Taburida, la fiesta de la pólvora (Preparativos)

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Mi “Delacroix”

No recuerdo si lo había visto antes en algún cuadro de Delacroix, pero el caso es que no pude resistirme a llevarme un cuadro minúsculo de cinco caballos engalanados envueltos en una nube de polvo con los jinetes alzando sus mosquetes. Fantasia, me dijo el vendedor que se llamaba, y desde ese día, hace más de cuatro años, he estado esperando a ver uno de esos espectáculos con mis propios ojos. Cuando sacaba el tema, siempre me soltaban que precisamente la semana anterior se había celebrado en su pueblo natal y todos me indicaban cuándo sería el siguiente: en otoño, a comienzos de año, la próxima primavera, ¡te avisaré! Pero las estaciones pasaban sin conseguir asistir a una de esas exhibiciones ecuestres. Al tiempo, volvía a solicitarlo y de nuevo todo eran facilidades para acompañarme a algún musem que estaba por llegar. Ya casi había arrojado la toalla cuando por fin llegó la ansiada llamada: Mrteh, ¿quieres ver una taburida mañana? Primera lección: dejar de llamarla fantasia, que a saber de dónde viene esa palabra, y nómbrala como haces ellos: taburida, la fiesta de la pólvora.

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Blancos, negros, pardos

Llegamos a Tiflet, donde jamás había estado, y la caótica zona de aparcamiento ya me excita igual que a un niño que al que llevan a la feria de atracciones después de un año de ausencia. El continuo barullo de los visitantes me mantiene alerta, como si temiera perderme algo esencial. Todavía queda un buen rato para que comience el espectáculo, así que disponemos de tiempo para hacer una vuelta de reconocimiento. Un enjambre de hombres y caballos en mitad de sus preparativos, cada uno con su tarea, me estimula de tal forma que temo no verlo todo: banderas que ondean al viento, policías a la sombra que vigilan que el sol no se escape, vallas que delimitan los accesos, pruebas de sonido, yalla dreri, liuma nhar kebir, un camión que riega la zona de carreras, docenas de enormes jaimas blancas se despliegan hasta donde alcanza la vista, negros, pardos y blanquecinos los caballos que pastan antes de ser engalanados, primeros martillazos que hierran sus patas, ¿puedo montarme?, adultos que reviven su alegría infantil a lomos del precioso animal, polvo que se desprende al cepillarlos, rojizas, doradas y estrelladas las monturas, que se atan con ronzales y correas, enjaezados los animales antes que los jinetes, un primer hombre viste una impoluta chilaba que le cubre hasta los pies y un arza anudado con gracia en la cabeza, que camina despacio para no mancharse hasta ver cómo se revuelca su caballo por la tierra, una polvareda delatadora a la que sigue la carrera del dueño para levantarlo a patadas, que parece arrepentirse y le da también un beso en el morro antes de cepillarlo de nuevo mientras parece hablarle al oído, como si le explicara lo importante que es este día, no podemos fallar, pasadas por el lomo cada vez más lentas, se limpia después sus botas para que reluzcan sus bordados, una cuerda le cruza el pecho y lo identifica, azuladas, encarnadas, aceitunadas las teñidas cuerdas de cada agrupación, solo el líder se distingue del resto,  puñales en el costado y las armas a la espalda, preparadas para agarrarlas con una mano, ¿me deja verla de cerca?, apóyate firme el mosquetón, ¡pum!, yo mismo marco el comienzo de la fiesta.

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Rojizos, dorados, estrellados

Ya suena la música delante de la enorme jaima donde se colocan los primeros espectadores delante de la inmensa explanada. Todos corren para coger un buen sitio. Un niño se retrasa porque se ha encontrado una herradura medio enterrada y la guarda en el bolsillo como un tesoro, igual que yo intento retener toda esta magia en mi cuaderno de notas. Tambores y clarinetes resuenan sin descanso, darbuqa y rhaita, me corrigen. Si pudiera retener todos estos nombres: tariya, de barro cocido que tersa una piel animal para tocarla como un tamborcito, bindir, enorme panderetón me pareces, tabel, también de ti diría que eres un tambor. ¿Habrá forma de llamar a ese niño que da palmas junto a los músicos porque no se resiste a su ritmo frenético? ¿Y al hombre que baila poseído por el ritmo de la celebración? Se ha puesto un traje oscuro como la ocasión se merece y su tarbush pardusco distingue su cabeza del resto. No me resisto a confesarles a mis acompañantes: Me encanta esta fiesta, Said. Me miran para ver si les tomo el pelo antes de responderme: Pero si todavía no ha empezado.

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Niños grandes

8 comentarios sobre “Taburida, la fiesta de la pólvora (Preparativos)

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  1. Hola Alberto, vivir esa fiesta parece un buen proyecto a futuro. Más proximo creo que estará venir por aquí en Junio y fisfrutar de la ”saca” nuestra.
    Los momentos de espera que describes me lo han recordado.
    Un abrazo.

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  2. Hola Alberto. Hace un par de semanas descubrí tu blog porque alguien lo compartió en Twitter. Me he leído casi todas las entradas y debo decirte que estoy enamorada de tu manera de escribir y describir, y por supuesto, estoy enamorada de Marruecos. Siempre me llamó la atención y poco más pero ahora puedo afirmar que estoy enamorada de ese rincón del planeta que ya sueño con visitar cuando pueda. Gracias por eso y gracias por tu difusion y el respeto que muestras por toda la cultura marroquí.
    Saludos desde Argentina.

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    1. Querida María,
      muchísimas gracias por haberte dado un paseo tranquilo por el zoco disfrutando de sus rincones.
      Me encanta que te haya gustado lo que escribo y que te haya abierto el apetito para visitar algún día Marruecos.
      Espero que sea pronto.
      Un abrazo desde Marruecos.

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