EL FIN DE LA SEQUÍA

Sin duda fue fabuloso. En los detalles concretos de la historia nadie se pone de acuerdo, pero sorprende comprobar cómo coinciden en calificarlo con idéntica expresión: un acontecimiento fabuloso que Barranda nunca olvidará. Quizás se deba a que esas mismas palabras fueron utilizadas por el sabio Sidi Ben Yarmak en la fetua que pronunció en las primeras jornadas de la tormenta, cuando las casas de los Beni Abid, junto al Uadi Yazim, todavía no habían sido anegadas. Sin duda la memoria de los habitantes de aquel pueblo perdido en las montañas era débil, ya que al poco de comenzar a llover, la mayoría olvidó la terrible sequía de los años precedentes. Había amanecido la mañana con el cielo despejado, hecho nada sorprendente para quien está acostumbrado al perenne techo azulado que se alternaba con las estrellas. Quizás fuera jueves, día de mercado, y las compras distraían a hombres y mujeres. Así que nadie se dio cuenta de la enorme nube negra se instalaba sobre ellos. Los amantes del artificio aseguran que lo primero fue un inmenso relámpago que hizo que todos levantaran sus cabezas al unísono para verlo cruzar los cielos.
Entonces comenzó a llover y la alegría fue tal que comenzaron a darse besos y abrazos, sin tener en cuenta la eterna disputa que mantenían entre los Beni Abid y los Merah. Por fin sus plegarias y las rogativas de lluvias del caíd Ben Salam habían sido atendidas. La prueba divina que los sometía había llegado a su fin. La tormenta limpió primero el polvo que sobrevolaba sobre los tejados, después lavó cada rincón del poblado y, por fin, comenzó a recorrer ladera abajo, convirtiendo las callejuelas en acequias y las calles en riachuelos. Si la euforia no se hubiera apoderado de sus almas, desde el principio podrían haber comprendido el peligro de aquella enfurecida tempestad. Podrían haber adivinado que era una maldición aún mayor que la sequía recién terminada.

Muchos creen que la clave está en lo que aconteció antes de la llegada de las nubes, aunque tampoco se ponen de acuerdo los testigos. Los Merah, cuyas casas se situaban en la cima de la ladera, aseguran que la noche anterior no pudieron pegar ojo por culpa de unos gritos aterradores provenientes del bosque. Dicen que escupidos por la garganta desquiciada de Ahmed Chakib, que para entonces ya estaba permanentemente absorto en desvaríos. Sin, embargo, los Beni Abid juran que en realidad se trataba de una voz femenina, de la mismísima Jana, que surgía del fondo de la poza que habían excavado aquellos pobres muchachos sepultados. Obviando que para entonces la desgraciada ya llevaba años muerta al caer precisamente allí. Solo parecen coincidir en que aquellos gritos presagiaban algo terrible.

Pero quizás la lluvia tan solo purificaba el conjunto de horrores que la aldea había acumulado durante los años de sed comunitaria. La poza se llenó en pocas horas y desenterró a los jóvenes muertos por los derrumbamientos y también el cuerpo de Jana, envuelto en su inmaculada mortaja. Y el bosque hizo lo propio, supuró primero al niño Abderrahim, raptado años atrás, después a la desparecida Halima y, finalmente, el violado cuerpo de Mannana, la muchacha cuya historia era conocida y silenciada por todos. Los vecinos vieron bajar aquellos cuerpos por sus calles y no pudieron evitar echarse a llorar de manera desconsolada, inundando también sus salones, y fueron muchos los que se giraron para observar el montón de escombros que para entonces era la antigua aceña. Sin embargo, nadie mencionó aquel lugar, quizás por miedo a que desvelara los misterios que albergaba.
ABDELKÁDER CHAUI

Desde que ha entrado en la sala de conferencias, y durante la charla entre escritores, me he concentrado en la mirada de Abdelkáder Chaui, creyendo ingenuamente que sería capaz de leerle el alma. Me he imaginado que la estancia de quince años en la cárcel de Kenitra quedaría reflejada en sus ojos. Sin embargo, es su discurso el que desvela los secretos de su corazón y rememora la eternidad encerrado mientras nos habla de su Patio de honor. Pero no juega a dar lástima, se concentra en explicar la estructura de la novela, en justificar por qué se encuentra partida en dos, una dedicada a los recuerdos de Barranda y otra a sus compañeros de encierro. Más tarde tengo la oportunidad de saludarlo. No parece comprender qué me hace vivir en Kenitra, quizás para él se trate tan solo de una jaula.
Este relato está inspirado en la lectura de Patio de honor, de Abdelkáder Chaui, publicado por Quorum Editores, traducido del árabe por Ignacio Ferrando.
Cuando termino de leer tus relatos siempre me quedo con ganas de seguir… Enhorabuena, estimado amigo.Un abrazo.
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Es muy amable con tu comentario. Me alegro mucho de que así sea.
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Perdona que te moleste Alberto y feliz verano, no sé si sabes árabe o tienes algún conocido que me diga si lo que se dice en el vídeo es verdadero o no. Gracias de antemano y en caso de no poder ayudarme no pasa nada.
Esto rezan los musulmanes en La Meca.
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Conozco el árabe marroquí, el árabe de este vídeo es el fusha y sinceramente no lo comprendo, pero ya dudo que diga eso que está escrito.
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Muchas gracias eso me parecía a mí
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Gracias a ti. ¿No crees que si eso fuera verdad no te habría llegado antes la información?
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Sin duda pero ahora estoy intentando destapar bulos, no me fío de nada
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Es agotador y, a la vez, necesario dudad de cierto tipo de información.
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Sin duda me aburre eso de Blanco bueno los indios malos … estamos en el s.XXI pero los cabezas de turco a la orden del día. Buen fin de semana
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Tenemos puntos de vista parecidos. Disfruta igualmente de tu fin de semana.
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Si te sirve de consuelo no entiendo a muchos de los humanos que me rodean y cansado del consumismo
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Gracias eso me imaginaba. Un saludo
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Inquietante historia…
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El libro de Chaui lo es aún más…
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Y las risas se tornaron en lloros…
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Eso me temo. Muchas gracias por compartir tus pensamientos.
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