El regalo de Yamal

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En el restaurante Tagadirt

El sábado, mientras deambulaba por Kenitra, acabé delante del restaurante Tagadirt y me hizo recordar mi primera tarde en esta ciudad. Un compañero de la empresa me había llevado a mi nueva casa. Antes de que se marchara, le pregunté dónde podía comprar algo para comer, aunque era solo una excusa para salir a descubrir la ciudad. Me indicó cómo llegar hasta un supermercado cercano. Me decepcionó localizarlo tan fácilmente porque lo que en realidad buscaba era charlar con alguien, y pedir indicaciones era la forma más natural de entablar conversación con un desconocido. Así que seguí caminando hasta adentrarme en la avenida. Miraba silencioso a los viandantes, preguntándome quién terminaría siendo amigo mío. Giré en la plaza de la nafora, pasé por delante de algunos bares y, así fue, Yamal, cómo te encontré en la puerta del Tagadirt, sonriente y con un menú en la mano.

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Mrteh y Yamal

Cuando te presento, me gusta repetir que fuiste la primera persona con la que hablé en Kenitra. Y entonces tú aprovechas para recordar lo malo era mi dariya cuando nos conocimos. En realidad, no sé si te lo he confesado alguna vez, no entendí nada de lo que me dijiste. Pero te escuchaba y movía los brazos como si comprendiera tus indicaciones. Me caíste simpático y regresé esa misma semana al Tagadirt. La comida no era gran cosa, pero me aficioné a charlar allí contigo. Sin embargo, el sábado, descubrí que el restaurante lleva tiempo cerrado. Incluso me costó reconocerlo. El Tagadirt de aquella primera tarde ya solo existe en fotos y en nuestra memoria.

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De visita

Te hacía de vuelta en Qatar, y lamentaba que finalmente no hubiéramos ido juntos de excursión. Me saca de mi error un conocido que me encuentro durante mi paseo por Kenitra. Ahora sé que sigues por Marruecos y deseo llamarte en este mismo instante. Responde una voz femenina que chapurrea el español y que me aclara dónde puedo encontrarte. Mientras cruzo el pasaje bajo las vías del tren, recuerdo otras ocasiones en las que he visitado el hospital Ghaba.

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En Uled Atia

La habitación está llena de familiares, sobre todo mujeres y algún niño, y tú estás descansando al fondo en una cama. Tu madre y tu hermana me reconocen, de aquel fin de semana que pasé con tu familia en Uled Atia. Me hacen hueco para que me siente a tu lado. No tienes muchas ganas de hablar, pero tus ojos sí. Y está claro que te alegras de verme. ¡Yo también! Aunque sea en este sitio, y así te lo digo: Kiayibni nshufek. Permaneces mudo, pero tus ojos se iluminan de nuevo. Solo te falta decir barakalaufik con esa forma de pronunciarlo que solo tú tienes.

Luego ha llegado tu amigo Mansor, que me recuerda de un café que tomamos los tres juntos. Las visitas van y vienen y tú duermes intermitentemente, hasta que de improviso giras la cabeza y me dices en español: ¡Amigo! Se me han saltado las lágrimas al oírte. Amigo. Te haría mil preguntas: ¿Cómo estás? ¿Te acuerdas de aquella tarde en el Tagadirt? Pero ahora hablas tú, quieres que regrese al lago Sidi Bughaba, igual que hicimos una vez. Tu prepararás shueia y yo haré tortilla. Regreso a casa soñando con tu recuperación y nuestra excursión.

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En Uled Atia

Vuelvo al día siguiente. He preparado una tortilla de patatas que muestro a esas mujeres que permanecen allí incansables. La prueban y parece gustarles. Tu madre ha cogido un trocito y te lo ha metido en la boca. Con los ojos has pedido más y ha cortado unos cachitos minúsculos para que pudieras masticarlos sin problema. Tu hermana Atica me ha pedido la receta. Seguro que pronto la hará mejor que yo. Hoy estás más hablador, además de visitar el lago, quieres que en verano vayamos a Chauen. ¡Será un placer! Y tus ojos brillan de nuevo. Al despedirme, me has dicho: kiayibni nshufek, y me has dado un beso.

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Kiayibni shufek

Le cuento estos detalles a tu amigo Mansor mientras miramos el atardecer en el horizonte, subidos en la azotea de su casa, vecina a la tuya, de Uled Atia. Repito cada una de tus palabras y de tus gestos, igual que hacen las mujeres de tu familia, que lloran desconsoladas. Mansor y yo hemos acordado que ahora seremos amigos, que tomaremos café juntos en Kenitra, que en verano iremos al lago Sidi Bughaba de excursión para recordarte y que esta nueva amistad es un regalo que nos has hecho tú, Yamal. Shukran bzef. Barakalaufik.

19 comentarios sobre “El regalo de Yamal

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  1. Precioso, Alberto.

    Expresar los emtimientos hacia una persona sin tabúes ni vergüenzas, es lo más bonito del mundo.

    Yamal estará orgullos de ti, estoy segura.

    Ánimo y Fuerza.
    Besos

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  2. Hola Alberto.
    Cuanto lo siento, nunca se esta preparado para despedir a un amigo.
    Nos lo cuentas con mucha sensibilidad.
    Te deseo mucha fuerza para superarlo.
    Un abrzo fuerte..

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  3. Gracias por compartir Alberto, has conseguido que también yo quiera ir a esos sitios y me has trasmitido ese sentimiento profundo de amistad. Gracias.
    Mucha energía amigo para superar esto. Un abrazo.
    Pilar (meapasionanloslunes.es)

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