Lidu, el zoco de los libros

Me despierto sin saber dónde estoy. Me ha desvelado el coro de almuédanos de la medina. Anoche el calor me hizo subir un rato a la azotea para tomar el aire. Debí de quedarme dormido mientras contaba estrellas. ¿Qué horas serán ya? Un tañido de campanas me ayudaría a saberlo, no tendría más que contar los golpes. Hasta un niño puede hacerlo. Pero en Fes no hay espadañas, sino minaretes. ¿Amanece estos días antes de las siete? Visualizo un reloj imaginario, que me recuerda un libro que leí en la infancia. La historia transcurría durante una tarde de San Silvestre y los capítulos no estaban numerados, sino que unas manecillas marcaban la hora, que avanzaba hacia la medianoche. Me encantaría volver a leerlo. ¿Cómo se llamaba? No consigo recordarlo. Intento entonces dormirme de nuevo, pero una vez aguijoneada la añoranza infantil, ya no consigo conciliar el sueño, y rebusco sin éxito el título en la memoria. También he olvidado el nombre del autor. Pero de golpe recuerdo un lugar que hace tiempo que deseo visitar. Un zoco particular. Me lo explicó mi amigo Mahmud: En Lidu, que así se conoce, tienen un ejemplar de cada novela publicada. Ojalá lo encuentre en el zoco de los libros.

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La memoria

Han talado los jacarandas de Chirbes de la plaza del Atlas, quizás por eso me descubro sudando bajo el implacable sol. Camino buscando un río, el Lidu, y cruzo el puente que lo atraviesa siguiendo a los viandantes que pasan de largo junto al mar de hojalata. No habría descubierto que aquel era precisamente el lugar que andaba buscando, de no haber sido por un detalle extraño. En la acera, un chaval pastorea unos cuantos libritos expuestos sobre una tela recosida. Y a lo largo de unos escalones que descienden, se encuentran, como miguitas para Pulgarcito, novelas con las tapas descoloridas. Sigo el camino marcado hasta situarme bajo unas techumbres por las que se cuelan algunos rayos de sol, que desvelan el polvo juguetón que flota en el aire.

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Miguitas de Pulgarcito
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Los desterrados

Cuando mis ojos se acostumbran a la inesperada penumbra, la realidad me golpea. El fantástico lugar que me describía Mahmud no es más que un puñado de ruinosos trasteros subterráneos de chapa y madera, donde se amontonan torres de libros apilados sin cariño. ¡Pobres escritores desterrados! Si supieran que sus hjos han llegado a semejante basurero. Y pensar que quizás termine aquí mi Meshi shughlek… Sin embargo, las montañas de novelas tiradas como al azar me resultan misteriosas y me acerco curioso. Avanzo con cautela, no vaya a asomar justo ahora alguna rata. Un vistazo rápido por los lomos me permite comprender que los libros están escritos sobre todo en árabe y en francés, pero también en inglés, en italiano e incluso en español. ¿Quién te ha traído hasta aquí, Bécquer? ¿Acaso un rayo de luna?

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El reto

Un estornudo me arranca de mis ensoñaciones. Se me escapa un ¡Jesús! El muchacho no parece haber entendido mi error y me invita a que me adentre siguiendo el estrecho pasillo que forman los puestos. Algunos tenderos dormitan hasta la llegada de los clientes, así que puedo observar sin pudor las avejentadas librerías. Por fin empiezo a comprender el caos. Aquí, los clásicos juveniles; ahí, las novelas policiacas y; más allá, las guías de viaje. Ordenados siempre por idioma, ahora siento que podría encontrar lo que quisiera. Cierro los ojos y decido retarme: Encontrar a Dostoyewski. A falta de cronómetro, mantengo la respiración para marcar el tiempo del que dispongo. Maupassant, Camus, Shakesperare, Stendhal… No está mal. Me falta el aire y, al punto de perder la consciencia, aparece su Crimen y castigo ilustrado por Goya. ¿Será casual que los genios se arrejunten?

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La torre de Babel

Al girar se me aparece la mismísima torre de Babel, un trastero repleto de diccionarios en infinidad de idiomas, y me despierta las ganas de estudiar todas las lenguas del mundo. ¿Cómo va mi tamazight? A continuación, descubro unas tremendas columnas de libros de texto que deben de formarse cada septiembre: physique, chimie, mathématiques… ¡Qué manera de sacarles provecho! Supongo que algunas familias podrán permitírselos solo de segunda mano. Y justo al fondo, se eencuentra sidi Maalem, un hombre que repara con paciencia los volúmenes dañados. ¡Ojalá algún día alguien cuida así de un libro escrito por mí! Al fin comprendo que este zoco junto al Lidu es el lugar más cosmopolita que he visitado en mucho tiempo. ¿No me había dicho eso Mahmud?

15 comentarios sobre “Lidu, el zoco de los libros

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  1. UOU, estoy proibida de ir a este sitio, seguro que no saldría de ahí por mucho tiempo.

    Me encantó saber que hay sitios así, mismo que la falta de cuidado con los libros me molesta. Solo me olvido por saber que, al final de todo, hay una persona que los repara.

    En la premera foto hay un libro de Paulo Coelho, autor brasileño de mucho suceso. Como toda brasileña, ya he leído algun que otro libro suyo. Pero, hay otros autores mucho mejores, que no hicieron suceso como él.

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  2. Hola Alberto, este escrito de hoy me ha gustado mucho. He recordado un café que vi en Ayamonte donde tenian un montón de libros antiguos apilados en la cristalera, invirando a pasar alli un rato.
    Recuerdo que me traslade a mi infancia, donde mi forma de pasar el rato era plantarme a mirar libros en los escaparates de las librerias.
    Un abrazo.
    Me he sentido feliz

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