Arrayán a secas para Mohamed Chukri

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Tu rostro, tu amor, tu maldición

Guardaba el deseo de visitar tu tumba como una promesa hecha a un amigo. Tu mirada desde el escaparate de la Librarie des Colonnes me lo recordó. Y de inmediato asigné un día para ir hasta el cementerio del barrio de Marshan, en Tánger, donde yaces enterrado. Espanto otros recuerdos mientras subo la cuesta de la Rue de la Kasbah para concentrarme únicamente en ti, Mohamed. Ahora no quiero distracciones, incluso llevo una copia de tu Zoco Chico en el bolsillo para que me acompañe tu baraka. Ya asoman las lápidas en la ladera. Intento rememorar las imágenes de un documental para localizar donde se sitúa la tuya. Apuesto a que la encontraré por mí mismo.

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Maqbara

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Al sol

En la entrada hay unos hombres en un banco que me miran quizás esperando que los llame, pero me aventuro en solitario. Reconozco los edificios que lindan con el cementerio y me sorprende que desde aquí se vea el mar. Me hace pensar en esas otras tumbas en Larache de escritores ilustres. Recorro el camino que serpentea entre los muertos buscando un desvío que gire a la izquierda para acercarme hasta donde intuyo que te encuentras. Pero el sendero me lleva a la puerta trasera del camposanto. Hay que caminar pisando los bordes de las tumbas para llegar hasta allí. Avanzo con sumo cuidado. Un hueco entre dos lápidas, una piedra que resbala, unas hierbas que delatan vuestro olvido. Esperaba alguna señal evidente, pero nada especial asalta a mi mirada. Comienzo a leer buscando tu apellido, más bien un nombre que comience por shin. Asumo que necesitaré ayuda para encontrar la aguja en el pajar y deshago lo andado.

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Inscripción blanquecina

Los hombres siguen en la entrada. Brit tauni. Sin mediar palabra se levanta uno barbudo. Finalmente pronuncia una única palabra: ¿Chukri? Sonrío afirmativamente. Andamos apenas diez pasos y me señala una tumba junto a una discreta construcción blanquecina. Me sorprende su ubicación cerca del camino, no me la había imaginado allí. Una tumba sencilla de tierra donde crecen algunas hierbas. Hay una inscripción en árabe tallada en mármol. Busco sin éxito la shin de tu apellido. Mi guía tampoco logra encontrarla, pero asegura que allí estás tú. Las fechas me resultan familiares. El hombre regresa cabizbajo con la propina en la mano. Comienzo a leer unas páginas ambientadas en un Tánger que ya no existe. El sol me calienta la espalda y la brisa marina me ayuda a perderme en el tiempo. Cuando termino, reviso la inscripción y por fin encuentro la letra oculta bajo un manto de cal, ahí se esconde lo que andaba buscando. Riego la tierra con una botella de agua tal y como me explicaron alguna vez y me asalta el recuerdo de tu Pan a secas, el de esa escena donde el pequeño Mohamed limpia la tumba de su hermano. Decido hacer eso mismo, pero me entran dudas y lo consulto primero.

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El arrayán desnudo

Brahim, el guía barbudo, se sorprende al pedirle que regrese. Ahora le guío yo y le muestro una a una las letras que antes no encontrábamos. Concluye que hay que repintarlas de negro. A falta del vocabulario preciso, le pregunto con gestos si puedo arrancar las hierbas: meshi mushkil ida tac, tac. Parece alegrarle mi idea y de inmediato coloco los pies a los lados y me agacho para comenzar por una esquina. Enseguida comienzo a sudar y tengo que desprenderme de mi disfraz de europeo. El abrigo y la bandolera me esperan en el suelo durante mi labor. Algunas hierbas se parten dejando enterrada la raíz y acabo manchándome los dedos al rebuscarlas. Mejor así. Que queda rastro en tu tumba y en mis manos. Brahim me mira meditativo. Se marcha y regresa con un botellón de agua y una azada. Me la acerca, pero al ver mi gesto inseguro, me enseña él mismo cómo hacerlo. Hay que clavarla unos centímetros en la tierra y avanzar poco a poco. Luego removerlo todo y limpiar los restos. Me pide que no toque el arrayán que crece junto a la inscripción. Le imito esquivándolo mientras recorro toda tu tumba. Finalmente, Brahim me lava las manos y vuelca el agua que se bebe la tierra sedienta. En la novela ese niño desamparado, tú mismo en realidad, se entristece porque se aleja de la tumba del hermano, donde ahora crecerán las malas hierbas. Un pensamiento hermoso. Esa belleza en medio de tanta miseria es lo que me fascina de Marruecos, por eso he venido a verte, a encontrar esa belleza.

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Chukri sigue vivo (#TePrestoEsteLibroFabuloso)

11 comentarios sobre “Arrayán a secas para Mohamed Chukri

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  1. En algún sitio leí que el arrayán de las tumbas de Marruecos se planta ex proceso para evitar que los djin molesten a los difuntos. Este verano vi en Larache cómo unas mujeres visitaban uno de los cementerios con ramas de arrayán en la mano.

    He estado en el cementerio del Marshan sin recordar que Chukri estaba allí. Tendré que volver.

    Las tumbas que sí he visitado son las de Genet y Goytisolo (los santos Juanes, decía Javier Valenzuela) en Larache.

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  2. Me ha emocionado leer este post y el gesto tan bonito que tuviste al visitar la tumba de Chukri, limpiarla y darle ese bonito homenaje. Un Chukri que creo descubrí a través tuyo y al que he leído tanto y admiro por escribir sobre la miseria y la penuria que él mismo vivió y de la que tenía a su alrededor.

    Felicidades y espero que ahora al estar más visible, alguien pueda pasar a hacerle otro homenaje.

    Feliz 2019 lleno de buenos libros y bonitas historias. Mauri

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    1. Me alegro mucho de que te haya gustado. Me gusta visitar los cementerios en general, pero esta ocasión fue algo especial.
      ¡Feliz año lleno de buenas lectura!

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