La fiesta del cordero (Parte II: el alma)

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Transporte de animales vivos

Desde el escalón donde me he sentado, finjo descansar y puedo ver cómo los hombres despiezan los corderos colgados del árbol. Nasardín se coloca a mi lado sin dejar de mirarme. Comprende que ese espectáculo me está revolviendo el estómago a mí también. Y entonces entiendo que me estoy comportando como un niño de seis años. Me levanto para observarlos de cerca. Hacen comentarios acerca de mi interés por descubrir las entrañas de la fiesta. Los demás niños parecen divertirse. Juguetean con las tripas como si fuera una pelota, pasándosela de mano en mano. Algunas gotas de sangre manchan un pantalón. No puedo dejar de mirar el resto gelatinoso caído sobre el pie del más pequeño, que cuelga graciosamente de sus deditos. Los hombres comienzan a partir las patas del animal. Tienen que empeñarse duramente para lograrlo. Crujen al partirse. Uno de ellos, siempre divertido por mi presencia, decide que ha llegado el momento de comenzar la clase de anatomía. Saca una a una las vísceras del animal de la caja de sorpresas en la que se han convertido las costillas del bicho. Vocea sus nombres en darija dos o tres veces con afán didáctico. Yo los repito con desgana porque estoy concentrado en retener las ganas de vomitar. Parece que nunca terminará de extraer el intestino. Recoge amarras como un marinero y caen las tripas sobre un cubo que el grumete adolescente le ha alcanzado. El hombre agarra entonces una tetera y la emboca con cuidado. Aprieta fuertemente con dos dedos que desliza para que el agua limpie el interior de las vísceras. Los desplaza con la destreza de un experto. Todos ríen al verme boquiabierto.

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On the road

El viento sopla y arranca las hojas más débiles. Su caída me distrae solo un instante. Pero de inmediato continúa la lección: estómago, pulmones, tráquea, riñones. Insisten en que lo repita porque presienten que no los estoy memorizando correctamente. Y remarcan sin descanso que no somos más que un puñado de vísceras. No me gusta que hablen de los órganos que guardo bajo mi piel. Un olor desconocido me rescata del cursillo. Zakaria ha preparado una pequeña lumbre donde ha colocado una cabeza de cordero. La golpea con fiereza animal y las brasas protestan. Me acerco curioso. Pero el grupo se revoluciona de improviso y ahora me preocupa más su inesperado revuelo. El matarife ha entrado por la puerta trasera y todos se acercan a saludarlo. Lleva un enorme cuchillo en la mano que solo yo miro con atención. Para ellos se trata tan solo de una herramienta de trabajo. Los hombres arrastran el cordero restante seguidos de los niños que corretean detrás del animal. La bestia se resiste a avanzar. De nada le vale ese último esfuerzo. Ya lo han tumbado sobre el plástico. Brazos robustos sujetan la cabeza y las patas y espantan las manitas infantiles que quieren participar en la fiesta. Tapan los ojos del cordero. Bismilah, bismilah, allah hua akabar, allah hua akabar. Riis, raas. Consigo quedarme junto a los demás sin desmayarme, a pesar del súbito surtidor. Los pequeños corretean y los hombres continúan el trabajo. Solo Nasardín permanece alejado. Observo el cadáver cubierto de sangre. Sus patas entonces arrancan de golpe en una última carrera, como si tratara de escapar de la muerte. Solo yo me asusto. Tiemblo petrificado, pálido y sudoroso. Necesito sentarme. Nasardín me mira cómplice. Intuye mi malestar.

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Preparando la fiesta

Mi curiosidad ha hecho que pasara un innecesario mal trago. He creído que el sacrificio de los corderos era lo importante de la fiesta, pero por la tarde comprendo mi error. Me llevan bajo el árbol que preside el patio. Sobre la hierba han colocado unas alfombras para tumbarnos. Un niño trae cojines y los ofrece primero al abuelo, que le da las gracias con un beso en la cabeza. El pequeño intuye que después del anciano debe acomodar al invitado, único extranjero entre marroquíes. De cada vivienda llegan más almohadones para instalarnos a todos. Excepto los que ahora se encargan de preparar las brasas donde asar la carne a la parrilla. El pan es abundante y los chavales se divierten repartiéndolo. El aire agita las hojas del árbol. El bebé que colocan en mis brazos las mira entusiasmo y endulza el ambiente con sus grititos infantiles. Reparten comida continuamente, cuentan historias de otros tiempos, ríen las gracias a los niños. Me permiten compartir su tiempo en familia como si yo también formara parte de ella. Aid mubarak said.

 

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