A tientas en la caverna del Friouate

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Descenso infernal

No oía hablar acerca de este lugar, ni lo encontraba destacado en las guías de viaje, ni nadie me lo recomendaba, pero Mohamed me insistía en que fuéramos a visitarlo cada vez lo que nos encontrábamos. Planear una excursión hasta allí se convirtió en una broma recurrente a la que íbamos añadiendo nuevos detalles como si fuéramos un par de niños que soñaban con fuentes de Coca Cola. Repetía lo mucho que me iba a gustar adentrarme en la cueva del Friouate y me describía su tamaño y las mejores salas como si las tuviera delante de los ojos. Uaara, concluía para sentenciar que merecía la pena conducir cuatro horas hasta allí. El verano que viajamos juntos a Fes decidí secretamente pasar el día en torno al Jbel Tazzika para sorprenderle con la visita al lugar del que siempre me hablaba. En el coche, mientras sonaban Tamikrest, quise saber cuándo había ido allí por primera vez. Me miró asombrado y, antes de responder, se aseguró de repetirme que no tenía trabajo, ni flus, ni automóvil, ni moto, y que le resultaba imposible ir en bicicleta desde Ksar El Kbir. Me mira silencioso como si hubiera dicho un disparate antes de asegurar que no conoce a nadie que haya ido jamás a aquella cueva. Suspiro hondamente para esquivar la discusión. Menos mal que las guitarras del desierto tienen un enorme poder calmante.

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Escaleras del Friouate

El aparcamiento de la entrada está lleno de vehículos y el minúsculo habitáculo que sirve de recepción a los visitantes rebosa familias de marroquíes. Los grupos de jóvenes, como siempre, son los más ruidosos, excitados por pasar el día acompañados por las féminas que simulan timidez. La entrada a la cueva vale tres dírhames, pero debemos ir acompañados de un guía cuyo precio se eleva hasta cien. Hay que ponerse un mono de obrero y cubrirse con un casco para evitar golpes en la cabeza. Nuestro Caronte, que dice llamarse Majid, nos enseña cómo funciona la luz instalada sobre nuestras cabezas y nos aterroriza con los peligros que afrontaremos al adentrarnos en las profundidades: caídas de docenas de metros, cientos de resbaladizos escalones, angostos pasajes y el permanente peligro de separarse del grupo. Si lo que pretendía era meternos el miedo en el cuerpo, lo ha conseguido. Ahora dudo si la excursión ha sido una buena idea. Mohamed le hace un montón de preguntas al guía, pero no consigo entenderles porque hablan demasiado deprisa. Su inseguridad y su insistencia en aclarar algo que no comprendo, me llena de incertidumbre. Cuando le pido que comparta conmigo sus preocupaciones, me hace gestos sonriendo, como indicando que me lo contará más tarde. La puerta de acceso, de vieja madera comida por el tiempo se desencaja al abrirla. Otro trabajador la recoloca mientras ríe. Si está así la entrada, ¿qué nos espera allí abajo?

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La mesa de Aisha Candisha

Tras descender apenas el primer tramo de escaleras, nos cruzamos con una pareja que sube sudorosa, jadeante, fatigada, horrorizada, con los ojos desencajados. Ella intenta advertirme, pero le falta el aire y no puede decir palabra. Me gustaría quedarme allí hasta escuchar lo que aquella mujer con el rostro empapado quiere decirme, pero mis amigos ya desaparecieron a mis pies, ocultos por las caprichosas formas que adoptan las rocas y tengo que marcharme sin conocer su mensaje. Mis zapatillas se deslizan sobre el suelo cubierto de musgo. Les pido que me esperen con un grito en castellano que resuena por las paredes de una enorme cavidad que se descubre ante mis ojos. Mohamed y Majid están relajados, apoyados en la desvencijada baranda en el mejor sitio para hacer una foto con la impresionante formación natural. Bajo nosotros desciende una inacabable sucesión de escalones por la que hormiguean los muchachos que vimos antes. Seguimos este recorrido pegados uno al otro por petición propia, no quiero volver a sentirme solo. Tan solo nos paramos para admirar la sobrecogedora belleza del lugar que me hace sentir minúsculo. Cuando el descenso termina y llegamos al final de la cueva, los ruidosos chicos han desaparecido. Miro asustado a mi alrededor y no entiendo dónde se encuentran ni por qué soy el único preocupado. ¿Dónde se han metido? Majid nos pide que encendamos los frontales para entrar en la cueva y comenzar por fin el recorrido. Kifesh? ¿Acaso no hemos terminado ya? Ríe mientras señala el hueco entre dos rocas por el que se desliza primero mi amigo, engullido por la tierra silenciosa. —Espérame Mohamed, no quiero ser el último.

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Guerreros tras la batalla

17 comentarios sobre “A tientas en la caverna del Friouate

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  1. ¡Qué bien haber estado allí y conocer lo que se esconde tras la pequeña entrada! Un lugar muy muy muy bonito, parece mentira que no tenga muchísima más publicidad, esa gruta en un país europeo sería un atractivo turístico fundamental.

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