El puente de los franceses

Después de jugar a las damas con sus amigos en el café, Ahmed comenzó su habitual paseo vespertino. Primero se acercó hasta la minúscula playa dónde los pescadores subastan el pescado cada mañana. Cuando se cansó de buscar por allí a sus nietos, subió hasta el mirador, repleto de vehículos durante los meses de verano. ¡Cuánto ha cambiado Mulay Buselham! Se acercó a la balaustrada que asoma a la laguna de Merja Zerga. La observaba como si estuviera intentando encontrar algo, pero tal solo estaba recordando aquella vez que la cruzó a nado por primera vez. Sonríe como si oyera aquellos vítores de sus amigos. Anta waar! Cuando terminaron de felicitarlo, les habló de la fuerza de la corriente que une la laguna con el océano.

Subasta de pescado

Unas voces familiares lo sacaron de su ensimismamiento. Eran sus nietos, que protestaban porque habían discutido con alguien en la playa. A pesar de su explicación atropellada, Ahmed comprendió lo que ocurría. Su primer impulso fue echarles la bronca por haberse bañado en la zona prohibida, pero se reprimió, a sabiendas del escaso éxito que tenía ese método con aquellos muchachos.  Prefirió invitarlos a sentarse junto a él para contarles una historia.

Cuando era niño, Mulay Buselham era muy diferente. Todo Marruecos lo era. En el pueblo había algunos franceses que decían cómo había que hacer las cosas y que vigilaban que se cumpliera lo que ordenaban. A falta de la diversión de la que disfrutaban sus colegas de Rabat, lo que más les gustaba era darse un chapuzón. La playa del océano era la más cercana, pero ellos preferían ir a la laguna para pasar el día a la sombra de los eucaliptos. Allí podían descansar y comer algo después de bañarse sin peligro de quemarse sus pieles blancuchas.

La laguna de Merja Zerga

Aunque el lugar estaba a tiro de piedra, para llegar hasta allí daban un enorme rodeo a la laguna por un camino de tierra lleno de baches y se tenían que parar a menudo para que cruzaran los animales que pastaban cerca de Uled Msabah. Los niños del aduar entonces se acercaban y les pedían fruta o que los llevaran con ellos hasta la playa. Si los franceses se negaban, los chavales los insultaban en dariya, a sabiendas de que no los entendían. Cuando se volvían a poner en marcha, incluso les llovía alguna piedra. El caso es que el mandamás acabó harto de tener que pasar por aquel trago cada vez que se daba un baño.

Decidido a resolver el problema, buscó sin descanso una solución. Desestimó el uso de la fuerza, mal vista entre sus superiores, y no paró de darle vueltas al asunto hasta que se le ocurrió una ingeniosa idea, que además mostraría la superioridad técnica de su país. Mandó examinar la estrecha distancia que separaba ambas playas y finalmente decidió que se podría salvar cubriéndola con tierra. A los pocos días comenzaron las obras. Trajeron unos camiones enormes y varias excavadoras para cargar arena del otro extremo de la playa para depositarla en el brazo de tierra natural que parecía querer unirse con la playa cercana a los eucaliptos.

Esperando la inauguración

El hueco que tenían que cubrir no parecía muy grande, pero las obras avanzaban lentamente porque la arena se disolvía en el agua igual que un azucarillo en el té. Mirábamos cómo trabajaban y discutíamos cuándo terminarían. Algunos decían que nunca serían capaces de acabar su obra y otros, que hay cosas que no se pueden cambiar así como así, pero en el fondo todos soñábamos con el día de la inauguración.

Después de echar más arena de la que parecía necesaria y tras comprobar su resistencia cruzando con los propios camiones que habían separado la laguna del océano, finalmente una tarde se dieron las obras por acabadas. Todo el pueblo se acercó a ver aquel prodigio. Un auténtico puente de arena. Incluso se decía que vendría una delegación de Rabat para inaugurarlo. Los franceses estaban orgullosos de su logro y se acostaron sintiéndose casi invencibles. Pero, al despertar, su sorpresa fue mayúscula. La corriente de agua había ido desmoronando el puente durante la noche hasta que al amanecer la laguna volvía a estar abrazada con el océano. Los franceses miraban desconsolados el desastre y lamentaban su mala suerte.

El puente de los franceses

Ahmed se quedó en silencio a la espera de alguna reacción de sus nietos. Como callaban, les leyó el pensamiento.

Imaginaos, chicos, si la corriente se llevó por delante el puente de los franceses, ¡qué haría con vuestros cuerpecillos!

14 comentarios sobre “El puente de los franceses

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  1. Me acerco a Marruecos con datos técnicos y me quedo corto y plano en ideas, llegas con las historias desde tu Zoco y la realidad se mueve, las lecciones sobre ecología y el respeto que merecen las aguas que reclaman su lugar y lo preservan, la mirada de los niños y los prepotentes. Gracias por eso.

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    1. Muchas gracias por tu comentario. Me ha encantado que te parezca que la realidad se mueve en estas historias. Me encanta hablar con la gente y supongo que algo queda.

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    1. Caro Andrea,
      gracias por tus palabras en esa lengua que mezcla español e italiano.
      Me has recordado a otro amigo italiano que me pidió que le hablara utilizando únicamente verbos regulares porque no se había estudiado aún los irregulares…

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  2. ¡Magistral Alberto! Echaba de menos tus publicaciones, desde el principio has conseguido llevarme a tu terreno y me he sentido ahí, viendo cómo los franceses depositaban tierra y el mar «se la tragaba».
    Gracias por volver y por tus hermosas palabras.
    Pilar Sanz meapasionanloslunes.es

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