Charla pendiente con Hassan Rafik

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Hassan Rafik

¿Recuerdas el día que te dije, Hassan, que te había visto por la calle, pero no me había parado a saludarte? Subiste a mi despacho y te asalté con esta confesión. Supongo que me ardía en la garganta. Hoy me llevan a tu barrio, Ain Sebaa. No habría sabido llegar solo hasta aquí. Los coches amontonados delatan un acontecimiento inusual que confirma la enorme carpa de bodas que han colocado en la calle entre los rojizos edificios. Atisbo los primeros abrazos a un joven. Se parece a ti. Reconozco a los antiguos compañeros de trabajo que aprietan con fuerza al saludar a tu inconsolable hermano. Cruzamos velozmente delante de las mujeres, me detengo lo justo para dar la mano a un par de conocidas. Se ha de respetar la separación por género. Tu padre lleva un precioso tarbush y pasa de brazos en brazos, no le dejan solo ni un instante. Baraka frasek, que repose tu cabeza. El flujo de compañeros es constante e inacabable, como un río que jamás se secará. También a mí me saludan. Agridulces reencuentros.  “Una barriada difícil”, oigo decir. Los menos lloran. El resto no terminamos de creerlo. Alguien menciona que no merece la pena morir por salvar la cartera o el teléfono. Llega mi turno, tu padre me abraza como si fuera a derrumbarse en cualquier momento. Tu hermano grita furioso. Juai metz.

Me acompañan a dar el pésame a tu madre. Está sentada, sin lágrimas en los ojos. Le dicen que yo era tu antiguo jefe como si eso sirviera de leve consuelo. Me gustaría agarrarla fuertemente de la mano y reconocer que eras alguien de corazón blanco, que ni siquiera te dabas cuenta si alguna vez te tomaba el pelo. No soy capaz de tomar su mano y decirle que eras un buen hombre, aunque eso es lo que siento. Por miedo a resultar demasiado cercano a una mujer, me limito a saludarla y a repetir baraka frasek, como si mi labor fuera permanecer firme. Llega la ambulancia donde te colocan, reposando en una sencilla caja de madera. Sin tallar, sin estridencias, como tú eras. La multitud deja paso al vehículo y se dispersa para que cada uno monte en su coche. Las mujeres se quedan en la casa familiar, acompañando a tu madre.

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Hassan Rafik

El cementerio al que te llevamos queda al otro lado de Kenitra, en Berrami. Tenemos que pasar por zonas en obras, nuevas barriadas en las que por el momento solo hay farolas y la basura vecinal acumulado por los años. La comitiva es tan grande que un chaval de la calle nos grita si metz arrais. Un levísimo consuelo saber que somos muchos los que te queríamos. Docenas, centenares de hombres se alinean mirando al oeste para rezar juntos, hombro con hombro. Los jovenzuelos que merodean la maqkara(1) son los únicos que rompen el melodioso recitar del grupo. A falta de fuente para las abluciones, un anciano se limpia las manos frotándolas contra el polvoriento terreno. Terminado el rezo, caminamos hacia la parte menos poblada del cementerio. Circulamos en filas entre las tumbas ancianas. Nos acaricia la luz de la puesta de sol. Grave silencio contaminado por pequeños suspiros de incomprensión, de lástima, de dolor. Había oído que no debéis mostraros afectados en tales circunstancias porque también esto lo ha querido Allah. Pero algunos no pueden resistir las lágrimas al despedirte de esta manera. Un tren cercano cruza veloz y tú te marchas de viaje, amigo.

Unas palabras de despedida en voz alta para consolar a la familia. Repite varias veces ashara dirham, ashara dirham y me niego a entender el resto. Pienso en el café que pudimos tomarnos aquella vez que te vi pasar por el centro. No recuerdo si acaso ibas acompañado de una chica o simplemente me apetecía estar solo aquella tarde. En cualquier caso, dejé que te alejaras sin saludarte y ahora me arrepiento. Te atacaron en el domingo nocturno. Debía de encontrarme en el hammam de Fes en aquel instante. El agotamiento me había adormecido y me despertó el golpe de una idea firme: “No luches por hacerlo todo, pero vive con intensidad todo lo que hagas”. Fantaseo con la idea de que me enviaste ese regalo mientras suenan las paladas. Cubren la caja con tierra y la riegan con abundante agua. Unas ramitas verdecidas adornan la cumbre y queda clavada una botella de cristal donde reposa tu cabeza. A veces leo los nombres de las tumbas por puro entretenimiento. Esta vez, ra, fa, ia, qa, y luego, ha, sin y nun han formado por primera un nombre de alguien cercano, el tuyo, Hassan Rafik. 2017-12-5. No consigo leer el resto. Mis ojos se han empañado. Descansa en paz, amigo, baraka frasek.

(1) Menciono el título de un libro de Juan Goytisolo para que su baraka llegue hasta ti.

Las fotos de esta entrada pertenecen a familiares y amigos de Hassan.

 

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Hassan, familia, amigos

 

 

 

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