Una pérdida irreparable

Me acuesto el viernes prácticamente entre risas. Por la mañana, el drama.

Al despertarme salgo de mi error: doscientos noventa y siete muertos. Informo a la familia y marcho al café. Medio atontado, pensando en mis tareas pendientes, sigo comportándome como si no hubiéramos sufrido un terremoto la noche anterior. Confirmo que estoy bien en Facebook y me dispongo a escribir sobre el increíble espectáculo musical que vi anoche.

Llueven mensajes y llamadas. Estoy bien, estoy bien. Aún no son las nueve y ya me está contactando un periodista de un periódico local. ¿Sentiste el terremoto? Le explico: estoy a cuatrocientos treinta quilómetros del epicentro, le envío fotos de anoche en la calle y un vídeo de las imágenes que Al Jazeera repite sin descanso. Me da las gracias y de inmediato siento que no es suficiente. En la propia conversación de WhatsApp le cuento con mucho más detalle mi experiencia. A los diez minutos ya está publicado en su diario digital.

(c) Fadel Senna

Mientras escribía, iba actualizándose la cifra oficial de muertos. Mi testimonio nace obsoleto. Ahora encuentro irrelevantes esos limones caídos en la escalera. Decido ampliar mi relato en El zoco del escriba y que va a hacer falta ayuda. Resulta evidente, aunque aún no se hable de eso.

A media mañana, Mayid, el camarero del café le actualiza al dueño: ya van ochocientos. Entonces, por vez primera, entiendo que han perdido ochocientas personas. Se me caen las lágrimas, se me empañan los ojos y ya no consigo seguir escribiendo. ¿A cuántos de esos conoceré personalmente?

Reviso mentalmente. Abderhafar y Abdelmunaim, a quienes vi hace nada en Marrakesh. ¿Seguirá Said viviendo en aquel aduar cerca de Tarudant? Mensajes y llamadas sin respuesta. En la televisión solicitan la donación de sangre a los ciudadanos.

La cifra de muertos sigue aumentando, ya van mil treinta y siete. ¿Cuándo va a dejar de subir? Mis amigos desde Marrakesh me confirman que están bien y me aclaran que el drama no está en su ciudad, sino en las montañas. Me informo con más detalle sobre las zonas afectadas: El Hauz, Tarudant y Chichaua. Said sigue sin responder a mis llamadas. ¿Estará bien?

(c) Fadel Senna

Reviso mentalmente de nuevo. Conozco a mucha más gente en la zona de la que había pensado. Zuhair, el cuentacuentos de Yemaa El Fna, Yunes, aquel chico tan majo del festival del Storytelling, Husin, ese hombre de Armed que nos llevó hasta la cumbre del Tubqal, Lahsen, mi primer anfitrión en Marruecos, Abderrahim, que me vendió unos jabones entre charlas y risas, Mostafa, nuestro piadoso conductor, Brahim, maestro nómada y la familia Akhlij al completo. Les envío mensajes a todos ellos, pero la mayoría no terminan de llegar. Lo que daría ahora mismo porque saliera el maldito tic azul que me confirme que siguen con vida esas personas que, aunque no son amigos, les pongo cara y nombre, de quiénes tengo su número e incluso aún tengo pendiente enviarles nuestra foto juntos. Se la envío ahora y me pregunto si llegará a verla. ¿Y cómo estarás sus familias?

Al mediodía, anuncian que los hospitales no dan abasto para la recogida de sangre de tantos voluntarios como se han presentado. En los medios españoles no dejo de decir que #EstoyBien y que @#HaceFaltaAyuda.

Said por fin me responde, en su aduar no se han venido las casas abajo, pero el pueblo entero ha dormido al raso por miedo a las réplicas que han sentido durante la noche. El habitual problema se cobertura se ha visto agravado, ahora con todo el mundo colgado del teléfono. En las horas siguientes recibo buenas noticias de todos mis contactos. Que alivio saber que siguen con vida, pero al instante pienso que entonces los muertos son otros, personas a las que nunca he conocido.

(c) Fadel Senna

Continúo con mis #EstoyBien y #HaceFaltaAyuda, pero empiezo a matizar la información. No se equivoquen, que han se caído algunas casas en la medina de Marrakesh, como ocurre cada vez que llueve con fuerza. No se equivoquen, que no ha muerto ni un solo turista, que los caídos son habitantes de los aduares de las montañas que ya llevaban una vida de subsistencia antes del temblor. En la tele, una mujer enumera los nombres de los familiares que ha perdido. Mi marido: Mohamed, mis hijos: Lahsen, Amin, Fatima. Me he quedado sola. En redes tiene mucha repercusión el colapso de la histórica mezquita almohade de Tinmel. Una pérdida irreparable, dicen. Una mezquita que ya estaba olvidada por todos, me digo. Lo que me parece irreparable es la situación de esa mujer que enumera entre lágrimas a sus familiares sepultados.

Las foto que acompañan a este texto son obra del gran fotógrafo marroquí Fadel Senna.

5 comentarios sobre “Una pérdida irreparable

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  1. Saludo. Vivo en la región cafetera de Colombia, acá también hemos vivido terremotos muy trágicos; sin embargo, ninguno en magnitud y daños, como este que os ha causado tanto dolor y destrucción. Siento el dolor solidario y también admiro la lucha para el rescate y reconstrucción que han de emprender, pueblo grandioso.

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  2. ¡Qué triste situación!
    Siempre pasa en lugares donde la pobreza es más extrema. A los pobres, la vida les castiga mucho más que a los ricos.
    No creo que el rey marroquí, haga nada por ellos. El en Francia y sus palacios.

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