Dejarse llevar (El hammam de las mujeres)

Escrito por Laura Bosch Torres

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Mi visión habitual del hammam de las mujeres

Entrar en aquel lugar solo reservado a las mujeres del pueblo era para mí como entrar en un espacio sagrado. Era, de algún modo, entrar en un universo desconocido, donde no tenía más puntos de referencia que lo que mi amiga Halima me había contado, donde me debía mostrar desnuda ante sus ojos, ante los de los de las mujeres de este lugar fronterizo con el desierto, sin saber cómo sería el protocolo, con miedo a hacer algo indebido, con respeto hacia lo establecido y con una casi infantil curiosidad como extranjera, pero sobre todo como mujer. En realidad, no era la desnudez del cuerpo la que me asustaba, sino la del alma, porque siempre he sentido que ellas ven el alma de los demás a través de las miradas.

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Entrada para hombres / Entrada para mujeres

En Mallorca, antes de partir a Marruecos, mi querida amiga me explicó bien los pasos a seguir: debía llevar ropa interior de recambio, una toalla para secarme, una alfombrilla para el suelo que podía adquirir en cualquier tiendita del pueblo, jabón negro para untarme el cuerpo y un guante para sacar todas las impurezas de la piel que también vendían en el mismo hammam. Podía también, si quería, solicitar que una mujer me masajeara con el guante, pero mi amiga, sabia ella, me recomendó que me dejara llevar y mimar por alguna de las que compartieran el baño conmigo. A cambio, después yo le devolvería el masaje a ella.

Entré sin pestañear, para no perderme detalle, para estar atenta a todos los movimientos que allí se producían, tratando de disimular mi inseguridad, imposible de esconder ante mujeres tan avezadas y tan acostumbradas a mirar lo que pasa a su alrededor, a sentirse y acompañarse en aquel espacio.

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Horario para hombres / Horario para mujeres

Dentro, en la primera sala, una mujer atendía a las que entrábamos. Ella iba sin melfa por el calor de la sala, vestía camiseta de tirantes y pantalones.  Mostraba con orgullo su escote exuberante, su piel aceituna, luminosa, de aspecto suave, su cabello rizado recogido en una trenza, que terminaba gruesa y negra, a la altura de unas caderas prominentes, continuidad de una cintura estrecha, lo que le daba un aspecto de mujer fuerte y joven. Ella, casi sin mirarme, me pidió con la mano mis pertenencias. Observé que las mujeres se quedaban con la parte inferior de la ropa interior e hice lo mismo, trataba de ser lo más correcta posible, no quería que me tuvieran que llamar la atención. Le entregué mi bolsa con la ropa que me había quitado rápidamente ante ella, y a cambio, ella me dio dos cubos de plástico, con un recipiente más pequeño y me indicó, sin inmutarse ni preocuparse por mi inseguridad palpable, la entrada a la sala caliente.

De repente, me encontré sola ante varios grupos de mujeres que acudían con sus hijos e hijas a compartir aquellos mágicos instantes: los más pequeños, pegados a sus madres. Más allá, en un rincón, las adolescentes, que debían ser vecinas, hermanas, primas e incluso tías unas de las otras. Comprendí enseguida que aquel momento semanal era para ellas un paraíso para los sentidos, donde las emociones y las confidencias femeninas fluían como el agua, un espacio en el que ellos, los hombres, no entraban, y en el que las mujeres, por el hecho de serlo, mostraban una complicidad y una alegría inusual para mí en mis círculos habituales.

