El halqaui de Bab Ezzhar

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La porte de la chance, de El Mostafa Bouignane

Se ha extendido un rumor desde la plaza Baghdadi hasta todos los rincones de la medina y de la ciudad nueva. Se dice que se ha instalado un halqaui para contar historias, imitando a los que tiempo atrás convirtieron este lugar en el más animado de Marruecos. La noticia se ha ido exagerando y algunos aseguran que también hay comediantes, encantadores de serpientes, adiestradores de monos de Berbería, prestidigitadores y saltimbanquis. Ante la insistencia vecinal, una mujer, que hace tiempo que no salía de sidi Bouker ben Larabi, ha decidido acercarse para comprobarlo con sus propios ojos.

De camino, ha recordado sus antiguos paseos bajo los árboles de Yenan Sbil. Le tienta la idea de caminar junto a los cursos de agua, pero se decanta por escuchar alguna historia sobre Sidna Ali. Cuando está a punto de asomarse por la enorme puerta de piedra, por un instante se teme que todo es mentira y que encontrará la plaza desierta, pero enseguida comprueba que era cierto. En el mismo lugar donde hace tiempo se situaba Harba, el mítico halqaui, se había formado un círculo en torno a un cuentacuentos recién llegado. La mujer se emociona al ver de nuevo una halqa en la plaza Baghdadi.

Camina despacio, saboreando el hallazgo, temerosa de que desaparezca el espejismo si avanza demasiado rápido. Va escuchando los comentarios sobre el halqaui: Es un profesor que se ha hartado de dar clases y que ha decidido dejarlo todo para contar historias. La mujer no puede creerse que aún exista alguien tan romántico. Cuando llega hasta la multitud, se da cuenta de que hay tantas personas que le será imposible adentrarse hasta la primera fila. Como le da miedo recibir un empujón, coloca su alfombra de rezo a unos metros del corro y se sienta, dispuesta a escuchar atentamente.

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Preparándose para ser halqaui

Señoras y señores, este marasmo cultural en el que Fes se ha convertido ya no deja espacio ni para el cine ni para el arte. Permitan que este humilde relator de historias les entretenga con sus recuerdos de Bab Ezzhar. Los jóvenes lo interrumpen al escuchar aquel nombre desconocido: ¿Dónde está Bab Ezzhar? Nunca hemos estado allí. El halqaui se defiende: Pues claro que nunca lo habéis oído. Estoy contando historias de mi infancia, así que he tenido que cambiar algunos nombres para que nadie se ofenda. Si no lo hiciera, correría el riesgo de que me persiguieran a pedradas, igual que hacían con nosotros esos salvajes del Aduar de los Apaches. Únicamente debéis saber que se trata de un barrio popular no lejos de aquí.

Algunos asistentes ya han escuchado antes la explicación y se apresuran a pedirle al halqaui sus relatos favoritos: Cuéntanos la del profesor que os daba siempre diez golpes con el bastón. No, mejor la de cómo los espectadores del cine reían a carcajadas y gritaban durante la película. El halqaui se emociona al descubrir el entusiasmo de los jóvenes con sus historias de la infancia. Insiste en aclarar que, aunque ha tenido que cambiar los nombres de algunos personajes, en los relatos no hay ni exageraciones ni mentiras.

Al poco, un asistente manda callar y pregunta si es verdad lo del zoco de los burros. Todos obedecen de golpe, reconociendo su relato favorito. El halqaui se pone serio y alimenta aún más su curiosidad: Tan cierto como el harem de cabras en la azotea de mi tío. Algunas mujeres se sobresaltan fingiendo pudor: Uili, uili! Señores y señoras, cuando éramos jóvenes, en verano íbamos una vez a la semana al zoco de los burros, ya saben para qué… Risas y codazos entre los muchachos. ¡Para ver copular a los burros! Más gritos de entusiasmo. Y, de regreso a casa, a veces nos encontrábamos con un mulo solitario y algunos se escondían detrás de unos arbustos para… Resuenan los gritos de júbilo. Ya conocen ustedes lo fogosos que son algunos jóvenes…

Los asistentes aplauden y ríen, y algunos se marchan satisfechos con lo escuchado. La mujer, que ha estado sentada sobre su alfombrilla de rezo durante todo este tiempo, por fin puede ver al halqaui. Para su sorpresa, se trata de su propio nieto, El Mustafa Bouignane, con el que venía a esta misma plaza cuando era niño. Los dos se abrazan como si hiciera muchos años que no se veían y deciden pasar juntos el final de la tarde en los jardines de Yenan Sbil. Les resulta tan ideal que casi les parece un sueño.

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“La porte de la chance” de El Mostafa Bouignane ha sido publicado por Éditions Marsam.

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