El embalse del Buregreg (Agua y tierra)

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Ideas erróneas

Abdelghani ya me lo había propuesto la última vez que nos vimos, pero no le había prestado demasiada atención. Más bien pensé que sería uno de esos proyectos que mencionan una vez y luego olvidan. Así que su llamada confirmando la excursión me pilló desprevenido. Por teléfono me costaba entender sus indicaciones, echaba en falta los gestos. Me arrasó con su tsunami de nuevas palabras sin que pudiera evitarlo: pesca, embalse, anzuelos, cebo, pernoctar. Me cansé de decirle que no lo entendía y, finalmente, me conformé con confirmar la hora del encuentro. Me llamó de nuevo, pasados unos minutos, para pedirme que llevara cervezas. Entonces me temí lo peor, quizás por experiencia, y lo interpreté como un mal presagio. Vaticiné una noche empapada en alcohol en un oscuro cuchitril junto al mar, con sábanas húmedas que se pegan a la piel y chicas que fingen timidez hasta que destapan sus hombros.

Confiaba en que me aclararía los detalles de nuestra aventura cuando nos viéramos, pero, en Rabat, Abdelghani monta con unos amigos y el trayecto lo dedicamos a presentarnos. Para mi sorpresa, sus colegas descienden en un pueblo pasados unos quilómetros. ¿En qué momento me he convertido en su taxista particular? Seguimos hasta una casa donde nos están esperando. Entran y salen para cargar el maletero con los aparejos de pesca, yo mientras observo la enorme mezquita del aduar de Ain Auda. No me atrevo a preguntar cómo se llaman esos utensilios porque incluso desconozco sus nombres en castellano. Partimos por fin con destino al embalse cercano. Su visión inesperada hace que me olvide de las dificultades previas. Bajamos del coche justo cuando comienza a llover. No he traído nada impermeable. Discuten entre ellos y deciden cambiar de sitio. Atravesamos el embalse por una carretera llena de parches. El viento agita las aguas que besuquean la orilla. Mis pantalones claros ya están salpicados de barro. Vacían el maletero sin explicarme qué debo hacer. Se alejan cargados con recosidas mochilas, hinchadas bolsas, parrillas renegridas y útiles de pesca. Agarro una manta intuyendo que me será útil, pero dejo las cervezas que he comprado por la mañana.

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Tierra y agua

Caminamos en hilera por un sendero que bordea el embalse y me quedo el último porque temo resbalar y caer rodando hasta la orilla. Ha llovido abundantemente durante las últimas semanas. Algunas copas de árboles asoman por la superficie temblorosa de agua parda. Abdelghani me pide que le fotografíe y, al hacerlo, me percato de la fiereza de las nubes amenazantes y del esplendor de las montañas que nos rodean. Pronto atardecerá. Resuenan mis jadeos al subir la pequeña colina que se eleva sobre el embalse. Tengo que clavar los botines para avanzar. Alcanzo a los que iban en cabeza. Se han parado para discutir la forma de descender a la orilla. Su inseguridad me intranquiliza. Finalmente se lanzan a tumba abierta dando enormes zancadas, como si las botas que calzan les otorgaran una agilidad prodigiosa. Estallan sus risas porque alguno se ha manchado el pantalón al aterrizar sobre la tierra. Doy un rodeo para suavizar mi trayecto. En los arbustos han florecido docenas de hambrientas cabras que iluminan los últimos rayos solares.

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Arbustos floridos
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La espera

Cuando termino de bajar, ya han desplegado sus cañas. Han plantado un extremo en la tierra y en el otro cuelga un cascabel que se chiva cuando algún pez hambriento cae en la trampa. Un sonido desconocido acaricia mis oídos: el roce del sedal arrastrado por el anzuelo que se aleja infatigable, como si huyera de nosotros. Han colocado al menos una docena y cada uno se encarga de vigilar las suyas. Ahora toca esperar. Llega el momento de hacer una jaima que nos proteja de la lluvia. En realidad, se trata simplemente de un viejo plástico amarrado a las ramas de un árbol solitario. A falta de cuerdas, utilizan unas hojas unidas por los extremos, como las sábanas de un reo que escapa por la ventana del calabozo. Mi amigo me muestra orgulloso el resultado y me informa de que allí pasaremos la noche. Por fin comprendo que no regresaremos hasta que amanezca. El sol se está ocultando. En el coche quedó una linterna que esperaba una ocasión como está. Se levanta el viento y noto cómo está bajando la temperatura. Ahora comprendo que no he traído la ropa adecuada para la excursión. El suelo resbaladizo y la oscuridad hacen que avance a base de cortos pasitos. Apenas distingo ya el agua de la tierra.

14 comentarios sobre “El embalse del Buregreg (Agua y tierra)

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    1. Hija mía, si voy al coche a por la linterna me caigo seguro al lago. Me voy a quedar mejor quieto como una estatua hasta que alguien continúe la historia.

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