Música yebelia (La espera)

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Un café salido de un cuento de Mrabet

Es sábado por la tarde y hace un momento estaba comiendo en la azotea del Darna. Desde allá arriba me ha llamado la atención una colorida arcada por la que se ha asomado alguien vestido como en un cuento fesi. Tenía previsto ir a la cinémathéque del Zoco de Fuera, pero he decidido pasarme antes por este local que acabo de descubrir. He creído que se trataba de uno de esos cafés con jardín que aparecen en los relatos de Mrabet, pero al acercarme, he comprendido que me había hecho una idea equivocada del lugar. Es verdad que hay algunos árboles de los que cuelgan unas enormes flores, y que incluso hay un puñado de mesas fabricadas con zelliy, esa técnica marroquí que construye uniendo piececitas como si fueran las teselas de un mosaico romano; pero no es allí donde se encuentran los clientes, sino en una sala oscura y alargada a la que se accede subiendo por unas tentadoras escaleras.

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Los ojos tardan en acostumbrarse a la penumbra que reina en la sala. Como si uno entrara en un sueño. Y cuando por fin comienzo a distinguir los objetos, parece que el mundo funcionara del revés: el techo está recubierto de alfombras de rafia y las sillas no están enfrentadas para favorecen la charla, sino que miran todas en la misma dirección, como si fuera un autobús con asientos de enea y paredes de ladrillo. Cada dos pasos hay, a modo de capilla, una marfaa de madera pintada a mano ilustrando escenas cotidianas. Ahora que me giro para apreciar la decoración, descubro las parejas de enamorados diseminadas por el local, alejadas unas de otras para que nadie escuche sus caricias. Desde el fondo, el camarero me invita a avanzar por el pasillo de la nave central del templo. En la barra apenas tiene espacio para colocar la bandeja entre los platillos de dulces. Los protege con plástico para que las moscas no se den un baño en la abundante miel. En la cocina minúscula que encierra al sirviente cuelgan docenas de teteras, deduzco así que lo apropiado es pedirle que me sirva una.

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Coloridos ataifores

Por fin me doy cuenta de que también hay una pequeña tarima que sirve de escenario. Comprendo con retardo que por eso miran todas las sillas al frente. Un puñado de asientos mirando al público y coloridos ataifores que me distraen de los instrumentos que descansan en la pared. Casi se diría que este lugar tan pintoresco forma parte del barrio del albaicín. Regreso por el pasillo y escojo una mesa algo alejada de las parejas que se sinceran al oído. El camarero me sirve el té y se disculpa porque el local no dispone de conexión a internet. Tendré que entretenerme de alguna otra forma.

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Buscando a Matisse

La recargada sala transpira gracias a las alargadas ventanas que muestran un concurrido aparcamiento y, más allá, junto a la iglesia anglicana, gobierna sobre la colina el majestuoso hotel Villa de France. Intento adivinar cuál será la habitación número treinta y cinco, donde se hospedó Matisse y desde donde pintó la ciudad cuando acabó el aguacero y apareció el sol resplandeciente. Si el pintor siguiera allí trabajando, quizás me colaría en su lienzo en forma de mancha de color. Ojalá tiñera el cuadro de verde, como mis ojos, y que así alguien, al observarlo, no perdiera la esperanza.

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Bayto tarab

Atrapado quizás por el embrujo del ensoñador ambiente, decido pasar la tarde leyendo y salto de Bouignane a Burroughs siguiendo por casualidad el orden alfabético. Unas ruidosas mujeres me distraen de la lectura. Son al menos siete, pero me cuesta contarlas porque no dejan de moverme mientras se instalan a mi lado. Ríen y hablan con jolgorio sacándome definitivamente de la Interzona de esta novela que empezaba. Preguntan a gritos la hora de comienzo del concierto y entonces me digo si será ese es el motivo por el que he permanecido allí sentado: mi cuerpo intuía que pronto empezaría la música. Poco a poco, el local se va llenando mientras la calle oscurece. Unos jóvenes se colocan delante de mí, tapándome el escenario y entonces decido cambiar de sitio y situarme junto a la barra llena de dulces. Desde allí nada me impedirá observar atentamente a los músicos.

A la hora anunciada, la sala está llena de gente, todos marroquíes. ¡Buena señal! Grupos de amigos, familias al completo, jóvenes y mayores impacientes como niños que saben que pronto comenzará el espectáculo. Me pregunto si lo mejor no será esta espera.

Puedes descubrir si todo fue un sueño buscando el Bayto tarab situado en Tánger.

12 comentarios sobre “Música yebelia (La espera)

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    1. Supongo.
      Está en el hotel Ville de France y cuando no está ocupada se puede visitar acompaño de un botones.

      Luego le das una propina, porque la visita es gratuita.

      Sí tiene tiempo y ganas, también te sube a la terraza, con una vista mucho más amplia que la de Darna.

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  1. Pocos días antes de salir por Ceuta con el cierre de fronteras en la hora siguiente, estuvimos comiendo en la misma terraza del Darna su cous cous de los viernes y estuvimos comentando y fotografiando la curiosa entrada de este local.
    Espero poder visitarlo cuando acabe esta pesadilla.

    Por cierto, la habitación de Matisse se puede visitar e incluso puedes dormir en ella porque es una más del hotel con su gran televisor y algún elemento más que distorsiona. Tiene reproducciones de sus cuadros junto a las ventanas, para poder comparar.

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    1. ¡Qué casualidad Manuel! Me alegro entonces de haberme dejado guiar por la intuición y haber pasado allí la tarde. ¿Quieres que te cuente cómo fue el concierto de después?

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