Puro folklore ramadanesco

Cada año, en cuanto alguien me suelta el primer ramadan Karim como aviso de la llegada del bendito mes sagrado, no puedo evitar soltarle la misma gracieta: ¡Ah! Pero ¿otra vez se celebra el ramadán? ¿Y cuánto dice usted que va a durar este año, una semana o dos? El paisano de turno, a menudo algún cliente en la frutería de Yamal, me mira entre sorprendido y preocupado y quiere saber si acaso no me gusta el ramadán. ¡Uy, me encanta! ¿No ve usted que disfruto mucho visitando a los amigos y comiendo por la gorra? Solo que yo lo dejaría en una semana, ¿usted sabe con quién habría que hablar para que lo acorten? A estas alturas de la broma, al cliente se le ha endurecido la mirada, mientras Yamal se está riendo por lo bajo. Uldi, tú eres musulmán, ¿verdad? No, señor, yo soy Alberto, encantado.

A veces hay a quien le molesta mi pitorreo. No les faltan motivos. Mi acercamiento a la religión, a cualquiera de ellas, es siempre desde el folklore. Supongo que este cachondeo con el que hablo del asunto es mi venganza por, incluso ante de saber mi nombre, CADA DÍA me pregunte algún desconocido si soy musulmán. Nta muslim? No, señor. Y entonces la cantinela de siempre: Jasek tkun muslim. Ma jasni uelu, sidi, jasni nkun mertah.

Awsher mabruka

Aún con todo, nido de contradicciones, me encanta el ramadán. Quedo con amigos, recibo mensajes con buenos deseos de conocidos y doy falsas esperanzas de compartir un té a los no-amigos. Además, tarde o temprano, por mucho que se haga esperar, en ramadán siempre, siempre ocurre algo verdaderamente fantástico: que se acaba.

Supongo que, a raíz de mi gusto por lo tradicional, me he aficionado a acercarme anualmente por esa mezquita enorme que hay cerca del Aswak Assalam para escuchar el rezo nocturno del tarauih. Saco un libro de mi bandolera y me quedo justo en la puerta por donde entran los hombres, sentadito en una esquina para no molestar a nadie. Me dispongo esta vez a leer a Jean Genet hasta que el imam comience con el sermón. Entonces cierro los ojos e intento comprender lo que está diciendo para, como cada año, descubrir que solo alcanzo a pescar los numerosos Allah que jalonan su discurso.

Lectura ramadanesca

Me resulta tan relajante el tarauih que retomo la lectura para no caerme dormido allí mismo. Imagínate, un gauri amodorrado a la entrada de una mezquita precisamente en la oración más concurrida de la jornada. Leo así con la música de fondo, como si me hubiera dejado encendida una radio. Poco a poco, sin darme cuenta, igual que le ocurría a Tippi Hedren en Los pájaros, ocultos en la oscuridad, se van acercando silenciosos, unos solos y otros en parejas, los verdaderamente interesados en el rezo de madrugada: los mendigos.

A pesar de su abundancia, los mendigos son difíciles de vislumbrar; los unos, los llamados africanos, por su negra piel, y las otras, las llamadas señoras mayores, por la oscuridad de sus ropajes. Así me entretengo con el sainete que por fin se despliega ante mis ojos: Los hombres en tropel, mal calzados, que salen medio trastabillándose, el coro de mendicantes de limosna y la profusión de bendiciones que entonan al unísono.

Justo antes del tarawih

Por la intensidad del griterío se puede distinguir el que va repartiendo dírham por cabeza del que ha dejado las monedas en casa y ha sacado del bolsillo un buen puñado de billetes. Me entretiene observar a quienes dan limosna. Por un lado, los que discretamente, como salidos del Misericordia de Galdós, pasan de mendigo en mendigo y, por el otro, más bien a lo Pretty woman, los que gustan de ostentar. Cuando uno de estos hace presencia en escena, los mendicantes se prodigan en frases de agradecimiento y entonces los africanos, como si estuvieran pasando algún examen, parecen pronunciar mejor: Allah irham lualidin.

De repente una mujer gruesa se empeña en quedarse plantada justo a mis pies y su chilaba verde aceituna me impide contemplar la escena. Cuando levanto la cabeza para ver qué tripa se le ha roto, veo que, tomándome por un necesitado, me está ofreciendo unos dírhams. Al descubrir que no le cojo la limosna, se da cuenta de su error y me mira al tiempo sorprendida y molesta. ¿Qué hace usted ahí tirado?

Justo después del tarawih

Camino a casa voy calculando cuánto dinero me habría sacado si me hubiera dedicado a estirar el brazo a la salida del tarauih. Veinte y cinco, veinticinco; y siete, treinta y dos…

2 comentarios sobre “Puro folklore ramadanesco

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  1. Tienes mucho valor haciendo esos comentarios sobre el Ramadan en Marruecos. Una cosa que he aprendido, pasando mucho tiempo a lo largo de cada año desde 2009 en Marruecos, es que las bromas sobre religión no son bien recibidas en general.

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    1. Me sorprende tu comentario, M Carmen. No hay nada en este texto que no haya contado mil veces entre risas con mis amigos marroquíes. ¿Te refieres a algún chascarrillo en particular o al tono en general?
      Personalmente respecto escrupulosamente las creencias religiosas de cada persona.

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