Aya, Mostafa y el dragón de Azmur (El desmayo)

Mostafa apoya la espalda en la anciana muralla de Azmur. Se dispone, como cada tarde, a releer su libro favorito y, como cada tarde, acaba distrayéndose con todo: las familias que charlotean junto al Um Rabia, la música de los cafetines cerca del embarcadero que parapeta las conversaciones de los jóvenes emparejados, la extraña niebla que se está levantando en la desembocadura del río y que le privará del atardecer y, sobre todo, las parejitas que se esconden junto al morabito para acurrucarse bien pegadas como si tuvieran frío. Todos sus amigos han ido echándose pareja hasta ser el único que permanece solo por la, según muchos, absurda fidelidad a un fantasma desaparecido hace tiempo. Pero en cuanto oye su nombre, Aya, Mostafa se queda ensimismado y ni los escucha. Saca el libro mientras se apoya en la muralla sabiendo que, como cada tarde, no leerá ni un solo párrafo.

Como cada tarde

Aya hace más de un año que no se regresa a Azmur. Recuerda bien la fecha porque fue la víspera del accidente que tantas horas le ha hecho estar acompañando a su padre en el hospital. Durante esas noches en vela rogando que se sanara, a menudo recordaba la historia que ella misma se inventó sobre las tres hermanas del yin. Mostafa intervino aquel día diciendo que aquel no había sido su final definitivo, sino que después lo había despertado Omar. Pero ¿quién será ese Omar y qué acabó ocurriendo entonces con el yin?, se preguntaba Aya mientras velaba a su padre. Por eso hoy está tan contenta al regresar por fin a la medina, aunque no está segura de encontrar a Mostafa allí donde se conocieron.

Al ver a Aya aparecer por las escaleras, Mostafa se frota incrédulo los ojos y se desmaya en cuanto se convence de que es ella. Con la suerte de no caerse hacia atrás, lo que habría supuesto que se descalabrara frente al río, sino hacia adelante, por lo que tan solo se queda despatarrado entre unas flores. Una pequeña multitud curiosa se forma su alrededor y, como ocurre en estos casos, alguien le da a oler agua de rosas para que se recupere.

Regreso a la medina

Cuando vuelve en sí y descubre de nuevo el rostro sonriente de Aya, Mostafa se sonroja y se justifica de inmediato para salir del apuro: Debe de haber sido cosa del yin. A Aya se le escapa una risita antes de que alguien le pida una aclaración. Y al momento Mostafa comienza a relatar una historia que hace que otros curiosos se unan a su halqa improvisada.

Aquel malvado y afamado yin, por si no lo recuerdan, había sido atrapado por los artesanos del barrio y lanzado al mar atado y bien atado con una enorme bola de narcótico en el estómago para que no se despertara jamás y dejara de una vez por todas de atemorizar a los niños de Azmur. Allí abajo sumergido estuvo durante un siglo y ese debería haber sido su final de no haber sido por Omar. ¿Y quién es Omar?, se preguntarán. Omar fue el joven más bello que han visto estas callejuelas. Era tan hermoso que el mundo se paralizaba a su paso y dejaba boquiabierto tanto a perros como a gatos, ustedes ya me entienden. Sus padres, con buen criterio, le tenían prohibido salir de la medina porque entre vecinos, nada malo le iba a ocurrir, pues se le tenía en alta estima, pero ¿quién sabe qué le ocurriría más allá de sus murallas?

Intentando dormir

El yin, por su lado, ni narcotizado dejaba en paz a sus vecinos, ya que daba vueltas en el fondo del mar y en su vaivén destrozaba las algas y golpeaba crustáceo que cayera a su lado. Además, roncaba como un demonio, por lo que ni las propias olas descansaban de noche. Estas habían tomado la costumbre de turnarse para evaporarse y remontar río arriba para dormir, aunque fuera un ratito dejándose caer sobre unas flores como si fueran rocío matutino. Una noche, sus ronquidos eran tan fuertes que toda el agua de la playa decidió irse a dormir a la ciudad. Crearon así una niebla tan espesa que no se veía nada en absoluto, por lo que la medina entera se guareció en casa para no darse de bruces con las paredes. Mostafa se acostó el primero planeando levantarse temprano y, aprovechando la niebla, salir a descubrir el mundo… pero ¿no se nos está haciendo tarde ya? Mejor será terminar la historia mañana…

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