Brahim El Badaa, maestro del desierto

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Desayuno en la jaima

Brahim vive en Buahyab, un rincón al límite de las dunas del Sáhara donde un puñado de familias nómadas pastorea cabras y dromedarios. Aún no ha amanecido y ya está levantado. Lo primero, el té, pero como el agua se terminó la noche anterior, comienza la jornada acercándose en moto al pozo para rellenar unos botellones. Viste unos pantalones de pana marrón que le harían parecer más mayor si no fuera porque su sonrisa le rejuvenece el rostro. Se acuclilla para colocar la tetera sobre el hornillo mientras observa preocupado el desgarrón en la pared provocado por la última tormenta de arena. Desde una jaima cercana vienen dos de sus alumnas. Le traen una cazuelita con la ración de harira que su madre separa para el maestro cada mañana. Las niñas salen corriendo sin tiempo para darles las gracias. A lo lejos se distinguen los cabreros guiando a un montón de inquietos puntitos negros. El viento agita una bandera rojiza que el tiempo deshilacha.

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Los pequeños

Van apareciendo los niños con sus mochilitas al hombro. Juguetean un rato alrededor de la tienda que hace de madrasa. Los alumnos ocupan sus pupitres cuando entra Brahim. La clase se divide en dos grupos. El de los mayores lo forman Mbarek, con pelo de pincho, Jadiya, que incordia a menudo a los demás, Mama, que tiene catorce años, aunque diga tener diez y la cariñosa Fatima. Apenas separados por un estrecho pasillo se encuentran las mesas de los pequeños, que ahora son siete gracias a la reciente incorporación de Jadiya, que se aleja incansable por el horizonte al atardecer, camino de su distante hogar. Se sienta con Naima, con la que ha hecho buenas migas. Delante de ellas están Fatima, concentrada en la tarea, y Mohamed, que cuenta los minutos que faltan hasta que llegue el recreo. En el pupitre junto al maestro se sientan el vivaracho Jauad, Mohamed, a menudo cabizbajo por su timidez, y Zahara, que a todos hace reír con sus monerías. Una escuela rural muy particular, pero para ellos es simplemente la escuela, donde todos juntos, sin importar la edad, esperan a que Brahim comience la clase.

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Clase de matemáticas

Hoy la primera lección es de árabe. El maestro pronuncia las letras y los pequeños las escriben en sus pizarritas. Les cuesta distinguir la aain con sukun de la acompañada de un dammatein. Los que están seguros de su respuesta la muestran orgullosos con los brazos en alto exigiendo que se confirme su victoria, pero el profesor busca errores para que aprendan de sus tropiezos. Por fin agarra la pizarra de Mohamed y asegura que esa es la escritura correcta. No hay tiempo para celebraciones, ya les está dictando la siguiente letra. Al mismo tiempo, los mayores se levantan a turnos para completar su tarea en el enorme encerado. Brahim alterna la atención entre ambos grupos, como un malabarista que vigila que cada platillo siga girando.

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¡Al encerado!

Cuando alguno se aburre, pide permiso para ir al baño. Entonces se ausenta unos minutos y finge alejarse detrás de una tapia. Cuando regresa ya están estudiando matemáticas. Mama y los demás identifican ahora distintas geometrías, han de contar y comparar los lados de unas figuras. Brahim se enfada porque han caído en la trampa del cuadrado verde. Al representarlo girado, apoyado en una punta, han creído que era un rombo. Con los pequeños la dinámica siempre es más lúdica, ahora estudian los números hasta el veinte y la jaima se llena de su jolgorio infantil. El recreo llega y deja solo al profesor en la clase silenciosa. La tienda tiene dos portones enfrentados, cubiertos de mantas recosidas con cordeles, que siempre están abiertos porque unas piedras impiden su cierre. El viento ventila la tienda, levanta la alfombra de rafia, descubre el suelo de tierra y trae recuerdos al maestro. También transporta los gritos infantiles de los niños que juguetean al sol. Sus risas le hacen pensar en su mujer embarazada. Voy a ser padre, se dice. Después le distraerá la charla con Baba Ibrahim, pero ahora solo desea ver la carita de su hijo, besarlo, abrazarlo y enseñarle a leer. Aunque suele subir por las tardes a la loma dónde hay cobertura telefónica, hoy se encamina hasta allí a media mañana, necesita escuchar la voz de su mujer.

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Algorba

Conocí a Brahim durante mi viaje con la asociación Imagine a Buahyab. Si no fuera porque tengo fotos de él, juraría que no existe, que es tan solo un personaje de algún relato de Albert Camus.

La asociación Imagine da soporte en sanidad y educación a las familias nómadas de Buahyab. Me invito a que descubras su apasionado trabajo. Ha sido increíble acompañarlas en su última visita.

 

10 comentarios sobre “Brahim El Badaa, maestro del desierto

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  1. Brahim. seguro que para esos niños sera el profesor que todos tenemos en nuestra mente muy marcada de cuando éramos pequeños. Buen, yo tengo muy marcados a vuestros profesores. Don Miguel y Teresa Tabernero, los fisfrute más que a los mios propios. Bendita profesión.

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  2. me encanta la frase: “el viento agita una bandera rojiza que el tiempo deshilacha”. Muy poética.
    toda una experiencia y un privilegio ser testigo de la e señanza en un area rural tan hostil. Seguro que la lección la aprendiste tú ese día.

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    1. La experiencia fue increíble y cuando recuerdo este lugar, por ejemplo para escribir esta entrada, casi me parece que en realidad ha sido un sueño.
      Gracias por tu comentario. ¿Te animas a venir la próxima vez?

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  3. “Si ce n’était pas parce que j’ai des photos de lui, je jurerais qu’il n’existe pas” c’est exactement ce que je ressens : ce récit est d’un autre monde, d’une autre planète… C’est plus que fascinant, parce que c’est irréel vu du monde occidental…

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    1. Ça c’est encore la sensation que j’ai quand je pense a Brahim. Il est trop beau pour être réel et l’endroit où il travaille c’est n’est pas de ce monde.
      Merci pour me forcer à écrire en français!!!

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