Yo solo quería ir a la escuela

Estos días que me alojo en la Alcabaza Akhlij están siendo muy provechosos para mejorar mi dariya. Cada noche converso con la familia que me acoge. A menudo los visitan vecinos o familiares, así que ya no sé cuántas personas viven aquí. Poco me importa que ninguno conozca a mi amigo Brahim, que también es de Uled Berhil, como mis anfitriones. Se trata de pasar un buen rato de charla. A veces subimos a la azotea para ver la medina de noche y otras damos un paseo antes del toque de queda. Pero hoy ha ocurrido algo extraordinario. Ha regresado Amina del pueblo.

La mano alheñada de Amina

Amina tiende a sentarse en una esquina, pero es como si estuviera en el centro. Desde su llegada, la escucho con atención y hablo con ella siempre que puedo. No soy el único. Todos parecen adorarla, su marido, sus hijos, sus sobrinos, por supuesto su nieto Ryad e incluso sus nueras, así que Amina rara vez se encuentra sola en la sala. Es como si tuvieran frío y se acurrucaran en torno a ella para darse calor. A ratos siento que estamos junto a una hoguera, merendando milui casero y un poco de té, y que Amina nos cuenta historias del Sus, como hacen las abuelas en las zonas rurales. Le he pedido que me cuente alguna y me ha dicho que tendría que hacer memoria. Al final me ha prometido que mañana me contará una que recuerda bien.

Aprender a tejer alfombras

Como cada noche, tras el trabajo diario, subimos al último piso y encendemos el fuego de la charla para calentarnos con sus brasas. Rompo el hielo preguntándole a Amina por su infancia. Sonríe y su mirada se pierde, como si rememorara. Mi primer recuerdo está empañado en lágrimas porque quería ir a la escuela con mis hermanos, pero no me dejaban. Lloraba cuando los veía marcharse por la mañana. Me quedaba en casa y limpiaba o ayudaba a mi madre en la cocina. Hacía tareas sencillas como pelar patatas, las que podía hacer una niña de siete años. Por la tarde, cuando regresaban mis hermanos, volvía a llorar porque no me había dejado ir con ellos a la escuela.

Todos han dejado de lado los teléfonos y se concentran en escuchar a Amina. Incluso el pequeño Ryad intuye que ocurre algo diferente y se entromete gritando con su patinete, sorprendido porque nadie lo abronque al montar su alegre ruina nocturna.

Aprender a bordar

Como no podía aprender a escribir, me empeñé en aprender otras cosas. Así que, cuando tenía trece años, comencé a ir a casa de mi abuela Aisha en el aduar Ida Ighmad para hacer alfombras bereberes con otras tres o cuatro mujeres. De vez en cuando iba a Casablanca y allí aprendía dariya, porque hasta entonces solo sabía tamazigh. A los diecisiete me casé en Tulua vestida con un caftán blanco que me regaló Mohamed, y a los cinco días nos vinimos a Rabat. Al año siguiente nació Amine y, cuando aún era un bebé, aprendí a coser aquí cerca, en una asociación de Sueqa. Cuando llegó Yusef en el noventa y cinco, tuve que dejarlo, solo tenía tiempo para atenderlos.

Pocos años después, en el noventa y ocho, Amine y Yusef ya iban a la madrasa. Por la mañana hacía la compra, limpiaba la casa y preparaba el pan y la comida. A las doce, Amine traía a su hermano de la mano, comíamos y regresaban al colegio Tauhid. Y yo me iba a mis clases. A las cinco volvíamos a casa y merendábamos.

Aprender a leer y a escribir

¿Entonces sí aprendiste a leer? Escucha, iba a la madrasa Mulay Rachid. La usteda Aisha nos enseñó a un grupo de mujeres las letras del alifato durante dos meses. Alif, ba y todas las demás. Las salmodiábamos como si fuéramos niños: haraya, dajala, kataba, akala, maama. Iba allí los lunes, miércoles y jueves y, los martes y viernes, iba al nabi de Bab Laalu, donde la usteda Asia nos enseñó tars rabati, los bordados típicos de Rabat. Y luego aprendí fusha en una asociación que hay cerca de Soq Tahti. Lo más importante de mi vida ha sido aprender a escribir y a leer. Asharaf se revuelve sorprendido al oírla y la abraza. Además de mis cuatro hijos, claro. Pero aprender a leer y entender el Corán me cambió la vida, antes hacía las cosas sin comprenderlas. Sabes, cuando estudiaba en la escuela Mulay Rachid, cerraba los ojos y me imaginaba que era una niña y que por fin iba a la escuela.

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