Música yebelia (Las velas)

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El programa musical

Los músicos se van instalando en su minúsculo escenario mientras el camarero enciende una vela en cada mesa. Es la señal de que el espectáculo va a comenzar y su forma de pedirnos que guardemos silencio. Entonces recuerdo que justo antes de cambiarme de sitio he descubierto un documento que ha llamado mi atención. Acababa de abandonar el libro que me ha ayudado a sobrellevar la espera cuando he visto una hoja impresa en árabe. En la parte superior lleva el membrete del local, Bayto tarab, y debajo aparece un detallado listado. Al principio no he comprendido de qué se trataba, pero al final he deducido que debe de ser el repertorio musical de la velada. ¡Qué orgullo adivinarlo sin una sola palabra! Incluso le he sacado una foto para buscar las canciones en internet cuando llegue a casa.

Ahora ya estoy sentado en primera fila y me he olvidado del programa. Lo que quiero es que comience la música cuanto antes porque tengo que coger el último tren para regresar a casa. En la tarima tres hombres calientan, preparan un laúd, un enorme pandero y uno de esos tambores de barro cuyo nombre siempre olvido. ¿Por qué se quita el anillo antes de golpear la piel del instrumento? Se cruzan un par de miradas cómplices antes de comenzar:  tará, ratatá, ratatá. La melodía es hipnótica. Nos fuerza a cerrar los ojos y a balancearnos. Al abrirlos descubro que la llama de mi vela también se mece al compás y su luz ilumina la tacita en la que se hospeda, ahumada por el paso de los días. Me relajo como si estuviera descansando en el hammam y observo cómo los músicos miran al frente sin vernos. Están concentrados en su tará, ratatá.

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Una pequeña pausa me permite escrutarlos: tarbús oscuro, jersey encarnado, rostro melancólico, bigote poblado de canas, pelo negrísimo, seguramente teñido. Se incorpora un nuevo músico. Tiene el cuerpo deformado, demasiado ancho y con las piernas recortadas, se diría achatado por los polos. Se sienta, planta el violín sobre el muslo y comienza a cortar jamón.

Cambio de instrumento y recomienza la fiesta, primero con suavidad, pero pronto se acelera. Desciende un músico reconvertido en bufón. Voz aguda y baile sensual que provoca las risas incontroladas de las mujeres. Al comediante le divierte sorprender. Una bromita, dedicada a quien le desliza un billete, es recibida con jolgorio por el público, embriagado por su encanto. Yo en cambio apenas le entiendo algún habibi suelto. El público da palmas extasiado, la pandereta solo se silencia para mover las caderas mientras el coro de músicos solo está preocupado por mantener el ritmo.

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Los instrumentos

Una nueva pausa regala a mis vecinos un instante para hacerse una foto. Dile a la morenita que nos la haga. ¡Qué sonrisa tiene! El camarero toca la bandeja como si fuera un instrumento. A mí lado está el señor Bakkali, aprovecho para saludarlo: Normalmente un sábado está lleno, hoy lo tenemos a medio gas. La vela continúa consumiéndose y ya ha llegado la hora prevista de partida. Una canción más. ¿Quién sabe cuándo podré volver por aquí?

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Terrazo hipnótico

Regresan los músicos, ahora más numerosos. Parece que se reproducen. Rápidos preliminares y retoman el concierto. Un nuevo bufón desciende del escenario con un enorme pandero. ¿Cómo se llamaba eso? Un parroquiano le mete un billete de veinte dírhams en el cuello de la camisa. Yallah! Coqueteos con las mujeres. Risas que me hacen pensar que les debe de estar diciendo algo pícaro. Se incrementa el ritmo, resuenan las palmas, todo invita a dejarse llevar. El colorido suelo me hace pensar si no se tratará de un sueño. Ahora sí, debo marcharme.

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Avanzo a la carrera por esas calles por las que adoro pasear con calma. Mi maleta de ruedas atropella a algunos viandantes. Smahli, smahli. Me acompaña el último tururú durante todo el trayecto. Llego de milagro a la estación y me instalo mientras el boraq ya sobrevuela los alrededores de Asila. Le envío a Muhsin la foto con el programa y me saca al momento de mi error, no se trata del repertorio, sino de las reglas del local. Ahora me doy cuenta de mi desconocimiento, ni sé cómo se llaman los instrumentos de los músicos, ni mi dariya me permite comprender sus juegos de palabras, ni por supuesto soy capaz de leer en fusha. ¿No es fabuloso? El tren avanza demasiado rápido para disfrutar del paisaje, pero yo sigo descubriendo Marruecos a ritmo pausado.

Puedes descubrir la música yebelia visitando el Bayto tarab de Tánger.

8 comentarios sobre “Música yebelia (Las velas)

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  1. Salvando las distancias, me ha recordado bastante a un buen rato que pasé en el barrio de Triana escuchando flamenco (yo que no soy de música…) en un local de los muchos que hay por aquella zona.

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  2. No has defraudado la espera. No sé si el tambor de barro a que te refieres es el darbuka.

    Lo que sí sé es que el nombre que le han puesto al tren de alta velocidad, boraq, es el del caballo alado que llevó a Mahoma al cielo (buraq, en realidad; que en árabe no hay ni oes ni es); y eso no estuvo exento de polémica por si era irreverente ponerle a un artefacto el nombre de un animal divino.

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    1. No sabía la historia que hay detrás del buraq. Espero que no se me olvide. La darbuqa la tengo clara, el que no consigo recordar cómo se llama es ese otro de barro que creo que es típico de Marrakeck.
      Como ves, mi conocmiento del tema está lleno de quizás.

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