Venta de baratijas, escuela de castellano [Mohamed Abbi]

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Vendedor de baratijas

Paramos en el mirador sobre el oasis de Tizimi y avanzo hasta el límite que impone la balaustrada delante del precipicio para hacer la mejor foto posible. El grupo se ha dispersado y permanezco solitario disfrutando de la vista y lamentando que mi pulso no me permita atrapar con nitidez la belleza de aquel lugar. Me sobrecoge encontrar aquel vergel a pocos quilómetros del árido desierto. Carmen charla con uno de los vendedores de recuerdos para turistas. Desde la distancia oigo cómo dice mi nombre. Al volverme, le dice al tendero que no podrá evitar que me acerque a molestarle. Me rindo a la tentación. Nos saludamos en árabe y me felicita por mi pronunciación. Las habituales exageraciones marroquíes. Su castellano en cambio sí que es verdaderamente brillante. Se llama Mohamed y le pido de inmediato su apellido para distinguirlo del millar previo de hombres homónimos que acumulo. Por las escaleras que descienden del aparcamiento asoma un grupo de turistas orientales y su sola visión enciende la ira del hasta entonces inmaculado vendedor.

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Asombrados

-Ayer mismo llegó un autobús de chinos, o de japoneses. No soy capaz de distinguirlos. Carecen de educación. No como los europeos. Los españoles y los franceses, esos sí saben comportarse, pero los chinos son unos maleducados. Dos parejas se acercan al puesto. No dan ni los buenos días, no digo ya en árabe. No saludan en ningún idioma. Primero hacen un montón de fotos de las cosas que vendo. Sin pedir permiso, sin mirarme a la cara. Como si fueran de ellos y las expusiéramos aquí para que pasen el rato. Igual que en un museo. Cuando se cansan, comienzan a apuntarme directamente a mí. Me convierten en su bufón, en un mono dentro de su jaula. No sé una palabra de su idioma, pero te aseguro que entendieron cuánto me molestaba su comportamiento. Uno de ellos, saca un billete de la cartera y me lo tira encima de los cuadros. No quiere ningún recuerdo a cambio. Es su forma de comprarme, de imponer su derecho sobre mí. Le obligué a que se llevara un tallín de cerámica a cambio.

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Oasis

Me entristecen sus dolidas palabras y rebusco en el destartalado expositor algo que pueda llevarme. Lamento que nada me resulte atractivo. Excepto un libro. La familia de Pascual Duarte, de Cela. Jamás me lo habría imaginado allí. Le pregunto si lo ha leído y resopla. Parece que mi consulta le molesta. Más bien le remueve por dentro. No responde. Entonces le hablo de su Viaje a la Alcarria y le agrada mi entusiasmo. Por fin me confiesa que estudió filología hispánica en la Universidad Sidi Mohamed ben Abdellah en Rabat y que el trabajo de fin de carrera lo hizo sobre aquella obra que ahora guarda en su puesto de baratijas. Asegura que su profesor le felicitó por el trabajo. Su mirada brilla de emoción, pero enseguida me remarca que de bien poco le han servido los estudios y que, de haberlo sabido, no habría perdido tantos años en la universidad y se habría puesto a vender colgantes desde el principio. No se me ocurre nada para aliviar su malestar.

Quiebro la charla diciéndole que da gusto hablar con él, que su castellano es limpio, no solo correcto, sino que lo habla con fluidez y sin efectismos. Me agarra del brazo para hacerme una confesión. Cuando alguien le pregunta dónde lo ha aprendido, asegura sentir vergüenza de ser un licenciado que vende chucherías, así que se protege diciendo que su escuela ha sido el regateo con los españoles que le compran collares y pulseras. Carmen regresa hasta nosotros curiosa por nuestra charla al oído. Escoge un regalo para su hija y también ella le alaba su habla fluida. —¿Dónde lo has aprendido? —Mohamed aprieta los labios. Está cansado de mentir y esta vez soy yo el que lo hace por él. —Aquí mismo, charlando con turistas. ¿No es increíble?

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Aprendices de castellano

En la distancia, desde el coche, le grito que no pierda la tarjeta que le he dejado entre las páginas del libro. Hace un gesto de sorpresa al encontrar un billete. No quería que me lo rechazara por no comprarle nada, por hacerle sentir un mono de feria. Se lleva la mano al corazón y después al bolsillo, señalándome con el dedo de su mano libre. En mi pantalón ha guardado un llavero con un símbolo bereber sin que me diera cuenta. Me acuerdo de él a diario, cada vez que abro la puerta de casa.

22 comentarios sobre “Venta de baratijas, escuela de castellano [Mohamed Abbi]

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  1. Caro Alberto il mio spagnolo da Erasmus non mi permette di fare una critica letteraria. Ti dico solo che mi è piaciuto molto, come tutti i tuoi racconti.. In particolare mi piace il tuo modo di “filtrare ” la realtà profumandola di te..Non so spiegare meglio il concetto..cercherò di farlo mano mano che ti leggerò

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    1. Creo que he comenzado a hacer un blog de mi vida en Marruecos para leer las cálidas palabras de los amigos que me he ido encontrando por el camino.
      La próxima vez, escribe en castellano con tus faltas de ortografía y eso. Así nos reímos todos un rato, ¿qué te cuesta?
      Amenazo con visitaros pronto.

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  2. La verdad es que encontrarse con personas así da gusto. Es una lástima que haya gente cualificada que tenga que buscarse la vida así tras haber estado preparándose durante años.

    Me ha encantado este relato, a pesar que el término “quilómetro” está en desuso.

    Salam Aleikum

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    1. Yo creo que el observado siempre es más interesante que el observador, que no deja de ser un ladrón del alma de los demás.
      Volvería a Merzouga solamente para encontrarme de nuevo con él. Aún no sabe que he escrito esto.

      Le gusta a 1 persona

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