El pesado equipaje de Mohamed Serbout

La última mañana de mi visita tangerina me levanté temprano para ver el amanecer sobre la playa, como si fuera la última oportunidad de mi vida. La intensa niebla me permitió únicamente ver cómo jugaban al fútbol unos chavales sobre la arena. Caminé decepcionado por la orilla hasta que se acercó un señor pequeñito a saludarme. Mi limitado dariya me permitía tan solo dar los buenos días, pedir café y, salvo el nueve, contar del uno al diez.

-Buenos días.                                   -Salam alikum.                                                                 سلام عليكم

-Buenas, ¿cómo te llamas?      -Salam, shnnu smitek?                                   سلامو شنّو سمتك؟

-Yo, Mohamed, ¿y tú?                  -Ana Mohamed, u antina?                               أنا محمد, وأنتين؟

-Yo, Alberto, ¿quieres té?          -Ana Alberto, briti atei?                           أنا البيرطو, بغيت اتاي؟

Nuestra charla en el Café Panorama avanzaba torpemente. Mohamed traducía al francés para ayudarme. Finalmente supe que su familia procedía de un poblado cercano a Shefshauen. Ambos amábamos la montaña, así que me invitó a que fuéramos juntos. Pretendía que dejara el desayuno a medias y montáramos de inmediato en algún autobús que fuera hacia allí. Pude excusarme gracias a mi vuelo de regreso esa tarde. Cuando nos despedimos, dijo que se quedaría en la playa porque su bebé recién nacido no dejaba de llorar y lo imitaba cerrando los ojos y gritando en medio del paseo.

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Cenando con el extranjero

Cuando algún día le llamaba para saber cómo estaba, me invitaba siempre a visitar su casa. Y así hice en las siguientes navidades. Quedamos en el céntrico Café de Paris, cuya fama desconocía Mohamed. En el salón de su casa, situada más allá de la plaza de toros, nos esperaban sus cinco hijos, su hermano Hassan y un plato de cuscús coronado con un pollo entero. Por la forma de reaccionar de los chicos, me pareció que no era habitual esa abundancia. La mesa les llamaba la atención más que el propio extranjero.

Madrugamos para hacer nuestra ruta de senderismo. En mi mochila llevaba ropa para el frío, el calor, la lluvia y el viento, calzado de repuesto, una cámara de fotos, un libro, gorra, crema solar y comida para dos días. Mohamed salió de casa sin equipaje, apenas unas ramitas de shiba para el té. En el autobús que nos llevaba a Shefshauen tuve que permanecer en silencio porque él pretendía así evitar el sobrecoste para turistas. Llamaba a su pueblo Rueda, pero ningún cartel lo anunció con ese nombre.

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Mohamed, “guía” de montaña

Había supuesto que conocería la ruta que nos llevara a la cumbre de alguna montaña del Talassemtan, pero tan pronto como nos pusimos en marcha me pidió que guiara yo. No daba crédito a su propuesta. Era mi primera vez allí, pero Mohamed repetía que iríamos donde quisiera el invitado. Caminamos hasta la loma de la colina más cercana y, por fortuna, ya desde allí el panorama era espléndido. Me olvidé de la idea inicial de hacer una gran caminata y nos limitamos a deambular tranquilamente. El esfuerzo se concentraba en conseguir comunicarnos. Él me hablaba de sus padres fallecidos, de los olivos de un terreno cercano y me invitaba a volver en junio, cuando las higueras desprenden su intenso olor. Justificaba así que es el mejor mes para descubrir Marruecos.

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El horno del pan

Tras el paseo, de vuelta a la casa familiar, me muestra cada rincón antes de cenar: el patio interior encalado, las oscuras habitaciones, el pozo de agua, el horno donde preparaban el pan y la estrecha cocina. La visita le silencia y humedece sus ojos. A mayor valor de la estancia, más insiste en que lo fotografíe. Aquellos lugares le fuerzan a recordar la muerte de su madre hace apenas unos meses, según me aclara finalmente. Delante de la estantería donde aún descansan la olla, los vasos y la tetera, donde parece que ayer mismo alguien colocaba con temblor el menaje, repite que ese era el rincón de su madre y se echa a llorar como un niño. Pero no resulta incómodo ver cómo alguien se emociona cuando en el corazón ya es como un hermano.

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La cocina de mamá

A la mañana siguiente, lo veo desde el camastro donde descanso. Está rezando en el patio acariciado por las primeras luces del alba. Me gustaría decirle que ya me he despertado, pero mi escaso conocimiento del idioma no me lo permite. En medio de la nada, mi estómago me dicta que busque en la Naturaleza una pauta que imitar. Por fin lanzo un sonoro cacareo que hace que venga corriendo hasta la cama. —Sbah ljir, aji. —Buenos días, hermano—. De regreso a Tánger, Mohamed no para de hablar. Se muestra alegre. Siento que ha descargado su pesado equipaje.

12 comentarios sobre “El pesado equipaje de Mohamed Serbout

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    1. Señor burgués del primer mundo. Al otro lado de la cámara hay una casa con una bombonita de butano.
      Se llena de agua la tetera, se calienta hasta hervir, se lava el té y se echa en la tetera, se hierve, se introduce la menta y medio kilo de azúcar. A mí no me sale bien.
      Gracias por tu comentario, amigo.

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  1. Aquí estoy tomando el té contigo y tu relato del encuentro con este entrañable amigo. No he podido dejar comentario en tu entrada de la transformación, la cual me ha parecido la mar de interesante. Esta mañana todavía en la cama pensaba precisamente en ese tema. Nada es siempre lo mismo. Tenemos que re inventarnos cada día. Fue como un presagio de lo que leería sobre ti. Por aquí estaré más a menudo. Yo estuve en El Cairo en 1998 y también tengo recuerdos maravillosos de su gente. Saludos.

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