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Intercambio de masajes

Ahora yo podía contemplar lo que ocultaban las melfas, estaba fascinada con lo que tenía ante mis ojos. Sin duda, la belleza que se esconde debajo de estos hermosos pedazos de tela de todos los colores y estampados no cumple con los patrones occidentales, se trata de algo difícil de explicar. Se acerca más a los cánones de belleza que muestran algunas figuras que representan a las diosas de la fertilidad. Las mujeres que allí había tenían rasgos de negra, con piel aceitunada, mestiza, tersa y brillante, ojos oscuros que te atraviesan ferozmente al primer contacto, unas sonrisas contagiosas enmarcadas en labios gruesos y colorados que contrastan seductoras con unos dientes grandes y luminosos, cabellos oscuros, salvajemente rizados, que se desatan nada más entrar en el hammam para lavarlos, peinarlos y untarlos de henna o de aceite, según la ocasión, la edad o la coquetería, que se desparraman sobre sus cuerpos voluptuosos junto con el agua que van echándose unas sobre otras, entre risas, entre suspiros por el calor del lugar.

El espectáculo superó mis expectativas de una manera sobrecogedora. Me brotaban las lágrimas por haber entrado allí, por estar entre ellas, por haber tenido tan buena consejera, mi amiga Halima, que me animó a dejarme llevar y que traté de cumplir escrupulosamente. Porque, de repente, sin saber cómo, sentí que una mano me tocaba el hombro y empezaba a masajearme enérgicamente con el guante, los brazos, la espalda, los glúteos, las piernas, la entrepierna, los pechos, los pies… sin que mediara palabra entre nosotras, solo una sonrisa y una inmensa ternura, que solo son capaces de dar las mujeres fuertes, las mujeres que saben cuidar y cuidarse entre ellas, con esa fuerza femenina que no es exclusiva del sexo femenino, porque he visto esta ternura también en los hombres. De hecho, me preguntaba si entre ellos, también se daban estas escenas… “Será”, pensaba, “algo que solo me podrá contar algún amigo que haya entrado en el hammam de los hombres”, aunque quizás ellos estén pendientes de otros detalles.

Lo que más se acercaba a lo que en aquellas salas vaporosas, calientes y perfumadas estaba compartiendo era un taller de sensualidad en el que había participado meses antes en mi ciudad, en Mallorca, y que, después de esta experiencia, me sabría a poco, me resultaría artificial y seguramente fuera de contexto. Aquel ambiente solo es posible en aquel lugar, donde el agua es un regalo, donde el espacio para embellecerse es una fiesta, donde el cuerpo es goce para los sentidos, donde todas somos cómplices por haber nacido mujer.

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Sensualidad femenina

Invité a Laura Bosch a que escribiera un artículo contándome algo de Marruecos que solo una mujer pudiera saber. Podéis leer más sobre su experiencia en Marruecos en su blog Des de la meva finestra.

14 comentarios sobre “Dejarse llevar (El hammam de las mujeres)

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  1. Magnífico relato, Laura.
    Siempre me ha fascinado el hammam femenino como espacio de sororidad, algo que no existe en el mundo occidental.
    Mi experiencia del hammam como hombre y extrangero es muy distinta.
    Recuerdo las primeras veces que viajé a Marruecos; lo que hacíamos era alquilar el hammam cuando ya había cerrado, así transformábamos el hammam en mixto, hombres y mujeres juntos, y evidentemente la cosa era muy distinta… Solos, sin personas ajenas que nos vieran.
    Después he ido solo al hammam o sólo con hombres, pero está claro que las sensaciones de hombres y mujeres son muy distintas.

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      1. Esto que cuento es de hace más de 20 años. En esa época no era extraordinario hacerlo y lo “perpetramos” en diversos sitios, en Xauen seguro. No sé cómo estará ahora el tema.

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  2. Hola Alberto, me ha sorprendido la visión natural y femenina que tiene Laura del hammam.
    Me pregunto. Que pasa en este pais que a todo el que lo visita se enamora?
    Un beso.

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  3. Ciertamente chulo el relato, enhorabuena Laura!

    ¿Lo que nunca podrás ver de Marruecos? No se puede ver todo…aunque me cuesta aceptar que haya un imposible en tu caso…

    P.D. Menudos despertares me das, majete

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