aquel local y aquella visita se quedaron grabados en mi cabeza.

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Partida de rami
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Ntlaqau fi ilkahua zuin

Recuerdo que cuando me marchaba pensé que no sería capaz de volver a encontrarlo, que me sería imposible repetir el recorrido por las callejuelas para dar con él, que no podría preguntar por él porque carece de nombre, que giraría erróneamente en alguna esquina y acabaría irremediablemente en otro lugar. Y tenía razón al pensar así. He vuelto al café; en solitario, con algún amigo o solo acompañado con Francesca y Jean-Pierre que me hablan en silencio al oído sin parar, pero jamás he regresado allí con aquella ingenuidad, con la mirada limpia del que llega por primera vez. Ahora el camarero, Radouan, me saluda por mi nombre y explica quién soy yo a cualquier curioso que se asombra al verme sentado en el suelo tomando notas. Sabe que pediré un té mientras ofrezco a los demás las ghoribas que he comprado en el horno de la calle que llega de Bab Ilkhamis. Me recibirá con cuatro besos al llegar, ya no se dibujará la mirada curiosa de aquella primera vez.

12 comentarios sobre “El mejor café de Marruecos carece de nombre

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  1. Es un placer leerte, Alberto. Además las fotos contribuyen a completar la percepción de los lugares que describes. ¡Gracias!
    Me ha llamado la atención un detalle:¿Cuatro besos al saludar?! Por lo visto, acá somos mezquinos con ellos…sólo nos basta uno.
    ¡Un abrazo!

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    1. Gracias saricarmen por la visita y el comentario.
      Entre hombres se dan dos besos o cuatro si hay mucha amistad o es de la familia.
      Las mujeres se dan un número indefinido de besos como las abuelas de los pueblos.

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  2. Como siempre, … huele desde aquí. Que desayuno más bueno. Yo he tenido que conformarme esta mañana con el café del mercadona, pero aún así cerrando los ojos a su sabor he podido oler el té y la menta… y alguna cosa más de esos lugares tan especiales de Marruecos. Gracias alberto.

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  3. Jajaja, “Me devolvieron al rincón a leer tan pronto como llegó alguien para sustituirme.”.

    Buenos recuerdos de los ghoribas (acuérdate de cuando me pararon en el control de aeropuerto creyendo que sería cualquier cosa…).

    Ah! Y me ha gustado ver esa botella de Hawai!

    Enhorabuena khouia!

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    1. Ya sabes que hay que tener muchísimo cuidado al pronunciar Hawai… ahí lo dejo.
      Empiezo a pensar que te lo estás pasando tú mejor que yo con todo esto…
      Un abrazo, hermano.

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