El horro Zoco Chico de Mohamed Chukri

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Zoco Chico, Mohamed Chukri

A falta de mejor forma para comunicarnos, Si Mohamed, esta carta es el único medio que tengo de compartir contigo los temores que me asaltaron mientras leía tu Zoco Chico. De entrada, me alegró sentir que tu voz era más madura que en las novelas autobiográficas. Me has atrapado, maestro, desde el arranque. Un desfile donde el espectáculo está en el público: cuerpos sudorosos que se mueven acompasados, que se restriegan ajenos a las miradas lascivas que observan imaginando lo que ocurrirá después. Dos cuerpos que se acoplan mientras los observa al acecho un policía excitado, vigilado desde la otra acera por el protagonista de esta historia cuyas andanzas leo sorprendido por las semejanzas que compartimos. Como Alí, yo también miro continuamente a la gente y me imagino sus vidas, deseos y temores. Incluso le puse nombre a ese pasatiempo. Supongo, Mohamed, que si leyeras mi mente, te parecería un mutaayerif cuando fantaseo al creerme que escribías sobre mí. Pues, igual que tu héroe, me arrepiento cuando le niego a un vagabundo la moneda que quedó bailando en mis dedos mientras lo buscaba entre la bulliciosa multitud en la que desapareció. También olvido lo que acabo de aprender y el escarmiento de hoy no me ayuda a evitar el tropiezo de mañana. Y, ahora que nadie nos oye, confieso que yo también me he preguntado si se trataba de amabilidad o de una invitación. Podría haber gritado en aquel hammam como si me encontrara en realidad en el Festival Bar. Dunkelheit! Mehr Dunkelheit!

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Polifonía del Zoco Chico

Me parece entonces que desde tus páginas pretendes sacarme del error y haces que Alí mencione la angustia de Kierkegaard, sabiendo que no pasé del banquete de Platón, y que deje la lectura de un libro de Henry Miller, burlándote quizás de cuánto lo admiro. Y lo rodeas de hippies, jeringuillas, drogas y de vicios que solo conocí en las películas. Me gritas así que el protagonista sigues siendo tú, disfrazado de profesor del Gharb para tenderme la trampa en la que he caído. Fuma sin parar, apesta a alcohol y la fragancia de los perfumes despierta sus deseos. No me reconozco tampoco allí. En cambio, tú compartes sus alucinaciones de navajas clavadas en el corazón. Reconocibles imágenes chukrianas. Una última escena, exquisita en su lujuria, para despertarme del sueño: víboras que se deslizan hasta encontrar las madrigueras en una orgía de maduros cuerpos juveniles. No hace falta que sigas. Ya comprendí que fue absurdo creerme el centro de tu mirada. Y Lalla Safia en su séptimo día para recordarme que en las desnudas paredes de mi cuarto jamás colgó ningún cuadro.

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Chukri reina en la Librairie des Colonnes

Pareces disculparte por haber sido tan áspero y me concedes parte de razón. Quizás el personaje sea un monstruo que comparte nuestros cuerpos y almas, que venera al siete como número de la suerte, que medita sobre la reacción de los compañeros cuando se enteren de su definitiva ausencia, que cree que solo en la memoria se repite idéntico lo que sucede, que teme el momento de volver a trabajar y que sueña con no regresar nunca. Temsamani, Chukri, Mrteh, los tres creemos que la bondad se transluce en los rostros. Nos volvemos hermanos que se abrazan al compás sin música que les acune. Ahora que somos indisolubles, te confieso que yo también he deseado parecerme a los demás, no sobresalir de la uniforme masa y dejar de ser el objeto de sus críticas. Deseé hacer como la gente sensata. Me odio con ceder a vuestros deseos. Y he sentido que me traicionaba y que debía inventar mi propio camino. Ahora que somos inseparables, comprendo que yo también me dirijo hacia un futuro que se debate entre lo mejor y lo peor. Alí grita que la moneda lanzada al aire decidirá entre unos años en la cárcel y una situación mejor. Estudiante, funcionario, funcionario dimitido. Estudiante, ingeniero, escritor y ahora: o lo mejor o lo peor. No quiero jugármelo todo a cara o cruz. No quiero arriesgarlo todo. Aunque comparta tus ansias de libertad y tu pensamiento sin tabúes, este precipicio me da vértigo. Es fácil engañar a gente como yo. No quiero conocer el fin de su historia por miedo a que la tragedia se contagie. Pido disculpas al que me ha empujado entre la multitud que espera la llegada del desfile. Ya no distingo la amabilidad de la lujuria. Perdóname, Si Mohamed, por usar tus palabras para romper el conjuro que has tramado mientras te leía: “¡Fuera de mi vida!”

Zoco Chico, de Mohamed Chukri está editado por Cabaret Voltaire (Traducido por Malika Embarek)

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