Saint-Exupéry, piloto nocturno

IMG_20170814_092837El tiempo de espera en los aeropuertos me sirve para planificar lo que haré en los siguientes días en mi lugar de destino. Esa era mi intención inicial, organizar mi agenda para las dos semanas en España que tenía por delante, pero esta vez lo he dedicado a seguir leyendo Vuelo nocturno de Saint-Exupery. ¿Es posible decirse ese nombre sin que alguien diga “el de El principito”? La novela trata de los primeros pilotos que el siglo pasado se aventuraban a volar en las condiciones que indica el título. Comienza con las descripciones de cómo organizaban el trabajo, de las relaciones fraternales que se forman entre los compañeros y del peso que siente el responsable por seguir adelante con un plan que para todos los demás no es más que una idea suicida. Los pilotos suben a sus avionetas y emprenden el vuelo, y la novela se eleva con ellos por encima de las nubes. Comienza entonces el riesgo y la aventura. Me resulta imposible dejar de leer. Me convierto en uno más en su aeronave. Estás a su lado sin poder ayudarles, solo puedes estar atento a todo lo que ocurre. Saint-Exupéry escribía basándose en su propia experiencia. Durante años fue piloto del correo postal y en la novela se reconoce no solo su conocimiento por la cantidad de datos acerca de los aparatos que manejaban, sino también por la descripción de las sensaciones que se experimentan al volar y, sobre todo, al pilotar la avioneta. Mientras estaba en tierra no me he dado cuenta de la coincidencia. Yo también estaba a punto de embarcar más allá del atardecer. ¿Será una insensatez seguir leyendo mientras estoy dentro del avión? ¿No es más que una casualidad a la que le estoy dando demasiadas vueltas o la vida me está haciendo señales para que no coja este avión?

Una vez sentado en mi butaca, obviando las inevitables discusiones entre pasajeros que pelean por el espacio para su equipaje, intento fijarme en las diferencias entre lo que leo y lo que vivo para ahuyentar el miedo. Ellos vuelan para transportar el correo y deben hacerlo de noche para ganarle la carrera al ferrocarril. Yo en cambio lo hago porque era el que ofrecía un precio más barato y simplemente estoy comenzando las vacaciones. No me deslizo sobre las nubes que decoran la Patagonia y mi trayecto en más corto, apenas hora y media separa Rabat de mi destino en Madrid. Comienza la tormenta, el piloto no puede esquivar el frente que cubre todo el horizonte, no hay forma de rodearlo. Crece la angustia por sentirse perdido ante la falta de señales visuales que nos orienten, nos invade el temor por la aproximación inevitable del peligro que se anuncia delante de nosotros. Acompaño al piloto como si fuera yo mismo el que está en riesgo. Nadie podría haber escrito esto sin haberlo experimentado en primera persona. Me atrapa la narración y temo que el avión pase por alguna zona de turbulencias en cualquier momento y de la imaginación del escritor pase a las páginas de la novela, y de allí a la realidad del lector, a mi realidad. Al piloto le duelen las manos, tiene los brazos entumecidos. La cabeza comienza a hacer preguntas dolorosas. ¿Qué dejaría atrás si desapareciera en este mismo instante?

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Aún bajo las nubes

Levanto los ojos y desaparece la tormenta por un instante. En la nave comienzan a ofrecernos bebidas refrescantes y apetitosos manjares, o al menos eso es lo que anuncian. Si de repente caemos, preferiría hacerlo con el estómago vacío. En la novela, ¿o es en nuestro avión?, la tormenta se vuelve inmensa. Ya no existe nada que no sean sus relámpagos deslumbrantes y sus vientos poderosos. Los cambios de presión hacen que estemos a su merced. De nada sirven ya los indicadores. Se han perdido todas las conexiones. Estamos perdidos y apenas queda posibilidad de escapatoria. ¿Nos habrán dado ya por muertos? La esperanza se debilita. ¿Para que querría comprar ahora un perfume mucho más barato que en las tiendas de mi ciudad? ¿Será verdad que no podré volver a olerte? Ya no se distingue el cielo de la tierra, ni un punto cardinal de otro. Tiene que haber una salida. Vislumbramos algunas estrellas entre el grisáceo enemigo y nos dirigimos a ellas con el corazón palpitante. Podemos seguir luchando. ¿Es esta noche oscura, amenazante, ruidosa, todo lo que queda? ¿Cuáles fueron las palabras que te dije aquella vez? ¿Cuándo me bañé en el mar por última vez?

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¿Cuándo fue la última vez?

Agradezco la generosidad del meteorólogo Jiménez Callejo al prestarse la foto de portada de esta entrada.

10 comentarios sobre “Saint-Exupéry, piloto nocturno

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