Casablanca 83, reflejo del tranvía de Mwanza Mujila

Sábado por la tarde en la Ciudad-Arobia. El Casablanca 83 enciende sus neones rosados y comienza su música hipnótica. La voz cavernosa de los Nass El Ghiwane originales sirve de reclamo. Como imantados, todos corrigen su rumbo hacia la brasserie-tapadera: estudiantes con cuatro dírhams en bolsillos recosidos, campesinos arruinados por las últimas inundaciones, vendedores de teléfonos mangoneados, estafadores profesionales, artistas que fantasean con su gran oportunidad y parados plagados de deudas. Un ejemplar de cada especie se embarca de nuevo en nuestra arca de Noé con una sola esperanza: encamarse. Justo enfrente, bajo los soportales, las preciadas gazelles calibran el percal. Desfilan al ritmo del laúd, agitan sus caderas al compás del pandero, repiten su frase antes de entrar a escena: andek brica? Ensayan su cantinela infalible: ¿Tienes fuego?

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Brasserie-tapadera

Toda la Ciudad-Arobia ansía entrar al Casablanca 83. Los ventanales espejados guardan sus secretos, un biombo en la puerta oculta su interior, dos maromos controlan la entrada. Los hombres se dan la mano, las mujeres dos besos antes de alinear en la barra sus coloridos caftanes. Las gazelles se cambian de nombre más que de ropa: Samira, Yalila, Jadiya, Latifa, Malika, Fatema. Nadie sabe cómo se llaman, las distinguen por el color de sus tejidos. Resuena ahora una canción que arranca la sesión dionisíaca. Regla número 58: no te enamores de ninguna gazelle. Agitan sus pestañas postizas solo mientras suena la música, error, solo mientras te conquistan, error, solo mientras sigues engatusado, error, solo mientras te quedan billetes, error, solo mientras las invitas generosamente, error, solo mientras dura la erección de tu cartera. Andek brica? Regla número 13: no intentes comprender a la gazelle que comparte una cerveza contigo.

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Nombres cambiantes, caftanes perpetuosos
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De dos en dos

Un arobi bien paleto de un aduar de hojalata, recién llegado al Casablanca 83 en un taxi compartido se adentra expectante al son de música shaabi. Nadie le presta atención, pero él busca embobado en su penumbra: una gazelle en cada mesa, emparejada con un iluso más gañán que el anterior que pide cervezas de dos en dos. Para mí, para ti, gazelle. Casablanca, los ricachones, Stork, los estudiantes, Flag Special, los muertos de hambre. Una servilleta empapada abraza el botellín helado igual que después envolverán unos brazos velludos el cuerpo sudoroso de la gazelle. Una corriente invernal recorre el Casablanca 83, hay que beber para aguantarlo. Cambio de canción, cambio de pareja. Andek brica?

 

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Tranvía 83, de Fiston Mwanza Mujila

Saludos entre amigos, error, conocidos, error, aprovechados sin escrúpulos, error, sacaperras de primera. Mrteh, es tu día de suerte. Te invito a una copa. ¿Te gusta el rouge? He oído que preparas la portada de tu novela. Tengo al hombre que buscas. Una ganga: un artista de Marrakech. Retrata solo a los grandes: Nelson Mandela, Los Rolling Stones, Tinariwen, Ghandi, Idris I, Don Quijote y Jesucristo. Y ahora a ti. Es tu oportunidad. Firma aquí, aquí y aquí. No te arrepentirás. Paga tú esta botella, tienes que celebrarlo. Y tira esa novela de mierda a la basura. Mejor escribe sobre este antro. Llámalo Casablanca 83, mira a ese congolés que se está forrando con su Tranvía 83. El Congo no es más africano que Marruecos. No tienes más que imitarlo. Mwanza Mujila se hace llamar.

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Stork, los estudiantes, Flag Special, los muertos de hambre

Andek brica? Randy Weston marca ahora el ritmo. Sube el volumen. Vendedoras de rosas para abrir las billeteras. El camarero del figón de la esquina con comida hipercalórica. El butacón vacío de uno que se fue sin pagar. Un cesto enorme lleno de frutos secos. Cigarrillos que se compran por unidades. Incienso que hace olvidar el olor a perfume barato que hace olvidar la peste de una semana sin ducharse. Sonrisas zalameras antes de la pregunta: la mano en tu hombro. Respuesta: una caricia en su rodilla. Él le retira el pelo de la cara, ella juguetea con el vello de su pecho. Reacción: se rasca la entrepierna. La abraza como si fuera un guimbri de cuatro cuerdas, introduce la mano bajo sus bragas simulando ser un guitarrista virtuoso. Manos entrelazadas, besos robados, arrumacos acompasados, cuerpos machihembrados que anticipan el lecho, gemidos que se pierden en la algarabía incontrolable. Sonrisas borrachas, carcajadas exageradas, gestos desquiciados. Idas y venidas a los baños. Puertas de salón del oeste para evitar que forniquen allí mismo esta panda de desgraciados que abarrotan otro sábado el Casablanca 83.

La música hace temblar los cristales. Desde dentro se ve la calle a través de los ventanales, los grands-taxis esperan el goteo de parejas excitadas, los conductores sueñan con el calor de las gazelles.

Este fantasía ha sido escrita aún embriagado por la lectura de Tranvía 83, de Fiston Mwanza Mujila, editado por Pepitas de calabaza  y traducido por Rubén Martín Giráldez.

6 comentarios sobre “Casablanca 83, reflejo del tranvía de Mwanza Mujila

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  1. Mmmm, atrevido con el tema… Siento curiosidad por este mundo tan “lumpem” desde que leí el “Déjala que caiga” de Paul Bowles, aunque creo que tu escrito añade sordidez…
    Y, justo, en estos días estoy escribiendo sobre mis paseos por Casablanca, las casualidades , ¿existen?…

    Me gusta

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