Noches en el bosque

¿Cuánto tiempo llevo ya en Marruecos? ¿Tres semanas? ¿Un mes? He perdido la cuenta. Sé que crucé desde Argelia un martes, pero ya no sé cuánto hace que pasé por Mali y no quiero calcular hace cuántos meses me despedí de los míos en Guinea. Cuando vuelva a encontrarlos, no pienso contarles por todo lo que he pasado para llegar hasta aquí. Les diré que ha ido todo bien y me lo guardaré para mí.

Echando la vista atrás

Hoy iré a pie hasta Marruecos desde Argelia, con otra gente, lejos de los puestos fronterizos. Por la noche y sin luces, para que no nos vean. Hay un guía que nos indica el camino. Con la luna se ve un poco pero, si se nubla, hay que dejar de caminar porque es fácil perderse. Si no se despeja, tendremos que regresar atrás e intentarlo otro día. Caminar por un sitio que no conoces es muy duro. No sabes cuánto falta, ni qué hay a tus pies, así que te imaginas serpientes y otros animales. Si oímos los perros, tenemos que dar un gran rodeo. Cuando el grupo avanza, estoy obligado a continuar para salvar la vida. Si el grupo me deja solo, estoy perdido.

Cuando por fin cruzo la frontera, pienso que ya he llegado a mi destino, pero pronto descubro que en Marruecos tampoco hay sitio para mí y que tengo que seguir avanzando. Un guía nos viene a buscar y nos lleva en coche a una casa cerca de Uchda. Nos dice que en Rabat hay trabajo, así que cogemos un autobús que recorre más de quinientos quilómetros. En Rabat dormimos en una mezquita cerca de la estación. ¿Te has fijado en la cantidad de negros que merodean por la terminal de Qamra? Los africanos no podemos alejarnos mucho, por miedo a que nos atrapen, solo para comprar pan, latas de sardinas y algún zumo o intentar conseguir algún trabajillo. Nos ayudamos los unos a los otros, pero no somos amigos de verdad. Somos amigos del camino. Casi nunca nos llamamos por el nombre, sino por el país de origen o por la etnia. Me dicen: ¡Eh guineano!, no te adentres en la ciudad, o: ¡Eh, paule!, vamos a Nador, desde allí saldremos hacia Europa.

Terminal de autobuses Qamra

No podemos comprar el billete del tren, hay que darle el dinero a algún marroquí. Nos sentamos cada uno en un vagón diferente porque hay controles. El que lo ve primero, tiene que avisar cuanto antes. En Fes hay que cambiar de tren y esas dos horas de espera se me hacen eternas. Llegamos a las doce de la noche a Nador y nos quedamos en la estación hasta las tres. Luego caminamos hasta el bosque. Con miedo, todo el tiempo con miedo de que me cojan.

¿Cuánto tiempo llevo en el bosque? ¿Dos o tres semanas? Llegué a Marruecos un martes, pero no sé qué día es hoy. En el bosque tengo que estar en permanente alerta. Vienen a por nosotros casi todos los días, y lo hacen a distintas horas, así que nos turnamos para vigilar. Hay que avisar al grupo si ves linternas. Tienes que gritar: C’est gatté, c’est gatté! Y todos salimos corriendo, cada uno en una dirección. Pero si te ve uno de ellos, te va a llamar para que te acerques: mon ami, viens, mon ami. En Marruecos todos los negros nos llamamos mon ami. Pero no es ton ami, quiere invitarte a un viaje gratis muy, muy lejos. Te montan en un autobús que no para hasta la frontera con Mauritania. Y vuelta a empezar.

Volver a empezar

Cojo un autobús que cuesta cien dírhams y que me lleva de nuevo a Rabat y luego un tren hasta Nador, y otra vez a esconderme en el bosque a esperar a que llegue el día. Comienza a llover y acabo empapado. Me protejo del frío con unos plásticos y algunas ramas. Normalmente como sardinas en lata con algo de pan y, los días que hay suerte, un poco de arroz pero, en el momento menos pensado: c’est gatté! Y hay que echar a correr de nuevo y no hacer caso de los mon ami, viens. Si tienes mala suerte, tienes un viaje pagado más allá de Dajla y te toca volver a empezar. Por las noches, en el duermevela, siempre me acuerdo de mis hijos, pero hoy no. Esta tarde ha venido el guía y nos ha dicho que ha llegado el día, que saldremos esta misma noche. Solo pienso que debería haber aprendido a nadar.

Mirando el futuro

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