Sans titre, Mohamed Moualla

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Mohamed Moualla

El julio del año pasado fui a Assilah con la intención de escribir basándome en las notas que cada semana iba tomando sobre un cuaderno, tarea que posponía indefinidamente. Aquella vez tampoco fue de provecho y me dediqué todo el día a leer Las mil y unas noches sentado en el suelo junto a un pintor que escribía los nombres de los turistas en cartulinas con preciosa caligrafía árabe. Cuando llegaba algún español, le ayudaba con el idioma y pinchaba a los viajeros remarcando lo mucho que podrían presumir cuando estuvieran de vuelta a casa. El artista, que dijo llamarse Mohamed Moualla, me daba las gracias y repetía que le estaba trayendo suerte.

Durante semanas hemos intentado acordar un día en el que trabajar juntos y finalmente hoy, terrible domingo de caluroso Ramadán, nos juntamos en su taller en Bni Makada, en Tánger. Se encuentra en la terraza donde viven al menos con madre, mujer e hijo. La idea era que él pintara mientras yo escribía, como si estuviéramos en Montmartre. Él no acaba de entender mis pretensiones y le digo que debe limitarse a trabajar en su cuadro y a hablar conmigo. Prepara los pinceles mientras yo rebusco en el bolso un lapicero con el que anotar sobre mi libreta azul del cinema Rif. A la tercera pregunta ya está relajado y bromea diciendo que interrogo como si fuera un policía.

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El atelier del artista

Quiero saber si en su familia hay precedentes artísticos. Responde con dudas, su padre hacía tapices tradicionales en Khenifra y duda sobre si ese fue el origen de todo. Profundiza en sus recuerdos. Menciona a su amigo Moustapha Abdous y rememora una tarde en la que fueron al atelier de su hermano que era pintor de caballos y de mujeres bereberes. Le gustó. —Se plantó en mi cabeza.—Y hace unos gestos como clavándose los pinceles sobre sus cortos cabellos. No fue a ninguna escuela de arte, pero se sentía a gusto en la clase semanal del profesor Laarbi, donde pintaban o hacían algún otro proyecto de artesanía. Sin que yo se lo pregunte, me dice que su primera venta le reportó tres euros. Un amigo de la familia se llevó un cuadro de metro por sesenta de una jbela, una mujer del campo vestida con vivos colores. No está seguro de que esté tomando notas correctamente y me obliga a repetírselas.

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Debes sentirte a gusto con lo que has hecho

Pinta a veces con música y otras con la radio apagada. Dice que eso no tiene ninguna importancia, despreciando mi pregunta. Y se mantiene callado ante la siguiente mientras aparecen unas letras árabes sobre el fondo multicolor. —Ahora no estoy aquí.— Finalmente me explica que cuando pinta debe permanecer en silencio para desarrollar la idea que tiene en su cabeza. Afirma trabajar todo el tiempo y cuando le asalta una imagen, que puede ser a las dos de la mañana, entonces se levanta y sube a su taller para plasmarla. —Si no estás mrteh, si no te sientes a gusto, no va a salir nada que merezca la pena.— Deja por un momento el material sobre el banco y recuerda que antes le resultaba difícil sentirse cómodo con los colores, pero que ahora le parece que se preparan ellos solos de manera natural. Le gusta mucho que haya siempre blanco, remarca con un darori como si fuera una imposición interna contra la que ha dejado de luchar.

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Llaves que abren puertas y guardan secretos

Para que se relaje un poco, le pregunto por la exposición que hizo en la Galería Ibn Khaldoun hace unas semanas. Pude asistir a la inauguración en la que conocí a su familia. Está contento y afirma que lo importante no son las ventas, sino darse a conocer. Su sueño es trabajar en el mundo artístico y vive estas ocasiones como un auténtico triunfo. Daba gusto verle moverse tan orgulloso entre amigos que alababan sus trabajos que colgados de las paredes. Me alegré de no tener que mentirle cuando le dije que me recordaban a Kandinsky. Aquel día alguien le preguntó por qué ningún cuadro tenía título y se excusó diciendo que no quería limitar la imaginación del espectador. Se excita al explicar que le gusta que haya movimiento, que las letras no estén atadas entre sí, sino que todo esté lleno de libertad. Coloca el lienzo de pie, da un paso atrás y lo mira ladeando la cabeza. Respira profundamente. En ese momento el viento levanta la lona dónde se apoyaba y parece que tenga vida propia. —Lo miro y escucho mis sensaciones, si me siento ya a gusto o si debo repensarlo y volver después sobre él.— Y recuerdo la vez que nos conocimos en Assilah.

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No es asunto tuyo

—Te regalaré una cartulina escrita en árabe, ¿cómo te llamas? —No pongas mi nombre, mejor el título de mi novela. Seguro que me da suerte. —¿Has escrito un libro? —Todavía no.

Puedes ponerte en contacto con Mohamed Moualla para consultas sobre los cuadros disponibles a través de su página en Facebook.

8 comentarios sobre “Sans titre, Mohamed Moualla

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  1. Muy bonito post.. Artistas geniales hay en todos sitios.. Al nombrar las Mil y una Noches, recordé q ese libro lo leí cuando era pequeña, aunque no fuese precisamente una lectura adecuada para mi edad, y m hacía volar la imaginación d una manera estraordinaria.. 🙂 Abrazos d luz

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  2. Diría que es tu mejor entrada del blog hasta el momento: buenas fotos, buena historia, y el párrafo final es…¡cojonudo!

    Dan ganas de que llegue el momento de leer esa ¿futura? novela

    ¡Enhorabuena Mrteh!

    Le gusta a 1 persona

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