Amal, esperanza para las mujeres marroquíes

Tenía una idea clara desde el principio, no sé muy bien por qué me desvié tanto de la diana. Quería visitar una cooperativa de aceite de argán. En realidad, eran dos los deseos. El primero, más propio de un turista: deseaba hacer una foto a un árbol de argán con media docena de cabras subidas por las ramas comiendo sus frutos. Me molestaba haber visto esa imagen únicamente en revistas y nunca con mis propios ojos. El segundo deseo supongo que lo heredo de mi pasado ingenieril. Buscaba que alguien me detallara de principio a fin el proceso de fabricación del aceite. Donde resido no hay arganes, ni desierto, ni músicos bereberes (quizás por eso soy un desorientalista), pero el viaje a Sidi Ifini nos llevó por las montañas donde crecen esos árboles milenarios. Said y yo escogimos la cooperativa Amal, que significa esperanza, situada en Tamanar, al sur de Essauira. Los objetivos estaban claros, o sé exactamente cuándo me desvié del trayecto.

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Cáscaras, frutos y semillas de argán

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Sorprendente habilidad

Ningún problema para encontrarla, sorprendentemente bien señalizada: Amal à deux kilomètres, coopérative à cinq cents mètres. El terrible calor me recuerda que nos hemos alejado de la costa. Ya no nos acaricia su brisa marina. Tras cruzar la puerta, nos encontramos a un par de mujeres, descansando en el suelo, que se abanican con unos folletos. Sacan fuerzas para gritar un nombre de mujer : Saidia ! Llega correteando, sorprendida por nuestra visita. Nos da la bienvenida en francés, pero yo me presento en árabe y solicito ver cómo fabrican el aceite. Entonces, lamenta teatralmente que precisamente hoy es su día de descanso. Ayer mismo había una treintena de mujeres, me asegura. La decepción que aflora en mi rostro hace que ruegue a la acalorada pareja que se levanten. Nos acompañan a una sala llena de sacos con los frutos del argán. Las trabajadores, en silencio, se sientan y comienzan a dar golpes para retirar las cáscaras. Saidia nos cuenta el proceso a toda pastilla sin que me dé tiempo a entender nada : de aquí a aquí y de allí a allí. Le solicito que me lo repita más despacio, pero en la segunda explicación, me distraigo con la agilidad de las manos femeninas. Apenas escucho que preparan aceite cosmético y alimentario.

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Previsible torpeza

Me imaginaba a mí mismo describiendo más tarde su labor con gran exactitud y un montón de tecnicismos, pero decido dejar la libreta a un lado para aprovechar la visita. Me tiro al suelo dispuesto a trabajar con aquellas mujeres, fascinado por la rapidez con la que ya han preparado una montañita de cáscaras. Me prestan una piedra para imitarlas. Lo que ellas consiguen de un certero golpe, yo no lo logro ni con media docena. Se ríen de mi torpeza mientras me preguntan si estoy casado. Esquivo sus preguntas más hábilmente que al extraer semillas. La postura en el suelo me resulta incómoda. Recoloco el duro fruto sobre la piedra de apoyo para golpear una y otra vez sin lograr que se parta. Temo machacarme algún dedo. Después de diez minutos he conseguido mi primera semilla. Saidia asegura que se entrega un saco a cada mujer para que complete el trabajo ella sola. ¿Veinte kilos? Solo yo me sorprendo. A su lado espera un molinillo tradicional hecho de piedra.

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Saidia y Mrteh

En la tienda de la cooperativa, mientras escogemos qué llevarnos, Saidia continúa explicando. Amal fue la primera cooperativa del país, abrió en 1996. Aquí solo trabajan mujeres porque apenas cuentan con otras salidas laborales. Permanece en silencio un instante antes de decir que es un proyecto social y entonces se le quiebra ligeramente la voz al recordar que en su mayoría son viudas y divorciadas. Intuyo el sufrimiento que hay detrás de cada historia porque ya no habla con la resolución con la que antes nos enseñaba el recinto. Nos ofrece un poco de amlu, una pasta de almendras, miel y aceite de argán, y sus ojos vuelven a brillar cuando Said pide un segundo trozo de pan para seguir untando. Las trabajadoras se acercan para aconsejarnos: aceite para tu madre, jabón para tu hermana, una crema para tu mujer, ¿estás casado?

De nuevo en el coche voy pensando en ellas mientras vemos centenares de árboles de argán trufados de preciosas pepitas amarillentas. He necesitado que Said me recordara que quería hacer una foto a las cabras. Esa imagen ya no me parece que represente al aceite de argán, sino aquellas mujeres que, tiradas en el suelo, golpeaban incansables los frutos.

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Disculpadme que no seáis la imagen de portada

10 comentarios sobre “Amal, esperanza para las mujeres marroquíes

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  1. El aceite que esas mujeres elaboran es una joya para la piel de las que vivimos en Europa.
    Qué alegría, si además es un medio de vida para divorciadas y viudas!
    Y desconocía lo de las cabras, jajajaja, muy divertida esa foto. Gracias de nuevo por tus estupendos reportajes!

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  2. Hola Alberto

    Empiezan a haber sutiles diferencias entre la economía social y la solidaria. Si alguien pudiera hacer llegar el aceite y cosméticos de estas mujeres marroquíes a grupos de consumo de un poco más arriba en el mapa, seguro que sería un beneficio para todos y todas.

    Un abrazo

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    1. Yo me quedo a un nivel mucho más básico. El empleo femenino en Marruecos en muy bajo y aquí encuentran su hueco.
      El producto que hacen, además, es excelente.

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