Un foco ilumina repentinamente el telón de terciopelo rojo aún cerrado y calla los murmullos del público. La melodía de un viejo musical comienza a sonar y despierta las palmas que apoyan a nuestra anfitriona.
Willkommen, bienvenus, welcome. Ahlan, ahlan, ahlan. ¡Qué placer verlos de nuevo! Soy la sheija…, pero ¿acaso necesito presentación? Este es nuestro cabaret y este es su Kabaret Cheikhats. Damas y caballeros. Señoras y señores. Sean todos, todas y todes ¡bienvenides!
Pero ¿qué veo por allí? Aquí llegan nuestras admiradas shaijat, cada una con su estilo propio, su encanto propio y quien sabe si su lencería ajena. Retengan el nombre de la que prefieran y recuerden que, aunque somos unas auténticas señoritas, ¡se aceptan regalos!

Shkun fikum? A ver quiénes de ustedes han venido al Kabaret Cheikhats hoy para olvidarse de sus problemas. Vamos, que se pongan de pie. No sean tímidos, ¡incluso nosotras estamos aquí para olvidarlos!
Shkun fikum? A ver quiénes de ustedes han venido al Kabaret Cheikhats hoy por primera vez. Vamos, que se pongan de pie. ¡Tú siéntate, guapa, que no te pierdes una!
Shkun fikum? A ver quiénes de ustedes han venido al Kabaret Cheikhats hoy bien acompañados. Vamos, que se pongan de pie. Recuerden que aquí todo puede ocurrir, incluso que ¡cambien de pareja!

El público ríe ya entregado a la consabida picaresca y, por un instante, las artistas desaparecen para reaparecer en el escenario ya con los instrumentos al abrirse los cortinones. Ocho sheijat, ocho colores, y ¡qué no falte la música y la rima fácil!
Azul y verde,
vivas telas de ambiente;
rojo y blanco,
¡qué bello nuestro canto!;
gris y morado,
atrevidas pelucas, pelo rapado;
fucsia y beis,
bailaréis y reiréis,
¡ya lo veréis!

De pie, sentadas o recostadas, todas descalzas sobre una única alfombra. Tandir al costado, violín sobre la rodilla. Se turnan al cantar como comparten vaso en la mesa. Las luces se apagan para calmar al público y se encienden para caldearlo, para decirle: Tú también eres Kabaret Cheijats. En la platea, jóvenes y mayores aplauden al unísono. Una señora sonríe melancólica recordando momentos pasados con esta misma música y, a su lado, una joven da palmas exultante soñando con futuras aventuras con estas canciones recién descubiertas. La comunión entre el público y el escenario es absoluta y algunos ya se levantan para bailotear en los laterales.
Allí arriba se suceden las tonadas y viajamos de Mulay Idris a Sidi Bennor; aquí abajo, se anima el respetable y se levantan por igual unos chavales que unas mujeres, unos albarranos que unos oriundos. Juegos infantiles, brincos y cabriolas, la piola, el calderón, teatrillos efímeros, ahora un viaje en coche, ahora un puntapié malintencionado, improvisada competiciones sin premio, por el puro disfrute. Ambiente caldeado, sudor inevitable y un abanico prestado. ¡Cuidado que esta los colecciona!

Violín hipnótico, panderos y panderetas, ritmo irrefrenable. Una joven se golpea el vientre al compás como si fuera un tambor. Recorrido musical por los cuatro puntos cardinales, de la música shemelía a la aita dukkalía, de la melodía sharqauía, a la gharbauía. Nos manejan a su antojo, frenando y acelerando por diversión hasta hacerse levantar de su asiento hasta al más comodón y que baile una masa humana heterogénea donde nos movemos todos a una.
Parece que nada puede excitar más al público hasta que las sheijat se quitan las pelucas al unísono con su grito de guerra: ¡Ay, madre!¡Que resulta que éramos hombres! Y todos ríen a carcajadas, bailan enfervorecidos, lanzan albórbolas y se diría que entran en trance.
Bailan poseídos, bailan libres.
El violín de Mostafa es ahora quien nos dicta lo que debemos hacer, nuestras cabezas giran y giran pese a todo, dan vueltas sin remedio, atrapadas por algún encantamiento de genio de la lámpara maravillosa, por la refrescante rotura de tabúes y por el satisfactorio bienestar se respira.

De niño, cuando la profesora me preguntaba qué quería ser de mayor, le decía sin dudarlo: Quiero ser sheija, señorita. Y la clase entera se burlaba de mí, pero ¿miradme ahora, que aquí estoy, ¡convertido en la sheija Mustash! Y si me muero, señorita, quiero volver a ser sheija, ¡que nunca mueran las sheijat! Damas y caballeros. Señoras y señores. ¿Dónde han quedado sus problemas? ¿Los han olvidado? Acuérdense que cuando necesiten un poco de diversión, son todes bienvenides a su Kabaret Cheikats. Nos veremos antes de lo que piensan y más tarde de lo que desean. ¡Que resuene mientras tanto la música en sus cabezas! Bislama!Auf Wiedersehen! À bientôt!
¡Maravilloso!
Me gustaMe gusta
Muchas gracias Jonathan
Me gustaMe gusta